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¡Ese libro era mío!

Editores enREDados

La elegancia y la edición

por Viviana Paletta, editora de Veintisiete Letras

Cuando comenzamos a perfilar Veintisiete Letras entre mis sueños estaba el de recuperar ciertas figuras argentinas (Di Benedetto, Conti, Fowgill, etc.) como esos tributos que se rinden a la literatura del propio país, ciertos nombres que descubrimos con arrobo, que leímos con fruición y que, dado los oficios de editor, queremos hacer llegar a todos los buenos lectores.


A grandes y pequeños (sólo en tamaño empresarial) editores ya se les ha ocurrido ir por esa cantera, sin tener en cuenta la «propiedad» que significa ser compatriota de esos autores, ¡que el hallazgo tiene que ser primero nuestro! Pero ya es el colmo que Enrique Redel guardara en su Impedimenta Sobre la elegancia mientras se duerme, dado que el Vizconde de Lascano Tegui era el secreto mejor guardado al sur del Cono Sur.

Este «noble» por propia iniciativa tuvo una vida rica, viajada, variopinta, y una identidad «fluvial», como el pueblo entrerriano que lo vio nacer: de antepasados vascos, primero fue Lascanotegui, luego se inclinó por un doble apellido, Lascano Tegui, y ya de propina, se hizo con el título de «vizconde», pasando por una puntual firma en uno de sus libros como «Rubén Darío, hijo» para abrirse las puertas de la fama, o al menos de la atención de la crítica.

Nacido en 1886 en Concepción del Uruguay, Lascano Tegui pronto se trasladó a Buenos Aires, y sus ánimos cosmopolitas lo llevarían posteriormente como destino casi natural a París en 1913, tras años viajando por África y Europa, donde vivió entre bohemios y artistas. Esto se quedaría en mera anécdota acerca de un dandy de urbe portuaria si no lo avalara una prosa lacerante, perfilada con mano firme, su claro juego con los géneros donde se pierden sus límites, y una escritura que aborda lo más oscuro de las pasiones y los temores humanos: la sexualidad mórbida y adictiva, el fetichismo, las aberraciones, el crimen. Es decir, viva muestra de malditismo, deudor de Villon, de Baudelaire y Lautrémont, y antecedente de Genet e incluso del Fernando Vallejo de hoy mismo.

Esto es lo que nos encontramos en De la elegancia mientras se duerme: una novela a modo de diario sin una clara cronología que, a través de múltiples fragmentos que se van hilando tenuemente, casi como un cuaderno de un narrador en vías de convertirse en asesino, se regodea en tortuosas escenas. Un crimen, el eje de la historia, se manifiesta como un homicidio banal, que se adelanta a esa larga ristra de crímenes por tedio y monotonía que pueblan la literatura del siglo XX, al tiempo que se emparenta el gesto criminal con el acto de escribir: «¿Y no llegará a ser el libro como un derivativo de esa idea del crimen que desearía cometer? ¿No podría ser cada página un trozo de vidrio diminuto en la sopa cotidiana de mis semejantes?».

Orador en verso en su juventud por el Partido Radical porteño, Lascano Tegui inicia en 1908 sus viajes por el mundo. A partir de 1913 reside en Montparnasse: trabaja de corresponsal para publicaciones argentinas; también fue decorador, chamarilero, exportador y hasta mecánico dental. Además pintaba y llegó a exponer con Modigliani y Utrillo. Posteriormente ingresó en la carrera diplomática. En 1923 publica De la elegancia mientras se duerme, su obra más lograda, en la editorial Excelsior de París, edición que incluye grabados de Raúl Monsegur. Al año siguiente se le abren las puertas de la emblemática revista Martín Fierro, donde comparte páginas con Girondo, Nalé Roxlo, Borges, Macedonio, Tuñón o Marechal, y donde lucen como perlas sus «epitafios» a narradores entonces vivos para acabar, al igual que los que pergeñaban los compañeros de redacción, con el «hipopotámico» anquilosamiento de la literatura argentina.

Hasta 1936 no volverá a publicar más que artículos de prensa. Ese año aparecen El libro celeste, donde abunda en la experimentación y la fragmentariedad, pero en este caso con mayor color local, y Álbum de familia, una compilación de retratos ficticios. Además se traslada como cónsul a Caracas, donde escribe para distintos periódicos, como El Universal y El Heraldo, y crece su prestigio como animador cultural.

