Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Lugares comunes

Pedro Vallín

Intermediarios y otros hechiceros


Somos unos quejicas. Hay preguntas que no deben hacerse al pueblo porque los seres humanos con un micrófono enfrente (quien dice un micro, dice un cuaderno) sienten una compulsiva necesidad de mentir y quejarse, de poner el grito en el cielo y expresar un lamento. Un psicosociólogo diría que en España, país de herencia envidiosa y más huraña de lo que la fiesta aparenta (aunque cada día menos), la gente desconfía de contar que en realidad le va bien, incluso que hace diez años no soñaba con poseer las cosas que hoy posee. Así que si a usted le preguntan si le van las cosas mejor o peor, si dispone de más o menos dinero, si es más fácil o más difícil llegar a fin de mes, si la inseguridad ciudadana ha aumentado, si sus hijos son igual de educados que ellos lo fueron y hay un 90% de posibilidades de que usted conteste en sentido exactamente inverso al que indica la realidad estadística. Vivimos en un país más rico, más seguro, más civilizado, más justo y con una juventud más preparada que ninguna generación precedente. Pero todo el mundo dirá que su ciudad, su sueldo, sus vacaciones y los jóvenes ya no son como antes, porque son peores. A nadie le va bien, o nadie dice que le va bien.

No sea que alguien se entere. Por eso no se consulta en referéndum si los políticos españoles ganan mucho o poco (ganan poco, ya se lo digo yo, por lo menos por lo legal), ni si habría que desollar vivos a los terroristas, o cortar la mano a los alcaldes corruptos. No se pregunta porque ya se sabe cuál sería la irracional respuesta masiva. Nos gusta quejarnos. Pero una cosa sí es cierta: las cosas ya no son como antes y la intermediación ha perdido prestigio. Desde que las biblias están escritas en cristiano (suculento juego de palabras) la mayor parte de los fieles tienen su propia interpretación de la historia sagrada, y se creen lo que les parece y obvian lo que les dice el sacerdote. Nadie va a hacer una estadísticas de cuantas mujeres acuden al altar (ojo, al altar, no al juzgado) con el himen en perfecto estado de revista, pero ya les digo yo que el porcentaje es ridículo. Un residuo estadístico. La clave es que el mediador, que se vistió un hábito y nos dijo hace veintiún siglos que teníamos que someternos a Dios, pero que ya si eso nos iba interpretando él sus palabras porque el Todopoderoso no podía atendernos a todos uno a uno, pese a ser eso, todopoderoso, pues eso, decía que el mediador perdió su papel cuando la biblia la podía leer cualquiera.


Pero esto se ha ido repitiendo con muchos sectores. Por ejemplo, desde que los medicamentos se venden empaquetados y con un documento acreditativo del facultativo (la receta), no tiene ningún sentido que haya que ser un titulado superior y certificado por el estado para vender esos productos. Quiere decirse que la química farmacéutica es un arcano, pero con que sea farmacéutico el que lo fabrica, no hace falta que lo sea también el señor que coge el dinero y nos da el paquete después de leer la receta. Nadie exige al que tendero que vende fabada en lata que sepa prepararla y no por no ser chef va a ser inútil su consejo sobre cuál es mejor. Sin embargo, si uno le pregunta a un farmacéutico para qué sirve que exista, encontrará miles de argumentos supuestamente irrefutables sobre lo trascendente de su intrascendente tarea, esa que tan bien describieron Faemino y Cansado:

–Hay que ver los farmaciúticos, toa la vida estudiando pa hacer paquetes.
–Pero los hacen cojonudos.
–Sí, pero no jodamos, son paquetes.

El intermediario siempre cree que su tarea es imprescindible, aún cuando la evolución de los mercados y la tecnología la conviertan más bien en irrelevante y perfectamente prescindible. La del sacerdote como la del farmacéutico. Les ha pasado lo mismo a los laboratorios de fotografía con el fin del revelado de película y a las agencias de viaje: les queda de negocio lo que tarde Internet en alcanzar una penetración como la de la telefonía móvil. 

