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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

El eterno retorno


Retorno a Brideshead es el tercer filme del realizador inglés Julian Jarrold tras la buena acogida de producciones más modestas como la desenfada Kinky Boots (Pisando fuerte) y La joven Jane Austen, un vehículo para el lucimiento de Anne Hathaway.

Jarrold se embarca ahora en una lujosa, larga e irregular adaptación de la célebre novela homónima de Evelyn Waugh que dio pie a una de las series  televisivas más famosas de la década de los años ochenta, dirigida por Charles Sturridge y protagonizada, entre otros, por Jeremy Irons.


El director opta por reforzar los aspectos más oscuros y crispados del relato y el modo en que la herencia religiosa sacude fatalmente a esa familia aristocrática a la que se aproxima Charles Ryder (hierático Michel Gambon) encontrando un mundo de lujo ornamental, arraigadas convicciones, amores imposibles y miserias personales. El filme no huye de composiciones forzadas, imágenes de postal, una banda sonora ampulosa y algunos escenarios previsibles, como ese Oxford juvenil, la forsteriana Venecia, los barcos, los salones de baile y, sobre todo, ese caserón ajardinado que da título al filme y que acaba tornándose en recuerdo amargo y ominosa prisión para todos. Imágenes bellas, violento choque de clases sociales y modos de vida, diálogos cuidados y un triángulo amoroso… nada nuevo en el cine británico de qualité.


Es en los encuentros fugaces, en los pequeños detalles visuales y en los momentos intimistas donde un filme tan pretencioso y desequilibrado logra sus mejores bazas gracias al talento interpretativo de Emma Thompson, como Lady Marchmain —la severa  la matriarca de la mansión—, Ben Whishaw como el atormentado Sebastian —tratando de vivir abiertamente el amor homosexual en un entorno hipócrita y masculinista— y Haley Atwell como la enigmática Julia, que oscila entre la pasión y la convención.

Retorno a Brideshead es formalmente hermosa, narrativamente conservadora y solo atesora algunos momentos brillantes con pequeños detalles visuales que logran definir y a la vez desarrollar la ambigüedad psicológica de los personajes de un relato realidad bastante convencional y clásico en su puesta en escena. Un drama lujoso y algo apolillado salvado por la energía de sus intérpretes y la destreza visual de un director enfrentado a un material de prestigio al que trata con demasiado respeto. Jarrold parece temer al prestigio de la novela original y su única transgresión es la violenta requisitoria contra el efecto que los convencionalismos religiosos tienen sobre la felicidad de estos seres heridos a los que no llegamos a conocer del todo.




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