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Pedro Vallín

Ecotopías y mentiras


Los memes han prendido con fuerza en muchos campos de la comunicación, desde el periodismo propiamente dicho —en el que los memes han seguido una evolución muy similar a la de los conejos cuando fueron introducidos en Australia— al cine, la literatura, la sociología —ay, aquí, como en el periodismo— o las artes plásticas. Pero también ha contaminado la ciencia. Quién les iba a decir a los ecologistas que, tras décadas de clamar en el desierto contra los excesos de la sociedad industrial, ésta se iba a rendir con armas y bagajes a las afirmaciones reaccionarias y conservadoras —tómense estos epítetos en el sentido literal, es decir, relativos a reacción y a conservación— de los colectivos verdes.

El cambio climático se ha convertido en un poderosísimo meme, con un carácter blindado a cualquier salvedad, y nadie levanta el dedo para objetar la fragilidad de las certezas científicas en que se basa. El meme completo del cambio climático se basa en tres asertos. El primero es que el clima está cambiando y que se está produciendo un progresivo calentamiento que afecta al hielo de los polos y los glaciares. Sin entrar en honduras —cabría obstar que hay glaciares que están creciendo, por ejemplo, o que las escalas de variación térmica deben medirse en siglos y no de año en año—, es efectivamente así, el planeta se calienta. Hasta aquí, más o menos de acuerdo.


La segunda certidumbre es que este cambio ha sido producido por la acción del hombre sobre el planeta. Y hay indicios serios de que es así, pero no puede tratarse como una verdad científica, y desde luego no está consensuada por los especialistas. Y es normal esa renuencia. Sólo en los últimos mil años, sin remontarnos a glaciaciones y calentamientos previos en ciclos milenarios, el clima ha cambiado lo suficiente como para hacer creer, por ejemplo, a los vikingos que llegaron a Groenlandia en el siglo X, que se trataba de un país relativamente templado, con características similares a las de los países nórdicos europeos o Islandia, de donde procedían. Cuatro siglos después, la caída de las temperaturas los exterminó y obligó a los supervivientes a huir. Sólo los pueblos Inuit, que ya estaban allí centurias antes de la llegada de los hombres de Erik el Rojo, habían desarrollado formas de vida compatibles con las bajas temperaturas del yermo helado que es Groenlandia, pero que no fue entre los siglos X y XV.

Así que podemos considerar que la acción del hombre haya pesado en el cambio climático, pero con cautelas. Es una verdad a medias. Los propios climatólogos admiten que el clima es un sistema demasiado complejo como para interpretar sus cambios con precisión, y menos en escalas temporales cortas, como unas pocas décadas. Más aventurado aún es reducir esta intromisión humana en el orden natural (“orden natural” es una contradicción de términos como “pensamiento navarro” o “inteligencia militar”, diría aquí la jefa Orúe) a las emisiones de CO2.

La tercera afirmación del silogismo del cambio climático ni es una verdad cierta, ni es una verdad a medias. Es una afirmación hecha en el aire, una consoladora mentira que, sin embargo, orienta las acciones de gobiernos de todo el planeta y condiciona inversiones de miles de millones en todo el orbe. Dice así: podemos parar el cambio emitiendo menos CO2. Demos por bueno —como hipótesis— que la culpa es del CO2. Aún con todo, cualquier escenario a cincuenta años vista del consumo de recursos y el crecimiento de la población sería un  acelerador de los problemas climáticos en general, aunque no volviéramos a emitir ni una bocanada de dióxido de carbono desde mañana. Sería delicioso ver a algún climatólogo, o sus primos los meteorólogos, postular que las reducciones de emisiones de CO2 van a enfriar el planeta o, si quiera, van a detener el proceso de calentamiento. Suena como curar un cáncer de pulmón fumando menos. Si lo piensan, no deja de ser sospechosa la abracadabrante ridiculez de las medidas que los políticos impulsan para proteger el medio ambiente —cerrar el grifo mientras nos lavamos los dientes, consumir tomates ecológicos, poner suave la calefacción o reciclar latas de cerveza— y las proporciones del apocalipsis que nos vaticinan a un siglo vista.


En fin, si tenemos que asumir que viene el armagedón y que viene por culpa nuestra, más útil sería tomar alguna medida drástica, proporcionada a la envergadura de la catástrofe que nos ronda. Por ejemplo, una iniciativa planetaria de reducción poblacional sería más eficaz y, dado que los exterminios masivos sólo están permitidos en caso de acción bélica y que traerían muchos problemas para la confección de las listas, el único camino son los límites reproductivos mundiales. Algo así como esterilizar a todo aquel que ya se haya reproducido una vez, intentando que la población se reduzca a la mitad en cada paso generacional. No digo yo ni que sea ético, ni que vaya a servir de nada, pero desde luego se ajusta más a la magnitud del problema al que nos enfrentamos. Más justo sería la primera solución, la del exterminio masivo, porque si lo piensan, con lo de la esterilización estamos negando la posibilidad de existir a ciudadanos que no sabemos si van a enriquecer la existencia, mientras que las ejecuciones sumarias pueden practicarse sobre gente, incluso países enteros, que ya sabemos para lo que dan. Y no me digan que dé nombres, porque los daría. (Dada la inteligencia media del internauta, aclaro que el párrafo que aquí concluye está escrito con sorna, doblez, cachaza, socarronería, sarcasmo e ironía, y puede definirse lo que en él se dice como una boutade que lo único que persigue es subrayar la ridiculez del meme del cambio climático. Pero si, con todo, lo dicho es constitutivo de delito penal, que sepan que toda la responsabilidad es de la directora de este sitio)

A mí me gusta más otra solución, pero soy la Cassandra de una película de desastres, nadie me escucha. Bueno, yo lo digo: Deberíamos comenzar de inmediato la terraformación de Marte para tener un hogar alternativo si la cosa se pone chunga. Sólo llevaría un par de siglos, como explicó Kim Stanley Robinson. ¿Qué? Hombre, claro que es una idea descabellada y carísima, pero si Al Gore puede hacer su ecotopía, por qué no cualquiera.

*** 

NdA: Terminado de escribir este texto, el autor topose con la incomoda coincidencia entre lo aquí expuesto y las afirmaciones, este miércoles, del ex presidente José María Aznar en la presentación del libro Planeta Azul (No Verde) del presidente checo Vlacav Klaus. Ya he pedido cita con el psiquiatra.




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