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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Terapias y mendigos

Estoy convencido que todo proceso creativo, sea del tipo que sea, genera en su autor una total esquizofrenia, una especie de partición del disco duro vital, que separa a la persona en dos mitades completamente diferenciadas: una, la que vive su vida cotidiana como puede, cumpliendo mal que bien con sus deberes sociales y laborales; la otra, completamente introspectiva, que ahonda cada vez más hacia su profundo más oscuro en busca de esa luz interior que es la creación, para después sacarla a superficie a través de las canalizaciones que le ofrecen las palabras.

Conozco hace muchos años al poeta onubense Santiago Aguaded Landero, al que me unen muchas cosas y del que me separan otras tantas, pero que seguimos, a nuestra manera, y en lo cardinal, siéndonos fieles el uno al otro. Esa es la esencia de la verdadera amistad.


Santiago Aguaded Landero ha sido el causante de la anterior reflexión; él y su último poemario, el Libro de los Mendigos publicado por Ediciones Baile del Sol. Doctor en Biología Molecular e impartiendo clases actualmente en la Universidad de Huelva, ya tiene tras de sí un excelente puñado de obras publicadas en pequeñas editoriales regionales que han ido poco a poco tallando su figura de poeta de extrarradio, y entended esto tanto desde el punto de vista territorial como del temático, y hago esta aclaración porque su obra, casi siempre se ha visto entreverada por sus conocimientos de física y biología, plasmando poemas-fórmula donde la materia biológica se transmuta en literaria aleando  ambas en el antiguo crisol de la creación poética. Así sucedía en Diario Apócrifo de un Alquimista (2005, Ediciones If) o en Sortilegio de Silencio (2006, Ediciones Wilsen), que yo siempre he preferido llamar «Libro de mis perfumes» ya que de de esto trata: de aromas y fragancias, de cómo las palabras manipuladas químicamente también pueden provocar el deleite de nuestra pituitaria.

«El poema como conjetura es mas importante que cualquier presunción de realidad», dice el poeta en la presentación de Libro de los Mendigos preparando nuestra mirada para esa panorámica que a continuación lanza sobre una galería de desheredados que podemos encontrar en cualquier esquina de nuestro entorno, elevándolos a  la categoría  de materia poética. Ellos, resguardados del mundo exterior  en sus palacios de cartón, duermen sus sueños de un exilio social del que la mayoría de las veces no son los únicos culpables. Espejos de nuestras propias y posibles miserias cumplen  el cometido de acallar nuestras conciencias a cambio de unas cuantas monedas.

No me resigno a no ofreceros un pequeño fragmento del libro que retrata a mi mendigo favorito, el mendigo licántropo; dice así:

«TU INFANCIA acabará devorada por los lobos
Para quien se alimenta de palabras, no es  más que culpable de su libertad para escribir sin rencor ni amor:
-Mío es el mundo, como el aire libre, otros trabajan porque escriba yo y sólo temo un beso de plata.»

Definitivamente ha sido un placer como pocos leer y volver a releer una y otra vez los poemas contenidos en este breve, denso, hermoso e inclasificable libro.


Y hablando de otras cosas, os anuncio que he cumplido mi segunda semana de terapia televisiva. A la media noche, cada día de lunes a viernes, me siento frente a la tele y sintonizo el canal Fox esperando ese maná en forma de sitcom que nos regala el talento de Rodrigo García, el hijo cineasta de Garcia Marquez, que ha adaptado a la tele americana una anterior serie israelí llamada Be´Tipul creada por Hagai Levi.

En terapia nos sitúa en el despacho del psicoterapeuta Paul Weston, interpretado de manera insuperable en sus palabras y sus silencios por el carismático Gabriel Byrne, y cinco pacientes que le visitan cada día de la semana de lunes a jueves; el viernes es el único día que cambiamos de escenario y despacho y acompañamos al taciturno doctor Weston a recibir su propia medicina en casa de una colega, su antigua supervisora ya retirada, la doctora Gina encarnada por la oscarizada Dianne Weist.

Asistimos cada día como invitados entre asombrados y perplejos a una sesión de terapia en la que se habla poco de psicología y mucho de las tensiones y problemas de los pacientes a los que el doctor intenta ir poniendo frente a sus propios fantasmas. A mí me han bastado las dos semanas que llevo viéndola para empatizar de una forma u otra con ellos. Laura, Alex, Sophie, y la pareja que forman Jake y Amy, ya han empezado a formar parte de mi imaginario particular y cada noche espero la exposición de sus miserias, que son las de todos, con la unción del voyeur que todos llevamos dentro.

El peligro del decorado único, de la ausencia de acción física, aunque a veces se alcancen cotas de una verbalidad violenta que llegan a estremecer, es conjurado por Rodrigo García y sus intérpretes con una dirección que apenas se deja notar y unas actuaciones fuera de lo común.

En resumen, un verdadero festín para el espectador que os recomiendo encarecidamente.




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