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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Bodega de culto en la Rioja Alavesa

OTROS DESTINOS

Bien de mañana, salimos hacia El Ciego.

Aunque está al lado de Laguardia, tardamos un buen rato en cubrir el trayecto. Apenas había circulación, y aprovechamos para avanzar despacio, disfrutando de cada nueva perspectiva, saliéndonos de la calzada para tomar instantáneas. Desde que avistamos El Ciego, el edificio de Gehry se nos antojó un vistoso lazo metalizado dispuesto al lado de la Iglesia para adornar el pueblo de piedra, como si de un regalo se tratara. La magia de la composición se rompió poco antes llegar al cruce.



Teníamos una cita en la Bodega Marqués de Riscal  a las 12, y apenas pasaba media hora de las diez. Para echar tiempo, tomamos la cuesta de la derecha y subimos hacia la Plaza Mayor. Había leído que es una de las más bellas de Álava. No nos defraudó. Aparcamos el coche y dimos un paseo por las vacías calles de la localidad, camino de la Iglesia. Estaba cerrada. En sus aledaños, un par de turistas, como nosotras mismas, buscaba el ángulo perfecto para captar el edificio de Gehry. No creo que lo hayan encontrado.

Volvimos sobre nuestros pasos, entreteniéndonos de nuevo en comentar la riqueza de artesonados y fachadas, y bajamos en coche hacia la Bodega, hacia el ya mítico edificio de colores. Como nos sobraba tiempo, rodeamos la finca buscando, nosotras también, el encuadre perfecto. Para la cámara, el punto de apoyo ideal nos vino dado por un agujero en la alambrada.


Con la puntualidad que nos caracteriza, irrumpimos en la tienda del complejo turístico-bodeguero de Marqués de Riscal para preguntar por la persona que había de enseñarnos las instalaciones, la Ciudad del vino, como ellos la llaman. Una guía excelente.



Nos explicó que la nueva distribución, casi de parque temático, diría yo, se había dibujado al desplazar el trazado de la carretera por detrás del aparcamiento; antes, los coches circulaban entre los edificios de la bodega. En un cómodo salón de actos vimos una breve película sobre la historia de la Bodega: fundada en 1858, podría decirse que se refundó con el Proyecto 2000, de alguna manera culminado al inaugurarse en 2006 el Hotel. En los nuevos edificios de producción escuchamos sobre los primeros pasos de la uva camino de ser vino, y la iniciativa reciente de alquilar las instalaciones —gran parte del año paradas— para la celebración de banquetes. En las viejas bodegas (construidas por 100 canteros gallegos en los años ochenta del XIX), supimos del duro trabajo de antaño para trasegar el vino y admiramos el tesoro de la casa, la Catedral: un botellero en el que se conservan ejemplares de los mejores caldos de cada año, desde 1882, unas botellas 150.000 en total. Todo ello antes de encontrarnos en el sótano de la obra de Gehry con las cajas del vino que lleva su nombre y las de los caldos que esperan preparados la inminente llamada de los mercados.


Otra vez en la superficie, de vuelta en la tienda-bar, catamos un tinto y un blanco. Ambos excelentes para nuestro paladar. Y fuimos al encuentro de la Relaciones Públicas del Hotel Marqués de Riscal, gestionado por Luxury Collection. Antes, habíamos escuchado que Gehry se inspiró en los viñedos alaveses para diseñar el edificio que pretende ser una cepa y emular con sus ondulaciones el efecto del viento sobre las hojas de la misma. Todo tiene su significado, y no sólo uno. Las láminas de titanio se tiñeron de rosa por el vino, y de amarillo por la clásica malla en la que tradicionalmente se cobijan las botellas Marqués de Riscal, y la de acero inoxidable luce su gris plateado por la cápsula que cubre los corchos...



Iniciamos el recorrido por el bar, el único lugar al que pueden acceder los visitantes si no están alojados en el hotel ni tienen una mesa reservada para comer en alguno de sus dos restaurantes. Nos cuentan que Gehry gusta supervisar hasta el más mínimo detalle de mobiliario y decoración, sean los elementos de diseño propio o ajeno. Salimos a la terraza y allí nos detenemos un rato. Preguntamos por las reacciones del pueblo ante tan estrambótica construcción. Nos cuentan que hubo de todo, que la primera reacción, casi-casi lógica, fue de rechazo, la última, que acaba siendo la que cuenta, de orgullo, porque ven que El Ciego suena más y es más visitado. Pasamos a las lujosas habitaciones (de precio acorde a los servicios), y nos vamos a las del edificio anexo. En éstas, los ventanales se convierten en cuadros excepcionales al enmarcar trozos de la deslumbrante fachada firmada por el artífice del Guggenheim de Bilbao. Nos dicen que sí, que ya hay establecido una especie de eje turístico entre ambos edificios, y que son muchos los extranjeros que vuelan a Bilbao para luego acercarse en autocar a El Ciego.


Por cierto, vendrá de este topónimo lo de «llevar un ciego». Para cumplir con las normativas vigentes y eludir los problemas derivados de los controles de alcoholemia, mucha gente visita la zona en autocar, y en épocas de fiestas se fletan autobuses entre los pueblos para facilitar la movilidad. No me parece un problema banal: el gran atractivo de la zona es el vino, ¿conducir para desplazarse?


Jardín del cocinero

Volviendo al Hotel. Tiene dos restaurantes, uno «gastronómico» y otros «bistro», y precisamente el gastronómico lo cierran los domingos. No parece muy cabal. Para satisfacer nuestro interés y compensar lo que a nuestro juicio es incomprensible (que cierren su mejor restaurante el único día que la mayor parte de la gente puede disfrutar de sus platos), gentilmente nos preparan un menú mixto, a caballo entre lo que nos habrían servido en el bistro y lo que habría salido de cocina para el gastronómico, y nos montan la mesa en una pequeña terraza a las puertas de la cocina. Es el jardín del cocinero, nos dice el maître. Estaremos rodeadas de pequeños toneles-macetero que albergan una gran variedad de hierbas aromáticas.

La descripción del menú la dejaremos para la próxima entrega de este Divertinajes viajero. La espera merece la pena, y hasta ahí puedo escribir.

Casi todas las fotos las hizo Eva Orúe; tal vez, yo hice una.

OTROS DESTINOS

(Entre paréntesis)

Tengo un amigo, Jose, que, según cuenta su esposa, se emocionó más cuando piso la Bodega Marqués de Riscal que cuando pronunció el Sí quiero. Y algo de cierto debe haber, porque pasaron la luna de miel en la Rioja Alavesa, y no creo que la idea fuera de ella. De esto hace ya unos cuantos años.




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