Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El genocida ilustrado


Vaya por delante que la novela de Jonathan Littell Las benévolas (RBA Narrativas) excede cualquier límite. Sus novecientas y pico páginas casi la convierten en una «novela imposible», en el sentido que puede serlo Moby Dick de H. Melville. Orquestada, según su autor como una suite clásica a la manera de Couperain o Bach, la novela se lanza sin red al abismo del terror más absoluto —particularmente opino que debe mucho también en este aspecto a Wagner, a la espesura de su música y a la desmesura de sus óperas, por mucho que el autor diga no soportarlo—.

Littell, que no intenta hacer encaje con las palabras sino ir al fondo del asunto en la forma de que podría hacerlo un J. G. Ballard o Le Carré, ha sacudido, y de qué forma, la adormecida memoria histórica de algunos sobre la ya lejana segunda guerra mundial, y de los bárbaros sucesos a que dio lugar; para ello se sirve de un protagonista narrador, siniestro y fascinante a partes iguales, que dice representarnos, que nos llama hermanos desde las primeras líneas e intenta justificar su salvación, escudado en el escurridizo concepto del weltaschuung (visión propia del mundo).

Las benévolas se convierte así en una obra impresionante (sólo por su tamaño) que intenta abrir diversos caminos en la historia y en el análisis del comportamiento humano, preguntándose sobre el mal histórico, el mal ideológico y el personal.


Maximilien Aue, el narrador, nos relata su vida desde la infancia, con la perdida del padre; su odio hacia la madre a la que considera culpable de su desaparición; sus relaciones incestuosas con la hermana; su alistamiento en las SS tras una redada homosexual en Berlín de la que logra escapar; su incorporación a un Einstzgruppen (las unidades de las SS encargadas de la limpieza de los elementos peligrosos —judíos, comunistas, gitanos, etc.— en la retaguardia de la Wehrmach) primero en Polonia, luego en Ucrania y Rusia; su paso por el Cáucaso, por los lager de Polonía; el cerco de Stalingrado; y dirigiendo mano de obra hebrea en Hungría para terminar en el Berlín del hundimiento. Y, finalmente, logra sobrevivir para contárnoslo con una minuciosidad de escriba en la que a veces se cuelan ecos del absurdo kakfiano. Su pulsión genocida, racionalizada hasta la estadística por un sentido de la organización fuera de lo común se convierte en un espejo que obliga a encararnos con ese lado oscuro que todos llevamos, intentando convencernos que las causas psíquicas y sociales que le llevaron a participar en el exterminio son esencialmente humanas (no va muy errado, ejemplos actuales han podido verse en Guantánamo, Abu Ghraib o el terrorismo de estado que Israel ejerce sobre los palestinos).

Maximilien es, además, un hombre poseedor una gran cultura helenística —la utiliza por ejemplo para seducir a uno de sus amantes durante un permiso en Yalta—; un gran melómano; y homosexual oculto (quizás lo más tópico de la novela), que prefiere ser penetrado para saber como siente la mujer. Pero, a la vez, es también un criminal sin ningún tipo de escrúpulo moral e inasequible al concepto de culpabilidad; a pesar de las vómitos y diarreas que le suelen producir acatar las órdenes recibidas.


Muchos podrán pensar que es un personaje inverosímil —y lo es— pero a Littell, su creador, le funciona de una forma extraordinaria. «Reconozco que en el libro hay aporías, cosas que no encajan, espacios en blanco. Lo que constituye la esencia de Max, esos estratos trágicos, su parte filosófica, no es realista: Hay que diferenciar la verdad y la verosimilitud. Al escribir esta novela no aspiré a la verosimilitud», ha dicho en una entrevista.

En cuanto a la verdad, sigue explicando que ésta no existe, que sólo ha intentado ceñirse a «una verdad» a la que se acerca a través de un ejercicio literario, y como tal ejercicio se diferencia bastante de la historia y la memoria.

Podemos, o no, estar de acuerdo con él, gustarnos, o no, su novela, eso ya depende de cada lector. Su éxito en medio mundo es ya incuestionable, lo avalan los dos grandes premios de la literatura francesa del pasado año, el Goncourt y el de la Academia Francesa. Ello la ha hecho ser ditirámbicamente ensalzada por unos y denostada por otros, pero todos hemos encontrado en ella una elegancia de lenguaje que clarifica los hechos dotándolos de una realidad un tanto extraña, al privarlos de la opacidad inherente a todo suceso traumático.

Para terminar, recomendarles otras novelas sobre el tema de la Shoá que me han impactado con mucha más fuerza y estimo están por encima de la reseñada y sobre todas la magnífica e imprescindible, Vida y destino, de Vasili Grossman (Editorial Seix Barral, 1985 y felizmente reeditada en su versión completa y en traducción directa del ruso por Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, 2006), y a continuación, Provocación, de Stanislaw Lem (Editorial Funanbulista, 2006) o Europe Central de William T. Vollman (Penguin Books, 2005).




Archivo histórico