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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Máscaras


MÁSCARAS

 

 Yo estaba apoyada en la barra del Café Belén, esperando para pedir una especie de capuchino dulzón y denso porque tenía la tensión por los suelos y el hierro y el azúcar y los niveles de endorfinas y la oxitocina y el metabolismo basal, los ánimos, y la sonrisa que se me escapaba en apariencia para siempre…

 

 Me incliné más aún hacia adelante y planté los codos firmemente en la barra para no caerme e intentando buscar con la mirada algún tipo de devolución de otra mirada cómplice tras la barra.

 

 Inútil de momento, mi intento se desvaneció y entonces desvié la mirada hacia el interior del café. Inmediatamente una pareja me llamó la atención. Un hombre y una mujer… Y aunque parezca extraño dado que no había ninguna fiesta de Carnaval, ni nada parecido que yo supiera, la chica llevaba puesto un antifaz sobre los ojos que parecía una mariposa negra y aterciopelada, posada sobre sus ojos invisibles.

 

 El hombre le acariciaba el pelo. Metiendo sus dedos entre los mechones de la nuca de la chica, que caían sobre la mano del hombre, revueltos y asilvestrados aunque estuviesen de algún modo sujetos con fuerza por el elástico del antifaz.

 

 El hombre se inclinó hacia el oído de la mujer…

 

 - Alicia…….- pronunció el hombre, y su voz se escuchó tenue y quebrada… sin embargó llegó incluso hasta mí.

 

 - Sigue leyéndome… Quiero más. Aún más.- dijo la mujer, casi como si se tratase de una orden. Una orden vibrante y voluptuosa, resbaladiza… pero una orden.

 

 La curiosidad me obligó a buscar con la mirada sobre la mesa de la pareja… Había un libro abierto y puesto boca abajo… Era mi libro, bueno el mismo libro de poemas de André Bretón que yo había leído hace dos noches.

 

  Estaban hechizados.

 

 El hombre deslizó su mano por el contorno del rostro de la chica e intentó levantar el suave antifaz. La chica le cazó la mano a tiempo y la retuvo. El antifaz permaneció en su sitio y las alas de la mariposa negra siguieron acariciando los pómulos de la chica.

 

  - Lee…- volvió a ordenar.

 

 - Me vengaré, Alicia…- dijo el hombre y la besó atrapando en el aire las palabras que ella estaba a punto de arrojar y que se quedaron allí en el beso.

 

  No aparté la mirada… Ese beso también era mi beso.

 

 Los poemas de André Bretón, se habían clavado como cuchillos recién afilados, en la piel de Alicia y en el pecho del hombre, dejándole el corazón rojo y latiente, al descubierto…

 

 Cualquier fiera podría ahora acercarse y arrancárselo de un bocado.

 

 Como el beso era largo, hipnótico, denso… y les había arrojado a otra realidad… Yo me acerqué a su mesa y me llevé el libro culpable. Causa de tanto arrojo.

 

 Necesitaba saber cual era el último poema que él le había leído a ella.

 

 Antes de salir del Café Belén, miré por encima del hombro, hacia ellos… Alicia, aunque seguía con la mirada invisible tras el antifaz de terciopelo negro, me estaba mirando directamente a los ojos.

 El hombre, tenía ahora su mano cerca de los labios de ella.

 

 Salí a la calle. Y miré el poema.

 

 

   A LA MIRADA DE LAS DIVINIDADES

 

Un poco antes de medianoche cerca del desembarcadero.

Si una mujer desmelenada te sigue no te preocupes.

Es el azul. No tienes que temer nada del azul.

Habrá un gran jarro claro en un árbol.

El campanario del pueblo de los colores disipados

te servirá de punto de referencia.

Tómate el tiempo.

Recuérdalo.

El oscuro geyser que lanza al cielo los brotes de helecho

«Te saluda.»

La carta sellada de los tres ángulos de un pez

pasaba ahora entre la luz de los suburbios

como una enseña de domador.

Y al permanecer

la bella, la víctima, la que se llamaba

en el barrio la pequeña pirámide de reseda

se descosía para ella sola una nube semejante

a un saquito de piedad.

 


Más tarde la blanca armadura

que vacaba de los cuidados domésticos y demás

tomando a sus anchas más fuerte que nunca

al niño en la concha, el que debía ser...

Pero silencio

Un brasero daba ya presa

en su seno a una encantadora novela de capa

y espada.

En el puente, a la misma hora,

así se entretenía el rocío con cabeza de gata.

Con la noche, se perderían las ilusiones.

 


He aquí a los blancos Padres que regresan de las vísperas

con la inmensa llave por encima de ellos suspendida.

He aquí a los grises heraldos, por fin he aquí su carta

o su labio: mi corazón es un cuclillo para Dios.

 


Pero del tiempo que habla, no queda más que un muro

golpeando en una tumba como un velo podrido.

La eternidad busca un reloj de pulsera

un poco antes de medianoche cerca del desembarcadero.

 

André Bretón


Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedir socorro a cualquiera. Así pues, cuando el Conejo estuvo cerca de ella, empezó a decirle tímidamente y en voz baja:

 

--Por favor, señor...

 

El Conejo se llevó un susto tremendo, dejó caer los guantes blancos de cabritilla y el abanico, y escapó a todo correr en la oscuridad.

 

Alicia recogió el abanico y los guantes, Y, como en el vestíbulo hacía mucho calor, estuvo abanicándose todo el tiempo mientras se decía:……………….”

 

 Lewis Carroll 

Pequeños deberes:

 

Véndale los ojos a alguien que te cautive y lee para él o para ella aquellos trozos de textos que te dejaron tocad@ alguna vez…

 A.AliciaNlarealidad@gmail.com

 

Fotos- Fotogramas de Las Noches Vacías.  




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