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Varios autores

La literatura también es hablar

por José María Goicoechea, periodista

De madrugada, en un bar, los poetas leen sus versos, o sus prosas, que hay de todo. Pelayo Fueyo explica que el suyo es ingenuo... parece una aclaración innecesaria, pero no lo es tanto dado el tono del resto de lecturas, más canallas, con más humor.

Es la despedida, entre alcoholes y entre humos, de las VIII Jornadas de Literatura que, en Pravia, organiza la Asociación de Escritores de Asturias, este año bajo el título de Los placeres (de escuchar, viajar, comer, sentir, escribir, leer). Unas horas antes, algunos de quienes ahora ofrecen a los parroquianos su escritos de viva voz –y tan de viva voz, porque se ha estropeado el micrófono y Manolo Abad ha conseguido que la gente se calle y escuche: ¡Impresionante!–, algunos de ellos, decía, habían hecho lo mismo, pero más serios, sobre el escenario de un salón de actos, con las canciones de Pablo Moro intercaladas entre poema y poema: Ana Vega, Guillermo del Pozo, Eva Vaz, Pelayo Fueyo, Alejandra Sirvent, Miguel Rojo, Javier Lasheras, Antonio Merayo, José Luis Piquero, El Rémora, Rubén Rodríguez y, como invitado, Luis Alberto de Cuenca, quien estaba en Pravia para hablar del placer de leer, entre otras cosas tebeos, cómo no..

Desde la tarde del viernes 14 de noviembre y a lo largo de todo el sábado 15, un buen puñado de escritores con denominación de origen asturiana, y unos cuantos invitados fueron hablando de eso de los placeres, por partes. Javier Reverte, por lo de viajar, contó experiencias y técnicas para sacarle partido literario al viaje; Luis Antonio de Villena leyó e ilustró con su palabra unos poemas suyos, por aquello del “placer de escuchar”.

Mucho tiempo de esta reunión transcurre en la Biblioteca Pública Antón de Braña de la ciudad (en la imagen), una premiada y bien cuidada institución que acoge a los participantes y, entre otras cosas, coloca sobre una mesa libros de los escritores que por allí pasan y que es un... sí, un placer hojear y descubrir. Y buena parte del resto del tiempo se pasa en restaurantes, en ciertos bares (hasta con alguna botella de sidra por medio; se ha dado el caso), en la puerta de la biblioteca mientras se fuma, y siempre hablando y hablando y hablando. Entre corrillos y mesas compartidas, oí un par de historias de fantasmas, alguna sobre tiranteces entre autores, comentarios sobre la prensa cultural y la crítica, algo de medicina de última generación, una curiosa anécdota de la Guerra Civil, un viaje a Brasil...


En un par de mesas redondas, no recuerdo exactamente en cuáles, un asistente vino a recriminar que no se estaba hablando de la relación de todos aquellos placeres –podía ser el comer o el sentir– con la creación literaria. No era verdad, mejores o no tanto, más ingeniosas o menos preparadas, las intervenciones tuvieron ya algo de creación literaria, daba igual que se llegara o no a conclusión alguna, importaba lo que se estaba oyendo allí. Valgan unas muestras, que no fueron las únicas: el texto que leyó Eva Vaz sobre el inicio del sexo, el suyo, y todo lo que le vino después; las presentaciones brillantes y divertidas de sus contertulios, hablaron de comida, que hizo Julio Rodríguez; el viaje a la infancia, cuando se descubre la lectura, de Manolo García Rubio, los cuadros de vírgenes de pechos descubiertos (y grandes casi siempre) que mostró Miguel Rojo como iluminaciones de versos del Cantar de los cantares, de Teresa de Ávila, de Juan de la Cruz; el momento de José Luis Piquero en una librería de un centro comercial cuando tiene que terminar chillando que él es el traductor de Steinbeck, que no pretendieran venderle Las uvas de la ira.

Asisten a estas jornadas toda clase de escritores. Los hay inéditos y premiados; los hay ya influyentes –literariamente hablando– y todavía influenciables –por jóvenes, no por otra cosa, y también en lo que a literatura se refiere–. Hay poetas (los más, al menos eso parece) y novelistas y quienes cultivan el relato; y los hay que no son ni una cosa ni la otra, que lo de escribir es más ancho que una lista de géneros. Y estaba El Rémora, que se arrancó por haikus –como diría un flamenco si se tratara de bulerías– en el escenario de la lectura de poemas y dijo que como eran cortos no hacía falta leerlos; pero el segundo se le olvidó y hubo de tirar de papel.

Y está Pravia, que tiene su indudable protagonismo en estos dos días. Por el lado institucional, mediante el apoyo del Ayuntamiento, materializado en la presencia del Alcalde y por algunas perrinas, a esta reunión y, este año, por la inauguración de una plaza llamada De los escritores –que todavía no reconocen los GPS–, a los escritores así, en general, para que quepan todos, o casi todos, o los que cada paseante decida. Y por el lado vital, por lo que pasa en las calles pravianas, en sus bares, en sus hoteles, si hubiera cuevas, en sus cuevas.





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