En 1940 se traslada al consulado de Los Ángeles, en el que trabajará hasta su jubilación, en 1944. Al regresar en barco a Buenos Aires, su camarote se incendió y allí ardieron varios textos inéditos.

Los últimos años lo encontraron pletórico de actividad, especialmente dedicado a la plástica. Murió el 13 de abril de 1966. En el testamento declara que en una habitación clausurada en un apartamento de la calle Paraná al 700 se conservan varios originales (Mujeres detrás de un novio, Vía Láctea de polillas, Cuando La Plata era señorita…) que, por supuesto, jamás se encontraron.

En ese ánimo de recuperar lo «marginal» que distingue a la literatura actual –como bien señala Juan Sebastián Cárdenas en la introducción a este libro–, Redel pone al alcance del lector una de las figuras más provocativas de la literatura latinoamericana, con una obra extraña, el dietario de un potencial asesino, que nos lleva y nos trae a través de fragmentos que, como poemas, brillan con luz propia. El diario no reconstruye, a modo del policial, la maquinaria del crimen, sino que más bien la enmascara, la solapa, es un subterfugio narrativo. Y cito a Cárdenas: [el libro es] «el registro de la irreversibilidad, la incapacidad última de recomponer las circunstancias que han dado lugar al acontecimiento central. Toda teleología queda cancelada. No hay redención ni castigo posible, solo entropía, la pesadilla del tiempo incontable en fórmulas narrativas. […] hacerse a un lado para permitir que las fuerzas internas de la escritura, como haces de luz a través de una sucesión de cerraduras, encuentren sus puntos de fuga en la concentración máxima del fragmento».

Saludo esta estupenda edición del Vizconde de Lascano Tegui, pero Enrique Redel queda apercibido en caso de querer descubrir a alguna otra figura genial «del lado de allá». Esto se avisa, che.

Algunas propuestas de Veintisiete Letras


La palabra quebrada.Ensayo sobre el ensayo
Martín Cerda
Prólogo de Andrés Fisher

El nombre de Martín Cerda es sinónimo de ensayo literario, género que cultivó y sobre el que reflexionó con agudeza toda su vida. Intelectual imprescindible de la segunda mitad del siglo XX, dejó escritos más de cuatro mil artículos –que él denominaba «papelería dispersa»– y sólo dos libros: un incendio devoró su biblioteca con notas y manuscritos de laboriosos proyectos. Su muerte, sobrevenida casi inmediatamente, le impidió recomponer lo perdido.
 
Un lugar fundamental de su obra lo ocupa La palabra quebrada, verdadera poética del ensayo y recorrido personalísimo por la historia del género. Pero no de cualquier ensayo, sino, como afirma Martín Hopenhayn, del que «ejerce una radical libertad de pensamiento y alumbra su objeto con una mirada oblicua que va más allá del sentido común y lo desafía». El autor ahonda en los maestros de la «rareza» del pensar, como decía Kostas Axelos; sus páginas iluminan los particulares retos que significan Montaigne, Baudelaire, Ortega, Nietzsche, Lukács, Heidegger, Adorno, Benjamin, Kafka, Goldmann, Jünger, Barthes o Blanchot para la cultura occidental.
 
Para Cerda, apasionado por las ideas que dieron forma al siglo XX con sus logros y catástrofes, la cualidad esencial del ensayo es su capacidad de interrogación. 

Con este libro, obtuvo el premio de la Academia Chilena de la Lengua, el Municipal de Santiago, en 1982, y el de los Juegos Literarios Gabriela Mistral, en 1983.


¿Va a arder París...? Crónicas cosmopolitas, 1892-1912
Rubén Darío
Editor Günther Schmigalle

¿Va a arder París, nuestro París, por una bacanal?, se preguntaba Rubén Darío, en 1893, en su primer viaje a la Ciudad Luz, cuando asiste atónito a la represión de los estudiantes en el Barrio Latino. París, capital del siglo XIX y meca de poetas, que le deslumbra a su llegada y termina decepcionándolo, será presencia ineludible en sus artículos periodísticos.

