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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

De niña a mujer

«No se nace mujer se llega a serlo», escribió Simone de Beauvoir a finales de la década de los cuarenta del siglo pasado. Y a finales de la primera década del siglo XXI la feminidad sigue siendo «un problema sin solución» para la cultura en general, y para el cine en particular.

Quiero volver sobre dos películas que han reflexionado de forma bien diferente sobre la psicología femenina y la posición de la niña-adolescente-mujer en nuestros días. Una, The Dead Girl, el estremecedor thriller episódico de Karen Moncrieff; otra, La niña santa, la segunda y perturbadora película de la joven realizadora argentina Lucrecia Martel, que se dio a conocer al público internacional con el éxito crítico de La ciénaga.


Recién estrenada en las carteleras españolas, The Dead Girl viene respaldada por una serie de premios y elogios varios  al trabajo de las actrices que intervienen si bien ha pasado algo desapercibida por aquí y parece destinada a convertirse en un filme de culto ya que, aunque se ha presentado como un relato  de terror psicológico, es, sobre todo, una acerada reflexión sobre la violencia simbólica que se sigue ejerciendo sobre el cuerpo y la mente de diferentes mujeres en la Norteamérica profunda.

El desencadenante de The Dead Girl es el descubrimiento del cadáver de una joven prostituta en un descampado. A partir de ahí iremos conociendo a una serie de mujeres de diferentes edades y temperamentos cuyas vidas se han visto trastocadas por este suceso: Arden, la chica que descubre el cuerpo (interpretada por Toni Colette), la hermana, la madre (Marcia Gay Harden), la amiga, la esposa del asesino y la chica misma (un verdadero tour de force interpretativo de Brittany Murphy) así como los hombres que las rodean.

La construcción del filme, con cinco historias hilvanadas, es compleja, pero su mensaje coherente y contundente. Las mujeres que aparecen en el filme son una suerte de «muertas vivientes», mutiladas en distintos aspectos de su personalidad, no sólo por el terrible suceso sino también por sus propias condiciones de vida y su situación en un mundo patriarcal, hipócrita y asfixiante. Rodada con virtuosismo, en tonos apagados y a través de primeros planos quirúrgicos, The Dead Girl es la disección estremecedora de un mundo femenino lleno de heridas que sangran o se coagulan. Algunas mujeres del relato despiertan a otra suerte de vida, mientras otras piden ayuda desesperadamente y casi todas dejan algún cabo suelto que debe ser recogido por el espectador. Todos los personajes buscan respuestas pero sólo encuentran preguntas.


Algo así ocurre con las niñas del internado y el hotel donde se desarrolla, de forma mucho más parsimoniosa pero no menos implacable, la acción de La niña santa, un lugar donde se celebra un congreso médico. La presencia de esos hombres aparentemente sabios perturbará el universo femenino de las jóvenes con las que deben convivir temporalmente. Hombres mayores que intentan reprimir sus instintos, niñas sujetas a la religión católica que se les ha inculcado y practican, pero en la que ya no quieren ni pueden creer. Todos fingen, todos preparan falsos rituales de iniciación. De ambos filmes se podría extraer un mensaje reaccionario sobre la «inocencia corrompida», pero la mirada feminista y el talante narrativo de ambas realizadoras se lo ponen difícil al perro puritano porque reivindican la subjetividad femenina, tantas veces negada en el cine, y el modo en que esas subjetividades entran en conflicto con el discurso religioso y moral y con un amplio legado cultural.

No es casual que el cadáver de The Dead Girl sea una prostituta, ni que sean precisamente médicos los hombres que se acercan a las jóvenes y enigmáticas amigas del opresivo filme de Martel. En ambas películas encontramos momentos perturbadores —marcados por la sexualidad y la violencia soterrada— como el primer encuentro amoroso entre la desgarbada Arden y el rudo Ashley en un coche o la irresistible atracción que siente uno de los doctores de La niña santa por Amalia, esa joven de mirada inquisitiva que acaba nadando en la piscina con su mejor amiga y compañera de juegos.

La cultura occidental suele aniñar a las mujeres y estas directoras desmontan el discurso de la santidad y la impureza y la tradicional dicotomía virgen/puta, niña/mujer, esposa/amante, madre/hija, cuerda/loca, mujer biológica y mujer construida. El lesbianismo reprimido que se respiraba entre las mujeres de La ciénaga salta al primer término en las relaciones íntimas entre las colegialas de La niña santa y está presente entre las dos prostitutas del último episodio de La chica muerta, los dos únicos personajes del filme que no desconfían uno de  otro, las dos mujeres más vivas de un relato sobre la soledad y la muerte.

Las directoras ponen voz a las boquitas amordazadas, a la prostituta aniñada y a la niña santa que creció en un mundo de vírgenes pero donde los dioses finalmente caen revelando la debilidad en que se sustenta ese mundo que las oprime.




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