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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Chicos no tan estúpidos


Si bien la legislación francesa no está tan avanzada como la nuestra en cuestiones de derechos y libertades civiles, los estrenos cinematográficos recientes en lengua francófona revelan una envidiable juventud por la soltura con la que abordan las cuestiones referentes a la identidad sexual, la masculinidad y la redefinición de los roles de género. Al tiempo que Valeria Bruni Tedeshi nos recuerda que no todas las mujeres francesas «pasan por el aro», y que Catherine Deneuve se sigue apuntando a las producciones arriesgadas, los varones —delante y detrás de las cámaras— demuestran que no les van a la zaga. Películas como Garçon Stupide, del suizo Lionel Baier, o In extremis, del francés Étienne Faure, muestran que Ozon, Téchiné y Akerman tienen discípulos más que aventajados.


Transmitiendo una mezcla de realismo y poesía, dolor e inmediatez, ternura y dureza, las últimas películas de Baier y Faure renuncian a cualquier concesión a las coordenadas habituales de cine clásico para realizar filmes que beben de los ecos de un Godard teñido de enfermizo lirismo y poesía nihilista. No hay intención política de fondo pero sí reivindicación de otras formas de concebir el amor, el sexo y la corporalidad;  también una demostración de que se puede hacer un cine autobiográfico y con pocos medios, con personajes que parecen tópicos o «enrarecidos» pero siempre deparan gratas sorpresas. Dulce y amargo es el «chico de la fábrica de chocolate», el muchacho enigmático de Garçon stupide, al igual que entre la ternura y la violencia autodestructiva oscila la personalidad cambiante del protagonista de In extremis, opera prima de Faure. Un filme construido sobre un personaje que no narra una historia sino que actúa e interactúa con los hombres, las mujeres y los niños que lo rodean. Imágenes de un hombre de identidad sexual cambiante que puede ser amante esposo, bisexual promiscuo, padre entregado o adolescente iracundo en secuencias consecutivas.


Garçon stupide ha pasado relativamente desapercibida en las carteleras españolas, pero es ya un filme de culto para la cinefilia gay de todo el mundo al igual que su segundo trabajo, Comme des voleurs, que no he tenido ocasión de ver. Baier escribe su película sobre el rostro-página en blanco de un chico de mirada inquisitiva y comportamiento impredecible que, desde su aparente puerilidad, descifra de un modo perturbador el comportamiento aparentemente normal de las gentes que lo rodean, como esa chica con la que convive de forma inestable. Mezclando formatos, músicas y modos de narrar, Baier nos cuenta la historia de Ludovic, un adolescente que vive con la misma naturalidad su trabajo diario en una fábrica de dulces que la prostitución nocturna con hombres de todas las edades y procedencias.

Ni Baier ni Faure definen con claridad la sexualidad de sus personajes aunque ambos, como el Ozon de Une robe d´été, nos dicen que el cuerpo masculino está lleno de agujeros sin explorar y posibilidades neutralizadas o devaluadas por el falocentrismo y las imposiciones del rol masculino al uso. En ambos filmes la gran ciudad se muestra como un lugar enigmático donde los habitáculos de la cotidianidad pueden volverse lugares opresivos y las calles más turbias plácidos hogares para unos personajes que no pertenecen a la historia sino que la viven, entre el cinismo aparente y la más desarmante perplejidad.




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