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Donuts y lejía, soy un egoísta

Perspectiva integral

por Miguel Griot

Esto me lo contaron como contrapunto a la anécdota de la que más presumo. Parece ser que en los súper de la cadena Lidl, los empleados echan lejía a todos los productos perecederos antes de tirarlos a la basura. Es norma de la casa. Se remoja en hipoclorito sódico el pan duro, la fruta pocha y la verdura mohosa (ñam-ñam). El objetivo, según reveló mi informante, es evitar colas de indigentes al cierre de sus establecimientos. Nadie osa profanar de este modo sus contenedores, y su contenido permanece incorrupto hasta su destino final: el vertedero.

Superdescuentos=infrasueldos=infraderechos


No tengo manera de comprobar si la historia es cierta, pero creo que es muy verosímil. Hace unos meses se desveló que la empresa de superdescuentos sigue la estela de añejas instituciones teutónicas como la Stasi o los comisarios políticos prusianos. Un reportaje del diario Stern demostró que las decenas de cámaras situadas en sus establecimientos, no trataban de evitar robos. Eran más bien usadas para espiar a sus empleados. El artículo revela informes internos de la empresa en los que además de enumerar los escaqueos del personal,  se juzga su aspecto o apariencia. “Es extrovertida y de carácter ingenuo”, describiendo a una cajera.  “Sale a las 15:00 en punto a pesar de que la tienda está llena de clientes”: intolerable, por supuesto.

¿Quién quiere un donuts?


Y ahora toca mi anécdota, la que dio pie a la anterior. Por aquel entonces vivía en Londres. Trabaja en un Dunkin’ Donuts (ya sabes, roscos americanos). En este caso teníamos instrucciones de tirar a la basura todos los donuts que no hubiéramos vendido en el día, pero sin necesidad de degradarlos añadiendo ningún producto químico a sus ingredientes. Vaya desperdicio, habrás pensado. Estamos de acuerdo. Se me ocurrió el mismo día que empecé. Lo puse en práctica al quinto. A partir de entonces, todas las noches volvía a casa paseándome por la capital inglesa con una gigantesca bolsa de basura. Estaba llena de cajas de donuts de seis (ya puestos los ordenaba y presentaba bien, para que no se pegaran). En el metro la gente me miraba como si padeciera el síndrome de Diógenes. A cambio, cada vez que me encontraba un homeless dejaba a sus pies una de las cajas. Otra buena anécdota fue lo que hizo un vagabundo calvo, sin dientes y sin cremallera con uno de los donuts que le di. Imagínatelo que así tiene más gracia.


La bolsa disminuía su peso y contenido a medida que me acercaba a la residencia en la que me alojaba. Se trataba de un cochambroso edificio victoriano con baño y cocina compartida entre los jóvenes europeos que alquilábamos sus habitaciones. La cocina solía ser el punto de encuentro para los trasnochadores y los que llegamos tarde de trabajar. También entre mis vecinos dejaba gran parte de mi cargamento. Pronto se hizo costumbre que con calor celebraran mi llegada y la de los donuts gratis. Me trataban como el rey de la residencia invitándome a cerveza o...otras sustancias que los mantenían animados y desinhibidos. Pese al ambiente de cachondeo y exceso, tenía cuidado de reservar la última caja. Antes de irme a la cama pasaba enfrente de la habitación de Nathalie. Vivían dos francesas más, pero sólo recuerdo su nombre. Suavemente depositaba la caja de los seis Boston Cream (sus donuts favoritos) junto a su puerta. Y ya podía irme satisfecho a la cama, mañana contaría con otra oportunidad para ser un tipo enrollado y fantástico.

Moraleja


Y ahora toca la invisible pero trascendente relación entre ambos sucesos. Para encontrarla hay que volver a rebuscar entre la basura. Tanto el consejo de administración de Lidl como yo somos unos egoístas. Sólo pensamos en nuestro interés. Yo, entonces, regalaba lo que no era mío a cambio de aprecio y reconocimiento. Ellos son unos tacaños cochambrosos (avaros con sus desperdicios). Pero hay algo que nos diferencia. De estar en mi lugar Frank Bsirske, Presidente del LIDL, Nathalie jamás le habría preparado un desayuno sorpresa con crepes de plátano y nutella. De estar yo en su lugar…bueno…

Señores propietarios de las cadenas de superdescuento e hipermercados, por el amor de dios, suban el sueldo a sus empleados. 




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