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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Cuestiones de fe, de amor y culpa


Me he resistido durante tres semanas a ir a ver Camino a pesar de que amigos y críticas me animaban a hacerlo. Y me resistía porque sabía de antemano el impacto, que por razones personales que no vienen a cuento, iba a producirme la última película de Javier Fesser, un cineasta con un universo propio capaz de parir cosas tan marcianas en nuestro cine como esa joya del absurdo que fue El milagro de P. Tinto, o la descoyuntada adaptación de las tiras de Mortadelo y Filemón.

Camino es la mejor película de terror del año: un cuento de hadas naturalista en el que una delicada princesa intenta mantener una lucha, perdida de antemano, contra monstruos que manipulan su dolor e inocencia con la única arma que posee: su bondad innata. Todos ellos la acompañan en su dolor agónico, intentando, como cuervos, sacar tajada del calvario personal de la pequeña en aras de su fanatismo religioso, de la glorificación del cilicio, el martirologio y la muerte. Fesser no se arredra, los conoce y lanza un ataque directo contra la santa Obra encarnada en esos dos sacerdotes sibilinos, manipuladores y verdugos, siempre al acecho para rentabilizar el dolor de la niña en su propio beneficio; y contra esa madre y hermana que ponen los pelos de punta, robotizadas ambas por la secta, cegadas por una fe integrista que las lleva a inmolar a su hija y hermana a los pies de un dios tonante. Y entre todos ellos un padre espectador mudo, como nosotros, y sobrepasado del dolor de su hija y por los excesos de quienes la rodean.


Me va ser difícil olvidar a Nerea Camacho, la niña actriz que interpreta a la protagonista; y me guardo su sonrisa para mis horas bajas. Gracias a ella se sobrelleva la violencia visual de la película, el horror que destila, y el desasosiego que crea tanto mientras la estás visionando, como más tarde, cuando piensas en ella, porque Camino es de esas películas que se vienen contigo a casa.

Un reparto comprometido y sin fisuras ayuda a rematar esta fábula de ribetes místicos que casi parece una película religiosa si no fuera porque termina siendo casi una blasfemia. Carme Elias, Manuela Vellés, Mariano Venancio, Jordi Dauder están sobresalientes en sus papeles. Tal vez reprocharía a Fesser su querencia morbosa por las escenas de quirófano y el alargado final, pero por lo demás pienso que ha logrado su mejor película, de lejos.

Y para aquellos que piensen que siempre se exagera con la Obra, valga de ejemplo la actual instrumentalización de las declaraciones de doña Sofía por parte de sus voceros a raíz de la publicación del libro de una de sus numerarias, la periodista Pilar Urbano.


De fe, amor, memoria y culpa y otras muchas cosas trata la más que notable novela del escritor inglés Andrew O'Hagan, Quédate a mi lado, recién traducida y editada por la Editorial Mondadori.

Poseedor del estilo más atemporal y personal de entre todos los escritores ingleses de su generación, O´Hagan es, sin embargo, el menos conocido entre el gran público debido al hecho de mantenerse al rebufo de modas y escuelas. Ya desde la aparición en 1995 de su primer libro, Los desaparecidos, una estupenda mezcla de ficción, periodismo, memoria y documentación, apuntó por dónde iba a decantarse su carrera literaria: su inigualable manera de tratar la realidad como si de ficción se tratase.

Varias novelas y ensayos después (Padres Nuestros, publicada por Debate; Personalidad, por Mondadori; The Weekenders) —y con los más prestigiosos premios de uno y otro lado del Atlántico a sus espaldas—, en 2006, aparece la obra que nos ocupa (en Inglaterra acaba de publicar un nuevo libro de ensayos titulado The Atlantic Ocean) en la que un narrador en primera persona, David Artenton, sacerdote católico de cincuenta años, llega a su nuevo destino en la pequeña parroquia escocesa de Dalgarnock, donde no es precisamente bien recibido por sus feligreses, la mayoría de clase trabajadora, debido a su procedencia inglesa y su educación oxfordiana.

Su criada y una pareja de adolescentes marginales, a los que intenta llevar al buen camino, son los únicos amigos que tiene. Por culpa de uno de ellos, el padre Artenton va tener dificultades con la comunidad y sufrir un proceso judicial que le servirá para enfrentarse a los fantasmas de su vida anterior y darse cuenta que nada ya va ser igual en adelante.

Gran estilista y analista penetrante de la realidad escocesa, de las estructuras que la forman y la mantienen unida, O´Hagan se sirve de su protagonista para mostrarnos la fragilidad de esos lazos que mantienen unidos a los individuos que la constituyen a través de la peripecia vital de Anderton, en una novela que es a la vez una historia de amor y documento político de  una época; escrita con la candencia y mesura que le caracterizan y veteada de un humor soterrado e inteligente que lleva al lector de la mano a través de la tragedia visceralmente cotidiana de su protagonista.

Es, ciertamente, un grandísimo placer  leerla.




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