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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Utopías enlatadas


Adriana: Alicia… ¿qué te pasa?... Despierta, simplemente estás soñando. No llores. Despierta.

 

Alicia (se mueve ligeramente, habla pero sigue dormida. Llora de un modo extraño. Parece sonámbula): Quiero despertar pero no puedo… No quiero seguir soñándote así.

 

Adriana: Por mí no te preocupes. (me quedo unos segundos en silencio, porque la verdad es que me ha asustado un poco, pero intento mostrarme calmada… al fin y al cabo la que está dormida y llorando es ella…) Los sueños son sólo eso, sueños. Tranquila. Sabrás despertar. Cuando sea el momento y tu sueño ya no necesite ser soñado.

 

Alicia (sin despertar, se encoge sobre si misma, haciéndose más pequeña. Yo me abrazo a ella por detrás, y también me encojo. La mejilla de Alicia que roza mi brazo está empapada. Yo me agarro con fuerza a su cintura y me pego más aún a ella para poder entender las palabras que atropelladas siguen saliendo de sus labios): Alguien quiere comprar mi sueño pero…

Mis sueños no están en venta.

Vivo en un gran almacén y a mí alrededor todo son estanterías repletas de latas, cada una ofertada del “mejor modo posible” y con el “mejor precio posible”… Cada una de estas latas, ofrece una promesa de algún tipo de satisfacción temporal o permanente. Latas pequeñas, medianas, grandes, enormes…

Camino, y no sé ni siquiera por qué ni desde cuándo, pero tengo entre mis manos un carrito de la compra del cual no hay modo de desprenderse… Si lo suelto, sus minúsculas ruedas lo resbalan hasta mí, y si no vuelvo a agarrarlo a tiempo, me pega un golpe tan fuerte en la boca del estómago, que casi me tira al suelo dejándome sin aire.

No quiero caer y tampoco quiero quedarme sin poder respirar… pero no me creo que la felicidad venga enlatada… Ni los cuerpos, ni el amor, ni los gustos, ni la virtud, ni el sexo, ni la belleza, ni el conocimiento, ni la realización, ni el éxito, ni la salud, ni la posibilidad de vivir sin miedo… Y por ello, no quiero comprar estas latas abrillantadas. Y ¿cómo hacerlo, sin embargo, si vivo aquí, en este Gran Almacén?... Nací aquí, aquí crecí… y sólo puedo desear lo que me señalan con las flechas indicativas, las flechas “guía”… que me llevan hacia la meta de una idílica visión de un futuro perfecto. Debo ser una compradora perfecta, una ciudadana ejemplar del Gran Almacén, que me permite nacer, existir y vivir nutrida, alimentada, aseada, vestida y “alineada” dentro del pasillo correcto, frente al estante correcto, junto a la caja registradora correcta.

Camino y camino entre paquetes, botellas y latas que me indican cómo debo ser, cómo debo parecer, qué debo pensar, qué debo hacer y qué hay que tener… ¿para ser feliz?

Ahora veo que los propios “enlatadores” han hecho una mejora en su sistema de “creatividad” y “creación” y se han autocensurado, cosa, que por lo que me han enseñado en el colegio  Grandes Almacenes, es absolutamente necesaria en una sociedad progresista que vela por los intereses de sus ciudadano-clientes-compradores-merecedores. Sí, me he dado cuenta de que palabras como libertad, individualidad, voluntad, singularidad… han dejado de figurar en las etiquetas de las latas… casi por completo. Si no fuera porque al tener que aparentar un interés permanente en adquirir algo de lo que hay en esas latas, rebusco y rebusco y me encuentro con latas de fechas ya caducadas, no estaría ni siquiera segura de que mi memoria no me falla y de que la palabra libertad, realmente alguna vez existió, y no es sencillamente fruto de algún tipo de enajenación mía, provocada por rechazo a soñar, sueños enlatados.

Me da igual. Seguiré deambulando hasta que las máquinas que se encargan y velan por el equilibrio energético, letargo adecuado y buena apariencia del establecimiento, me den caza y me obliguen a desprenderme de mi propia esencia… y me obliguen a ser una compradora ejemplar, una no pensadora ejemplar, una triunfadora ejemplar, una cara ejemplar, una expresión ejemplar, ejemplarmente rellenada, estirada, corregida, petrificada… Y hagan que vuelva al redil y que mi “postfabricada” sonrisa, salga en las etiquetas-portadas, de las latas que he de comerme después…

 

Adriana (suavemente pongo mi mano encima de los labios de Alicia para acallarla, mientras que con la otra le acaricio el pelo): Creo que ahora sí es hora de despertar para ti. Me toca soñar a mí.

 

 

 

  utopía o utopia.

(Del gr. οὐ, no, y τόπος, lugar: lugar que no existe).

1. f. Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.

 

 

 Pequeños Deberes- Si alguna vez has estado atrapado en el sueño de otros, ¿cómo conseguiste saber que ya no te están soñando?

 

 

 A.AliciaNlarealidad@gmail.com  

 

    




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