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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

La noche era joven y nosotros tan hermosos


Vaya por delante mi agradecimiento a María, una estupenda amiga, por invitarme a la presentación de la novela del dramaturgo cubano Manuel Reguera Saumell, absolutamente desconocido para mí, aunque ya en el año 2004 había publicado su primera novela en España, Un poco más de azul, que también desconocía y que además (mi supina ignorancia ya empieza a preocuparme) tiene tras sí una más que estimable obra como dramaturgo, cineasta, guionista de cine y televisión en su Cuba natal. Como muchos otros compatriotas, se exiló en España en 1970, en Barcelona más exactamente, dónde ha venido impartiendo desde entonces clases de historia del arte y dramaturgia en la Escola Adrià Gual.


La presentación se realizaba en uno de esos lugares de cooperación cultural hispano-cubana desafectos al régimen castrista y con cierto tufillo a casino decimonónico. Público exiguo, ecléctico y bastante mayor que me hizo temerme lo peor. Sin embargo, la sola presencia del autor, un vitalista, cordial y campechano joven de ¡ochenta años!, ya me predispuso a su favor y más aún cuando comenzó a contestar a las preguntas del presentador y presentes al acto.

Dueño de una memoria prodigiosa, ésta iba surgiendo en sus respuestas a través de unas palabras cálidas, pausadas, llenas sones habaneros. Una auténtica delicia escucharlo, y después, aún más, disfrutarlas de nuevo al leer la novela que presentaba La noche era joven y nosotros tan hermosos publicada por la editorial Barataria.


Desde las primeras páginas, la novela nos lleva en busca de un tiempo en que su protagonista reconoce haber sido feliz sin saberlo y en el que como una hormiga laboriosa almacenaba granos de memoria de cara a un futuro invierno emocional. Desde ese invierno en Florida, donde él sobrevive, ya en sus últimos años, a base de fármacos, cuidados y esos granos de memoria que guardó, nos traslada a la vieja y cosmopolita Habana de finales de los años cincuenta, tiempo convulso, donde la dictadura de Batista se tambaleaba y los ecos de la revolución comenzaban a escucharse en sordina por cada esquina de la vida cotidiana de la isla. Una noche, dos sucesos sin aparente conexión, tienen lugar en la vida del protagonista, Victor, un librero acomodado casado con una mujer de influyente familia y dos hijos adolescentes y que recientemente ha decidido separarse y asumir su verdadera condición de homosexual. El primero es el atraco del que es víctima en su casa de la playa por parte de un navajero desconocido mientras pasa la noche con su nuevo amante; y el segundo, la voladura por los revolucionarios de la comisaría de Guanabo cercana a la casa. A partir de ahí, su vida, tranquila y regalada hasta ese momento, sufre un giro de ciento ochenta grados al verse acosado y chantajeado por un teniente de la policía de Batista que lleva la investigación del atentado y que va complicar su existencia y la de todos los que le rodean: amante, amigos, ex-mujer, etc. hasta un final catártico en el que, utilizando su propio chamullo, “les cayó una criolla y rellolla y tremenda salación”.


Divida en tres partes que llevan el título de “diálogos”: del rencuentro, de la caída, y de la muerte, el autor se sirve de ellos para retratar con breves y cinematográficas pinceladas un fresco de la vida habanera de aquellos difíciles años donde los diálogos, de una frescura y vivacidad inigualables, sirven para retratar a los personajes a través de sus conversaciones, dándonos sus claves y ayudándonos a situarlos, a entenderlos, a quererlos o, a odiarlos. Todos ellos viven sus vidas sin ser conscientes del todo, como siempre sucede en estos casos, del tiempo histórico en que se están moviendo, algo que solo se entiende a posteriori, desde la distancia de los años y hechos consumados. Es desde esa perspectiva, desde la que Manuel Reguera Saumell, con la sabiduría de los años, monta su historia.

Puede que La noche era hermosa y nosotros tan jóvenes no sea considerada una gran obra y me apresuro a decirlo, ni falta que le hace. Es una novela sentida, vivida; es el granero de la memoria de su creador, de sus vivencias y de alguno de sus propios fantasmas, supongo. Sólo por eso merece la pena leerla. Es por todo ello un inesperado regalo.




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