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Lugares comunes

Pedro Vallín

Control creativo del artista, horror


Miren, esta sección no va a ser agradable para la mayoría de ustedes porque mi vocación es explicarles que la mayor parte de las cosas que creen que piensan se las han dado hechas y además son mentira. Lo digo ya, para que luego no se hagan cruces. Muerto de inanición el CinExín —más por la incapacidad para seguir diciendo una originalidad cada semana, después de más de cinco años, que por falta de empeño— al autor de estas líneas le asaltó la urgencia de denunciar públicamente la cantidad de lugares comunes y memes que empleamos (más ustedes que yo, claro) de forma automática como piezas de un lego para edificar nuestro pensamiento o nuestro juicio sobre las cosas. Un meme, les supongo al tanto pero por si acaso, —uso mi propia definición— es a la transmisión cultural lo que un gen a la transmisión de la herencia, o sea, es una unidad de información cerrada que pasa de un individuo a otro y que tiende a ir replicándose, extendiéndose de una persona otra en un proceso en el que, además, puede sufrir ligeras mutaciones. El neologismo y el concepto son creación del etólogo británico Richard Dawkins. Ya saben, acudan a la Wikipedia para saber más. Antes de que Dawkins le pusiera nombre, por estos lares lo llamábamos lugares comunes, motivo del encabezamiento de esta sección. Por cierto que a Dawkins volveremos uno de estos días pero para hablar de cristianismo, islam y otras supersticiones espiritistas. Y ya les anticipo que va a ser un sindiós.

Una de las constantes que verán asomarse a estas páginas en forma de denuncia es el inmerecido prestigio del mal rollo en sus múltiples manifestaciones. Y una de las más habituales en el territorio cultural es la que habla de las virtudes de la autoría y el control creativo frente al control industrial. Es mentira. Si no hay alguien que vela por la viabilidad financiera, las obras producidas son peores. Y más grandes y largas.

Digo esto porque en el mundo todo del culturetismo de todo pelaje es común señalar con el dedo acusador a la parte empresarial de la producción —en el cine, al productor; en la literatura, al editor; en la música, a la discográfica— como los culpables de que tal o cual obra no tenga la altura que se le podía suponer a su creador.


La realidad es más bien la contraria y, por no meterme en honduras musicales en las que navego con más dificultad (podría traer aquí el papel de George Martin en la creación del mito Beatles y casos similares, pero mejor no), empiezo por el cine, donde se ha vivido un proceso en las últimas décadas de progresiva usurpación del poder por parte del sector de los creativos (actores, guionistas y directores), asumiendo el papel de los productores. Cuando un actor, guionista o director proporciona a un estudio un gran éxito de taquilla, pasa a tener una capacidad de decisión sobre sus siguientes proyectos que va mucho más allá de doblar el caché. Ya sé, me dirán que los ejecutivos de los grandes estudios siguen teniendo peso, vale, cierto, pero la capacidad de la compañía para tener la última palabra sobre la película es en todo caso menor, substancialmente menor, que en el famoso Star System del Hollywood clásico, donde actores, escritores y directores eran contratados no por películas sino por periodos de tiempo. Y sin embargo, los mismos eruditos que amamantó Cahiers du Cinema en la devoción a la autoría babean por el cine norteamericano de los años 30 a 50 —su calidad media, no se engañen, era más o menos como la de ahora, lo que pasa es que hasta nosotros sólo han llegado las buenas, como tiene que ser—, que es lo más alejado que ha habido del control creativo del autor.

Se oculta que a menudo los productores —sobre todo merced al uso de la tijera— convirtieron en resultonas películas que sin su sagacidad empresarial habrían sido artefactos aburridos e inacabables. No voy a dar nombres. Y se obvia, sobre todo, que desde que los directores tienen un gran control, lo único que se puede decir del cambio es que las películas duran más, pero no que sean mejores. Los montajes especiales o las ediciones para formato doméstico lo demuestran: la aportación del sector creativo al producto final cuando se les da carta blanca es, casi exclusivamente, añadir minutos. En el mejor de los casos, sugerir otro final, aunque se cuentan con los dedos de una mano, y sobran cuatro, las películas en las que el final recuperado es mejor que el original.


Los artistas necesitan filtros. Cuando el sujeto cree que todo lo que sale de él es arte, acaba abandonando la costumbre de tirar de la cadena para poder contemplar ensimismado sus deposiciones. E invitando a todos a que disfruten del panorama. Los filtros son imprescindibles y —¡oh, pecado!— son y deben ser industriales. La desaparición o la reducción drástica de esos tamices genera mucha más producción y, por eso mismo, una proporción de excreciones muchísimo mayor. La prueba es la diferencia entre la calidad media de lo que sale la industria editorial y lo que produce el cine. Hacer una película es un proceso caro. Uno de esos que se siente artista y no tira nunca de la cadena debe convencer a muchas personas de que se jueguen su prestigio y su dinero y, aunque hay mucha gente que quiere ganar pasta fácil, a nadie le gusta que lo señalen por haber hecho el ridículo. Por eso, aunque se ve mucha basura, la calidad media —digan lo que digan los nostálgicos— está más o menos donde siempre.

En cambio, hay dos mecanismos que han hecho que, en buena medida, la industria editorial haya relajado los filtros. El primero es la necesidad de llenar semanalmente la mesa de novedades. El segundo, el abaratamiento de los costes del sector industrial de las artes gráficas. La combinación es potencialmente atroz: ahora hay que editar más cosas y hacerlo es más barato. Resultado: mierda a calderadas. Como bien saben, aunque se cuiden de decirlo, los vecinos de esta república bloguera que informan del asunto literario.

Puede objetarse que efectivamente ese abaratamiento de los costes ha permitido el surgimiento de muchas pequeñas editoriales de criterios rigurosos y que la mayor cantidad de obras publicadas ha permitido que más talentos afloren. Y sí, es cierto. Pero al incrementarse tanto lo producido, la calidad media del sector es calamitosa. No hay menos talentos, hay más, claro, pero también muchos más tarados que publican. Fíjense, si no, lo que ha hecho interné —catalizador del abaratamiento de la comunicación pública—, que permite que sujetos como el arriba firmante escriban esto y gentes como ustedes lo lean. Se lo advertí.




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