Esta edición de Günther Schmigalle, ha buscado un equilibrio entre las crónicas que Darío reunió en vida, las que reunieron compiladores posteriores y otras desconocidas estudiadas por Schmigalle. En estos textos Darío repasa asuntos de hondo calado, como el desastre del 98, el acoso imperialista de Estados Unidos sobre América, o el atraso endémico de España; recoge sus luminosos periplos por Tánger o la Europa del Norte; declara su pasión por Verlaine, Gorki y sus «raros» de cualquier estirpe, así como aborda desprejuiciadamente la crónica rosa, la bohemia pasajera y los escándalos del dinero y del poder, que lo fascinan, incluido el shakesperiano asesinato de los reyes de Serbia en 1903.

«Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos: lo podemos llamar el Libertador.» Jorge Luis Borges 


Gigi
Colette
Traducción de José María Solé Mariño

Cerca del final de su vida, manteniendo su estilo fresco e irreverente, Colette ofrece una excepcional visión del París «fin de siècle», una ciudad obnubilada por los adelantos técnicos: el teléfono, el automóvil, donde celebridades como Cléo de Mérode o Carolina Otero eran habituales en los restaurantes de moda -el Durand o el Pré-Catelan- y en los figurines chic, y cuya vida de escándalos era recogida por el Gil Blas, entre otra prensa del corazón.

Sin eufemismos, Colette retrata la condición femenina que se mueve entre la estrechez económica y la ligereza moral. Para  componer el delicioso personaje de Gigi, recurre a elementos de su propia biografía; también la autora, casada muy joven, sabrá que el descubrimiento de su destino como mujer supone «el fin de mi carácter de muchacha, intransigente, bonito, absurdo», como confesó en Lo puro y lo impuro.

Publicada originariamente en 1945, la nueva traducción de José María Solé salvaguarda la frescura del texto original y rescata las menciones que fueron “pudorosamente” omitidas en versiones anteriores. 


Malena de cinco mundos
Ana Teresa Torres

En un delicioso relato, Ana Teresa Torres parodia la frivolidad de la clase media y alta contemporáneas; al tiempo que repasa cinco momentos clave de la civilización occidental, haciendo gala de una erudición sorprendente. Su novela construye una reflexión sobre la mujer en la Historia bajo una mirada irónica, tan tierna como aguda.

«Ofrece, junto a un riguroso planteamiento feminista, la riqueza del texto inflamado de humor y alegría, el desparpajo de la palabra y la concisión exquisita del dato histórico. Novela crítica, rebelde y ecuménica, consolida la voz de Ana Teresa Torres en la proyección de una obra que ha ido penetrando en nuestras vidas con persistencia y talento.» Mary Ferrero, El Universal.

«Pese a su trama tan dolidamente femenina es novela ágil, ingeniosa. Rica en personajes e historia en perpetuo movimiento. Acciones paralelas de mundos, aparentemente, distintos en el tiempo. Y que en su diversidad, sin embargo, ayudan a completar (o a fantasear) con las piezas, acaso desconocidas para nosotros, de una mujer en estos días.» Elisa Lerner.

«Constituye una revisión de la vida de la mujer urbana en diversos momentos históricos, y de los obstáculos que tiene que enfrentar en su vida individual, incluso cuando forma parte de sectores sociales poderosos o disfruta de determinados privilegios.» Gisela Kozak, Revista Estudios.

«Malena de cinco mundos plantea como problemas la deformación de las mujeres por los discursos sobre ellas escritos por los hombres y el silenciamiento de los discursos por ellas elaborados. Es un repensar la historia de las mujeres desde los extremos de la ficción y del humor, representados en los Señores del Destino y en los choques y contrastes de los distintos recursos, desde los más formales hasta los más irreverentes.» Luz Marina Rivas, La novela intrahistórica, Mérida, Ediciones El otro, el mismo.

«En esta novela su autora trata de atrapar a través de la escritura narrativa la voz de la mujer, una voz que surja de sí misma, de todas ellas, que no venga desde afuera; desea que las mujeres no sean dirigidas desde lejos, por seres distintos a ellas, que no haya quien trace sus senderos vitales, su destino, la búsqueda de la felicidad; de allí el reclamo que hace Malena por tener una vida libremente elegida ya que percibe que hasta ese momento la vida que ha tenido como mujer, la vida que han tenido las mujeres, es una vida que se presenta como “una novela mal escrita”.» Roberto Lovera, El Globo.

MAS INFORMACIÓN SOBRE VEINTISIETE LETRAS EN http://www.veintisieteletras.com/




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