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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

De abdominales y butacas entre otras cosas


¿Jugamos a las 7 diferencias?

Esta semana he leído en la prensa que el preparador físico del señor Aznar dice que éste se encuentra en plena forma física y que es capaz de realizar hasta dos mil abdominales diarios. Calculando, calculando he llegado a la conclusión que nuestro “ex” debe pasarse un par de horitas o más dale que te pego para lograr un torso tableteado digno de las páginas centrales de una revista gay. Y me pregunto, ¿para qué? ¿Por aquello de mens sana in corpore sano, tal vez? ¿Para gustar más a su señora, quizás? ¿Para que le sienten bien los trajes, es un suponer? Me debato en un mar de dudas razonables. Espero que doña Ana, tan conspicua, no decida  mutar en una émula de Pamela Andersson —aunque tendría su morbo— para estar a la altura de su cónyuge.

Bromas aparte, sugiero a la Faes que para el próximo año edite un calendario tipo Dioses del Estadio con poses virilmente gimnásticas de don José María luciendo torso. Con toda seguridad se convertiría en el best-seller del año. Y no les cobro el copyright.


He ido a ver  el divertimento turístico que don Woody Allen se ha montado autoconscientemente en su última película, Vicky, Cristina, Barcelona, que es, por comparación al resto de su obra, como la sidra lo sería al champagne, para que me entendáis: un brebaje espumoso, alegre, digestible, ligero, afrutado, de hermoso color y con burbujas de ingenio que te hacen estallar en carcajadas de vez en cuando pero  que lo eliminas por vía urinaria en cuanto sales del cine.

Eso sí, es un placer ver a dos mujeres tan hermosas y buenas  intérpretes como son Scarlett Johansson y Rebecca Hall sucumbir ante el estereotipo del macho hispano al que presta genio y figura Javier Bardem. Y sobre todo, asistir a como una desmelenada y almodovariana Penélope Cruz se merienda a los tres en cada aparición, en su papel de mujer enloquecida, que levanta la película a su mejor nivel cuando ella está en pantalla. ¿Qué si os la recomiendo? Pues… sí, a pesar de sus clichés sobre los españoles y su pinta de postalcita turística,  una regular de don Woody siempre es mejor que cualquiera de las buenas de los otros. Imprescindible verla en la versión original para disfrutar de los diálogos en español-inglés de la pareja española.

No sé si os habréis enterado de que el Teatro Lara de Madrid pone a la venta las butacas de su platea. Las originales, claro, las que datan de su época de construcción a finales del siglo diecinueve. Yo, que soy tan sentimental, he pensado comprarme una para ponerla en el salón de casa como trofeo cultural, porque sentarme en ella como que no —son tan incómodas como el corsé que llevaban las damas cuando se inauguró—; pero pensándolo mejor, tal vez mediante algún hechizo especial pueda convertirla en una máquina del tiempo teatral y desde ella me sea posible ver todos los estrenos que han pasado por el escenario frente al cual estaba colocada. Si esto sucede, estáis todos invitados a disfrutar del espectáculo.


Como sigo con mi vena gabacha, y ya me dura, he terminado de leer Mal de escuela, original del escritor francés Daniel Pennac (autor de la saga literaria de los Malaussène), una autobiografía novelada sobre la ansiedad y marginación que experimentan en la escuela los malos alumnos, no confundir con los malos estudiantes, aquellos que son incapaces de seguir el ritmo del resto de sus compañeros al no entender las preguntas y las explicaciones de sus maestros, y que son englobados en  eso que  ahora llamamos fracaso escolar.

El autor, que sufrió en primera persona esa dificultad, esa fragmentación de efectos que sucede cuando el niño no entiende  nada en  la escuela y crea un rechazo hacia ella, nos narra su propia experiencia para salir  de este infierno particular donde la ayuda de la familia y maestros no sirve de nada puesto que desconocen la verdadera raíz del problema.

La tesis que defiende el libro  se basa en que la  única forma de curar las malas aptitudes es ignorar sus causas y concentrarse en los efectos; para ello, el autor nos muestra cómo en cada década del pasado siglo el fracaso escolar se achacó a una causa distinta: en los sesenta era una cuestión moral, en los ochenta la culpa era de  los problemas psicológicos, y en los noventa todo provenía de motivos sociológicos. La solución que da, después de su experiencia de años como profesor y luego como escritor, es la de dinamitar la forma de enseñar las asignaturas, replantearse los viejos métodos de una enseñanza normativa y aburrida, y convertir la clase en algo vivo y apasionante.

Aunque no soy enseñante y no tengo hijos ni nietos, como simple lector, he encontrado el libro de un gran interés y de una enorme amenidad, y me he emocionado y disfrutado con las desventuras y alegrías del niño Pennachioni quien, convertido ahora en novelista de éxito, nos cuenta su infancia y adolescencia con una visión desprovista de toda acritud. Y aunque en algunos puntos haya discrepado de su discurso levemente conservador, debo reconocer que la ironía y el sutil humor de su tratamiento me ha hecho pasar unas horas de agradable lectura. ¿Se puede pedir más?




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