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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

En la fiesta me colé


No es que doña Esperanza, mi neocona favorita, me tenga entre la lista de sus íntimos y me invitara a la gran fiesta de inauguración de los Teatros del Canal, ¡qué más quisiera yo!, si no que, entre sus invitados ilustres, yo tenía un íntimo que me llevó como acompañante tapado dado que conoce mi pasión desaforada por la dama de Acerinox, y  el evento era la excusa perfecta para admirarla en vivo y en directo.

La apostura de la señora, me apresuro a decirlo, no me defraudó en absoluto, más bien todo lo contrario —en los últimos tiempos  ha aprendido estupendamente a sonreír aunque le esté pisando los callos un proboscidio—, y el guateque que organizó en plan derroche total lo disfruté sin sonrojo pese a la crisis esa que nos achucha en cada esquina. No hay como sentirse de la élite para que estas cosas te resbalen y te hartes de copas y emparedados.


La cifra final del coste de estos teatros es una cifra tan escandalosamente mareante que prefiero no hacer demagogia fácil acordándome, por ejemplo, de que nuestra comunidad es la que menos bibliotecas por habitante tiene, o camas hospitalarias, o  etc., etc. Pero esto, claro, es culpa del gobierno central que no nos da más dinero para despilfarrar y luego privatizar que es lo que nos gusta.

Por allí andaba también Gallardofis I dando la mano hueca a diestra y siniestra con  su sonrisa congelada de ninot a punto de perecer en la cremá. Era lógico, al fin y al cabo él fue el promotor del proyecto en sus tiempos de presi regional. Luego, cuando mi admirada neocona se hizo cargo de la nave, con arteras mañas todo hay que decirlo, por poco manda al garete el proyecto y a su arquitecto Juan Navarro Baldeweg, al que por cierto se le ninguneó bastante en el sarao donde, por el contrario, brilló con luz cenital de foco vedetil el otrora deslenguado y perseguido bufón, don Alberto Boadella, nombrado director del complejo teatral por la olvidadiza o, ignorante, presidenta. Y digo esto porque conocida la trayectoria del creador de Els Joglars, sus filias y sus fobias, es raro verlo en ese puesto, con el plus añadido además de ser catalán, ese estigma territorial de las huestes peperas. Cóctel explosivo, a fe mía, el que  se prepara, aunque aún habrá que esperar un año o más para descubrir cuáles son las intenciones, en cuanto a programación, del  recién nombrado director.

Sin embargo, voy a otorgarle un voto de confianza pensando que no fue él quien eligió el tormento al que fuimos sometidos durante casi una hora soportando una memez musical con ínfulas de obra maestra del ínclito ex-Mecano Nacho Cano, en el que sólo eché en falta a Ana Torroja con un tutú diseño de Agata Ruiz de la Prada dando saltitos por el proscenio. De vergüenza ajena, la verdad. Aunque en el sarao posterior, como ya he dicho, me desquité y me puse hasta las mismísimas cachas de todo lo habido y por haber. Los advenedizos somos así, gente sin clase y criticona con los anfitriones.


Se nos ha ido don Pablo Newman y yo, al igual que todas las esposas del Señor, en cada Semana Santa, me he sentido Viuda de Viernes Santo —así en mayúsculas.

Con la consiguiente postración, saqué mis velos, encendí los tenebrarios de quince brazos, y en el religioso silencio de mi casa, preparé un maratón de sus mejores películas que he alargado durante varios días en forma de homenaje para él y en mi propio consuelo y disfrute. Esto me ha permitido darme cuenta de una cosa: que a pesar de los años, su rostro, y sobre todo su mirada, no perdió un ápice de ese magnetismo que lograba hipnotizarnos hiciera lo que hiciera. Eso es algo que sólo consiguen muy pocos actores y nunca con las mismas armas; en el caso de Newman, ésta no era otra que su absoluta autenticidad al interpretar cualquier papel.

Afortunadamente para sus admiradores siempre nos queda el milagro de poder revivirlo cada vez que deseemos con sólo darle al On de nuestro mando a distancia.




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