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Pantumaca

Sara Orúe

¡Taxi!


Ayer paré un taxi por la calle. 

—Hoy nos toca historieta, ya veo.

Cuando lo vi venir me pareció un taxi como cualquier otro, pero me confundí. Me di cuenta en cuanto él bajó bandera.

—¿Qué tenía de diferente? ¿Era marciano?
—No, Julieta, era marrano.
—¿Estaba sucio?

De solemnidad, estaba sucio de solemnidad. No era muy viejo, pero olía a mugre asquerosa, a tabaco, a pies, a sudor… El tipo iba mal afeitado, llevaba las uñas negras, el pelo encrespado, la camisa con lamparones…

—Joer, sí que estaba sucia la cosa.
—La cosa no sé, pero taxi y taxista para campeonato de K7
—De F1.
—NO, no de K7 el comegrasas.
—Con decirte que pensé que conducía un troll… pero al no ver  mocos colgando dudé y cuando me fijé en el Ducados en la oreja acepté la realidad, pese a su apariencia, el taxista era humano.
Jesús, qué asco.


Qué asco y qué rabia. Me puse a mirar por la ventana y me corroía la envidia al cruzarme con otras personas tan contentas en sus taxis limpios y bien olientes. Imagina la cara de perrito abandonado que debía yo tener cuando, parados en un semáforo rojo, me quedé mirando al pasajero del reluciente taxi de al lado, que se giró, bajó la ventanilla y me dijo: «No se preocupe, un mal taxi lo tiene cualquiera. Váyase a casa y descanse, mañana será otro taxi». Sabias palabras.

—No sabía de esta solidaridad de usuarios del taxi.
—Ni yo. Lo cierto es que, en otras ocasiones, no somos nada solidarios. En los chaflanes del Eixample, por ejemplo, que estamos todos parados, al acecho, a ver por donde viene un taxi para saltar a por él.

Lo que me da rabia de este asunto es que pagues lo mismo, la tarifa legal que te corresponde, por un taxi cochambroso que por uno bueno.

Que los hay perfectos, limpios, bien acondicionados, con un taxista amable, que conduce suave y te lleva a tu destino sin percance alguno, sí, pero también los hay que no quieren poner el aire acondicionado en verano o la calefacción en invierno y van con la ventanilla bajada, que te asas o te pelas, depende de la estación.

Y otros que fuman sin parar mientras vas tú dentro.

O lo que escuchan la emisora que no te gusta a todo volumen y se cabrean si les pides que la bajen.

Y los hay  que van acelerando y frenando constantemente, que te mareas como una sopa.

¿Qué me dicen de los que conducen como suicidas y tocan el claxon, insultan y dicen tacos continuamente?


Hay algunos machistas a morir que, conmigo dentro, exclaman de otra conductora el «Mujer tenía que ser» o, cuando ven una jovencita en minifalda «Si van  pidiendo guerra, luego llorarán si las pasa algo».

Y los que no saben dónde está la calle pero no lo dicen y consultan la guía y te dan vueltas y, cuando les pides que apaguen el taxímetro hasta que encuentren el camino te dicen «Bonita, si no tienes dinero, no cojas un taxi».

La pregunta es: Si no pagas lo mismo por un café en un bar de esquina cutre salchichera que por un café en la cafetería del Ritz, si un pantalón de mercadillo es más barato que uno de Carolina Herrera, si unos huevos fritos en Casa Paca son más baratos que unos huevos fritos en Casa Lucio, ¿por qué todos los taxis tienen las mismas tarifas independientemente del servicio que dan? Rabia me da, oyes.




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