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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Ciudades I

--¿Sabes qué día será mañana? --empezó a decirle Alicia--. Lo sabrías si te hubieras asomado a la ventana conmigo...

Lewis Carroll

 

                                                                                                            


Ven, Alicia… ven. Siéntate conmigo… Tengo ganas de sentirte cerca y de saber que estás aquí, conmigo. Saber que existes sí o sí. Quiero poder abrir la ventana y enseñarte retazos de la ciudad fragmentada que recuerdo como Sofía… Mi memoria es muy buena, incluso, demasiado buena, cargante… Porque todo exceso tiende a convertirse en una carga, en un lastre… y cuando el pasado te ronda tan, tan de cerca que se confunde con el presente y te hace no reconocerte en el que eres ahora, entonces, se activa una pequeña señal de alarma en el mejor de los casos.

 

Así que, con la señal de alarma activada, abramos la ventana… Abrámosla pues. Alicia… ahora, tú tienes que hacer de mí. Debes imaginar que eres una niña pequeña sentada en una silla de madera color rojo (porque todos en casa tuvimos que pintar nuestra propia silla de la cocina, del color que quisiéramos), y estás apoyándote en una mesa rectangular, de madera color madera… y la mesa está al lado de una enorme ventana (o tal vez, a ti te parece enorme, porque eres, soy, muy pequeña en comparación con el tamaño de la ventana) y miras a través de esta ventana y ves la montaña. Una montaña verdosa, con los picos ligeramente nevados. Y la montaña, está tan cerca, que casi te piensas que la podrías tocar con tan sólo extender la mano y alargar los dedos al máximo. Es Vitosha, lo que se ve tras la ventana. La montaña de Sofía. De la Sofía que me invento y a la vez recuerdo. De la Sofía que imagino y que te pido Alicia, que imagines conmigo o imagines para mí.

Acércate un poco más hacia el cristal de esa enorme ventana de cocina… Acércate. El cristal está frío y es muy agradable apoyar la mejilla suavemente contra el, aunque mamá no te deja porque dice que podría ser peligroso. Podrías quedarte ensimismada o “ensoñadora” y sin darte cuenta, apoyarte con más peso de lo adecuado y romper el cristal… Romper el cristal. Eso dice mamá. Y clavarte trozos de cristal. Ten cuidado Alicia… pero sigue mirando.

 

 Sofía diluida, Sofía borracha de luz grisácea, que me vuelve loca de gusto, de fascinación. La última vez que estuve allí, todavía se veían cuervos en los cielos profundos y de algún modo húmedos. Bandadas de cuervos atravesando las nubes y haciendo destacar con el negro de su vuelo, el verde de los árboles, de la hierba, de los jardines… Luz gris y color verde… Me encanta. Es como si todos los contornos de los edificios, de los objetos, de las personas se hicieran más nítidos y cobraran mayor presencia… Como si todo fuese más real, más de verdad. Y uno camina con sus botas de lluvia entre la gente y se siente en contacto con todo. Uno tiene cinco años y camina pisando con fuerza la acera, el asfalto, la hierba… Y las botas de lluvia le hacen inmune y resistente. Y llevas, Alicia, una barra de pan caliente, recién horneado entre las manos e intentas que la barra de pan llegue entera a casa… y es que huele tan bien, que tienes que echarte a correr para soportar las ganas de comértela.

 

Recuerdo de Sofía también los rosales… Muchísimos y maravillosos rosales. Las rosas abriéndose, creciendo, perfumándolo todo con ese olor característico de Bulgaria. Rosas blancas, amarillas, rojas, rosas, cremosas, intensas, matizadas… Rosas que a primera hora de la mañana se llenaban de rocío que las resaltaba más aún, entre los edificios color granito de los barrios periféricos de una Sofía patriótica y comunista. La Sofía de mi primera infancia, la Sofía de los contrastes, que ahora se han transformado en otros contrastes, bañados sin embargo por la misma luz pálida y gris.

Ven Alicia, dame la mano… Sigue caminando… Ahora mira esta otra parte de la ciudad. La parte antigua, las calles que parece que siempre van ligeramente hacia arriba o ligeramente hacia abajo. Parece. Es una sensación mía. Así lo recuerdo. Tranvías amarillos, autobuses rojos y “trolebuses” (un medio de transporte, mitad autobús-mitad tranvía) azules. Edificios bellos, algunos hipnóticos, otros extraños… La Catedral Alexander Nevski, maravillosa, circular, espléndida… dorada, verde y azul-óxido. Muy, muy cerca la Mezquita y también la Sinagoga.

Como en una ciudad de cuento, todo está al alcance de la mano. Casi como si fuese una ciudad dentro de una casa de muñecas. Y toda la parte antigua del centro de la ciudad, destaca y queda delimitada por un suelo de baldosas amarillas y brillantes, como en El Mago de Oz. Y tú Alicia, caminas curiosa un paso tras otro pisando suavemente las baldosas pulidas que te llevan y te indican el camino a seguir, y te mezclas con la multitud heterogénea que imprime a Sofía un aire de ciudad que podría ser de cualquier parte del mundo… Oriente, Occidente, Norte, Sur… Miradas intensas, actitudes corporales abiertas, impulsivas, un modo de hablar apasionado y a veces casi agresivo sin ser violento… y también caminantes más silenciosos, serios, añorantes de algo que fue o de algo que podría ser…

Sofía se vuelve a desdibujar para mí, porque la carga emocional lo superpone todo y lo fracciona. Y de repente veo otra calle, al lado de un inmenso parque, y todo está cubierto de nieve, un metro de nieve que cruje y que resplandece aunque sea de noche. Estoy sentada en el asiento del copiloto de un coche, un Lada, creo… El que conduce el coche frena en seco por una indicación mía. Tengo catorce años y el frío es sólo una sensación más, una razón más para buscar maneras de percibirse, de delinear los propios contornos. Abrimos las puertas y bajamos del coche… El aire frío nos llena de oxígeno. Empiezo a caminar por la nieve… Me hundo, mis piernas se hunden a cada paso pero es maravilloso. Él me sigue de cerca. Yo sé que en un par de días volveré a dejar Sofía atrás… esta vez para siempre seguramente o por mucho, muchísimo tiempo y quiero recordar la condición de esa ciudad, la extraña mezcla de restricción y libertad… El arrojo de los sentimientos y de los sentidos exacerbados… la luz, los sonidos, las palabras dichas y oídas en búlgaro, las risas y las lágrimas que calientan la piel en medio de la nieve. Me tiro sobre la nieve y tiro de la mano del piloto del coche para que caiga también… La nieve vuelve a crujir… nos reímos, abrimos los brazos y los movemos… no como ángeles, sino como cuervos, como los cuervos que habitan seguramente todavía y para siempre los cielos de Sofía. La que fue mía, y ya no lo será.

 

 

 Pequeños deberes-

Invéntate una ciudad, donde poder deambular sin que nadie te siga demasiado de cerca.

  A.AliciaNlarealidad@gmail.com

  Fotos: Eva D.  




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