Los avances tecnológicos es lo que tienen, que hacen prescindibles figuras antes incuestionables. Y quizá el caso más virulento de rebelión contra el progreso sea el de los mediadores culturales. La industria discográfica basa su negocio en ser el intermediario imprescindible para que un músico pueda grabar un disco y llegar al consumidor. La compañía ofrece el estudio de grabación, el planchado de discos, la impresión de las carpetas, el acceso a las tiendas y la promoción radiofónica. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, todos estos servicios exclusivos de la industria se han democratizado. Hay miles de salas públicas de ensayo y grabación y hoy cualquier ordenador puede hacer una posproducción musical más que resultona. Es cuestión de maña y paciencia. A la vez, internet ha ampliado las posibilidades de difusión y comercialización musical. Hoy uno puede darse a conocer confiando en el llamado marketing viral, colocando su música en cualquiera de los portales específicos (MySpace, Youtube o sus múltiples imitadores), y generando ingresos mediante la proliferación de conciertos surgida precisamente de la ampliación de la oferta musical en la red. Hoy un muchacho europeo conoce grupos norteamericanos que nunca se han distribuido en tiendas del continente ni se han emitido en las radios, y las salas de conciertos, que lo saben, los contratan y los traen de gira. Por eso, algunos estudios –hay pocos y no son concluyentes, pero no hay tampoco nada que lo desmienta–  señalan que la distribución de música por Internet ha reducido los ingresos de las grandes estrellas, pero a la vez ha incrementado los de aquellos que no son tan estrellas, es decir, que ha sido perjudicial para entre un 4% y un 6% de los músicos, y beneficioso, en términos económicos, para el 94% restante.


Con lo que acabamos de señalar, ya habrán deducido ustedes que quienes también han dejado de ser imprescindible son las todopoderosas gestoras de derechos. Su función, hoy bastante pervertida, era garantizar que la industria editora distribuidora (discográficas, editoriales, estudios de cine) no abusara de los creadores, pagando por su creación cantidades no proporcionales a la explotación posterior de esos productos. Hoy, las sociedades de gestión dudosamente pueden proteger a los autores de los editores, sobre todo en casos como la española SGAE, que cambió la “E” de España por la “E” de editoras y metió, por así decir, a la zorra en el corral de las gallinas. Cuanto más exigente es la legislación de protección de derechos, curiosamente más discutido el papel de estos intermediarios del cobro, que han convertido su función de mediación en finalista (su discurso hace creer que sin ellos los artistas dormirían bajo un puente). La prueba es que cada año recaudan más, pero no consiguen repartir lo que recaudan y se dedican a invertir en teatros, escuelas de música y demás bienes inmobiliarios, porque, en teoría, no pueden tener beneficios. Pero de aquí en adelante, y cada vez de forma más clara, un artista puede buscarse los garbanzos por sí mismo, sin una discográfica que lo distribuya ni una gestora de derechos que recaude por él.

Una prueba de que los mediadores de múltiples sectores, desbordados por el cambio continuo y acelerado de los mercados, confunden medio y fin es ese discurso en el que ellos mismos se erigen en garantía última del bien a proteger. Oyéndolos se diría que la salud depende de que el que nos atiende en la farmacia sepa fabricar el ácido acetil, o que lo que peligra con la distribución de música en internet es la cultura, y no lo que en realidad peligra, que es el papel del mediador merced a una reconversión de su sector que amenaza con llevárselo por delante o al menos reducir considerablemente su trascendencia y, con ella, sus ingresos.


En realidad, es muy parecida a la querella de algunos gurús de la cultura contra internet. El arriba firmante se espantó cuando oyó a Juan Cruz cargar contra internet. La posibilidad de acceder a cantidades ingentes de conocimiento, pone en cuestión el papel del sacerdote cultural, o cuando menos, hace que sienta su papel amenazado. Pero la solución no es clamar contra el avance tecnológico, sino adaptarse a él y asumir que el poder de uno se ha visto reducido. Créanme, sé de lo que hablo, porque uno de los cambios que ha logrado la tecnología en red es cuestionar el papel del periodista. Podría emplear muchos párrafos en defender el que creo que debe ser nuestro papel, por qué creo que somos necesarios, pero les toca a ustedes decidir si nos necesitan y para qué. Y uno, que no padece de las fiebres de la nostalgia, asumirá la decisión del jurado con deportividad. Sólo faltaba.




Archivo histórico