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El escritor y el mar

por Richard Woodman*


Nunca fui un escolar muy aplicado, desde bien joven mi único afán fue navegar, embebido como estaba de esa idea romántica de una vida prieta de aventuras a bordo. Pronto, a los 16 años, cambié el colegio por un barco y he de decir que el mar no me defraudó, ha sido la gran pasión de mi vida, lo que me ha motivado, la inspiración detrás de casi todo lo que he hecho.

Antes que escritor fui lector, siempre que viajaba llevaba libros, la mejor compañía. De hecho, siempre un bibliófilo, sólo que quería leer lo que quería leer, no lo que mis profesores me decían que leyera. Estoy hablando de hace medio siglo, en torno a 1960, ¿imaginan?, largas travesías sin Internet, sin teléfono para hacer llamadas a larga distancia… La única forma posible de compartir con los tuyos esas experiencias era escribir cartas: a mi familia, a mis amigos, muchas cartas, y también un diario. Así se apoderó de mí el hábito de escribir. Y me gustaba, se convirtió en una actividad placentera, contar lo que hacíamos, describir los sitios donde estábamos, sitios exóticos para el común de los mortales. Fui muy afortunado, di la vuelta al mundo antes de cumplir los 18, visité muchos países, algo que no parece tener mérito en 2008 pero que sí era extraordinario en aquel tiempo: la China de antes de la apertura, la Rusia soviética y cerrada…

El mar me dio todo eso, y una carrera profesional. Me hizo hombre. Los jóvenes de hoy no están tan atraídos por el mar como lo estábamos los antes, pero hay que recordar que para nosotros era una vía de escape, yo por ejemplo no veía ningún futuro para mí en mi ciudad y toda mi obsesión era huir, viajar, escapar de los suburbios, convertirme en un individuo adulto.

La hermandad


Es una noción ligeramente romántica, pero vigente. Salvo en tiempo de guerra, la gente que navega se ayuda y cuando arribas a un puerto extranjero y te encuentras con gentes de otros países, de otros barcos, la relación es cordial. Luego, pasados los años, al hacerte mayor, te das cuenta de lo mucho que te une a quienes, como tú, tienen un pasado marinero: si te encuentras con ellos, siempre tienes temas en común para charlar, incluso si no hablamos un mismo idioma.

Pero volvamos a la escritura. A veces me preguntan que por qué escribo novelas ambientadas en el mar. La respuesta primera es que también escribo obras de no ficción; la segunda, que la narrativa me permite exponer mis ideas, pero también —y esa es la gran aventura de todo novelista— encarnarme en gente. Puedes ser tú y ellos, juegas a ser dios. También me preguntan por qué escribo series protagonizadas por los mismos personajes. La razón es que me interesan periodos de tiempo largos (las guerras napoleónicas, la revolución francesa) que exigen desarrollos imposibles de condensar en un solo libro. Avanza el tiempo, cambian las circunstancias y evolucionan mis personajes.

Personajes a los que, lo confieso, introduzco en episodios poco claros de nuestra historia, porque me gusta tener libertad creativa para desarrollar esos asuntos que no están resueltos. También me gusta alejarlos de los escenarios más trillados, por ejemplo, mantengo a mi personaje Drinkwater lejos del Mediterráneo porque otros muchos autores han escrito sobre lo sucedido en ese mar, y lo mando a zonas más oscuras como el Báltico. Una y otra vez me alejo del mainstream en el que sí se han zambullido otros autores británicos, del mismo modo que siempre intento obtener un punto de vista alejado del puramente británico, del british chovinista, me gusta situar al personaje en escenas que, por así decirlo, pueden ser vistas desde los dos lados. No me gusta esa suerte de tradición literaria según la cual los británicos con siempre mejores que los franceses, o que los españoles… 

El lector, mi cómplice


Mi mujer siempre me reprocha, cariñosamente, que uso y abuso del lenguaje marinero en cualquier situación de la vida. Supongo que es lógico, después de pasar tantos años en alta mar… así que no me pidan que renuncie al lenguaje profesional cuando escribo mis tramas. Siempre asumo, quizá erróneamente, que el lector que abre uno de mis libros  está predispuesto a disfrutar con este tipo de literatura, que está familiarizado con los barcos, y que va a disfrutar leyendo the real thing… Por supuesto, sería tonto no utilizar expresiones contemporáneas, pero renunciar a los términos técnicos… no, sería muy aburrido, sería simplificar las cosas en exceso, trivializar, infantilizar. Tengo que desafiarme a mí mismo cuando escribo, y desafiar también a los lectores, en el bien entendido de que no hará falta que acudan cada dos palabras a consultar un diccionario de términos náuticos porque, ¿saben?, a veces no hace falta entender todos y cada uno de los términos, basta con entender el sentido general para captar así el aroma del mar.

Un aroma que llevamos pegado a la piel. Se dice que cuando un marinero llega a la orilla, quienes allí aguardan notan tres cosas: que va vestido raro, que probablemente está bebido y que utiliza un lenguaje peculiar. Así es como somos, así es como soy a pesar de que me jubilé hace tiempo. Y así me gusta creer que son mis libros.

 

* Richard Woodman nació en Londres en 1944. A los dieciséis años abandonó su ciudad natal para enrolarse a bordo de un buque. Desde entonces hasta su retiro en 1997 no dejó de navegar tanto en barcos de carga como para el Trinity House Service. Ha escrito más de cuarenta libros de los que aproximadamente la mitad son novelas, incluyendo las catorce de la serie Drinkwater. Dos de ellas, El vigía de la flota y El navío del Rey, han sido ya editadas en España por Pamiès, que en los próximos meses editará nuevos títulos. 




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