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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Encuentro con una «dame» desconocida

Como lector, aunque muchas veces no me sea posible, me ha resultado siempre excitante descubrir un libro de autor desconocido —casi siempre recomendado por algún amigo— y comprobar, según avanzo en su lectura, lo acertado de la recomendación por la  calidad de lo escrito. Normalmente, hasta que no llego al final, procuro guardar mi virginidad en todo lo concerniente a la persona que lo escribió, ya que prefiero no mediatizar mi juicio conociendo de antemano el currículo de su creador o detalles de su vida; tampoco suelo leer las escuetas sinopsis o alabanzas publicitarias que aparecen en sus solapas o contraportadas. Esto me hace sentirme como un antiguo explorador que encuentra un tesoro inesperado en el centro de una selva virgen llena de engañosas y letales trampas.


Así exactamente me ha hecho sentir la lectura de la novela El regreso del soldado, de la para mí desconocida —uno es más ignorante de lo que le gustaría a veces aceptar— periodista inglesa Rebecca West, que recrea un universo femenino con la misma sutileza y maravillosa precisión en el detalle tanto ambiental como psicológico de su admirado maestro —esto lo supe después, claro— Henry James, al que dedicó un extraordinario ensayo, lo primero que publicó la autora, en 1916. La novela data de dos años más tarde y estoy convencido que al señor James no le hubiera importado firmarla. Es el mejor elogio que puede hacérsele, pero no el único.

Esta es la hermosa y sentida ficción de dos mujeres de clase alta inglesa que esperan a un soldado cuyas heridas en el frente francés durante la Primera Guerra Mundial le han dejado amnésico de sus  últimos años vividos. Una es la esposa, Kitty; la otra una prima, Jenny, que es la narradora y que va a llevarnos de la mano como espectadora objetiva de todo lo que va a acontecer en la vida del joven matrimonio cuando una tercera mujer, Margaret, de clase evidentemente más baja, llega a la casa para traerles noticias de Chris.

De la mano de Jenny iremos descubriendo los sucesivos pliegues que ocultaban la realidad de la vida de estas cuatro personas en un alarde narrativo de primera calidad y que desemboca en un final perfecto en su desarrollo y totalmente inolvidable.

Un descubrimiento tardío y apasionante para mí y espero que para cualquiera de los os decidáis a leerla.


Tenía, eso sí, según avanzaba en la lectura, un sentimiento de déja vu con la historia, que más tarde, al repasar la figura de su autora, supe de dónde provenía: de la película del mismo título que al inicio de los años ochenta realizó Alan Bridges, con Alan Bates, Julie Christie, Glenda Jackson y Ann Margret de protagonistas. No debió gustarme demasiado entonces cuando a pesar de ese elenco de lujo apenas me quedaba más que un vago recuerdo de ella.

Mi interés por la figura de Rebecca West, como ya he dicho, me ha llevado a buscar su biografía y resto de su obra, que me han descubierto a una de las intelectuales de mayor calado de Inglaterra en el pasado siglo, admirada por otras mujeres del calibre de Virginia Wolf e Iris Murdoch, y que tuvo una larga carrera creativa (fue periodista, ensayista, cronista de viajes, novelista, reconocida sufragista) que se extendió desde el año 1916 hasta el 1966 en que publicó su última novela, The birds fall down, sobre la Revolución rusa. 

Según la crítica, su mejor novela es The fountain overflow, escrita en 1956 y que ya he pedido a Amazon porque desconozco si hay versión española, esperando me haga disfrutar tanto como la que os he comentado y poco a poco me iré poniendo al día para paliar mi ignorancia sobre esta sobresaliente mujer.


Amante de H.G. Wells, que la llamaba cariñosamente Pantera debido a su carácter y con quien tuvo un hijo, Anthony West, en 1914, disfrutó de una vida sentimental bastante agitada durante la que pasaron por sus brazos (y no fueron los únicos) Charles Chaplin y el magnate periodístico Max Beaverbrook. Finalmente se casó con un banquero con el que  permaneció hasta la muerte de éste, en 1966.

Amiga íntima de George Bernard Shaw, T.S. Elliot, Violet Hunt y Ford Madox Ford, entre otros intelectuales  ingleses de su época, a su muerte, acaecida en 1983, era considerada como la más famosa entre las mujeres de las letras inglesas. Tiempo antes, en 1959, el gobierno de su Graciosa Majestad le había concedido el título de Dame del Imperio Británico.

¡A sus pies, señora! Reciba el homenaje de un admirador tardío pero  para siempre fiel a su genio.


El regreso del soldado
Rebecca West 
Herce




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