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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Davies en Donosti


El realizador británico Terence Davies es objeto de homenaje en el Festival de San Sebastián. Este director sigue siendo un misterio en la cinematografía contemporánea y él mismo parece remiso a desvelar todos los secretos de unas imágenes de honda raigambre autobiográfica.

Se descubrió al público hispanohablante con la a la vez gélida y sangrante Voces distantes: un cuadro familiar sombrío y a la vez lleno de humanidad, plagado de música y donde la luz jugaba un papel fundamental en la construcción espacio-temporal del relato. Davies nos habla de su infancia y adolescencia en los suburbios del Reino Unido, su padre desequilibrado, la relación con su madre y sus hermanas, la vida en el  barrio, los noviazgos, los funerales y las bodas, el descubrimiento de su diferencia... pero lo hace de un modo aparentemente anti-narrativo, a través de cuadros tradicionales y otros desgarrados.


En El largo día acaba, su segundo largometraje, el tono es más distendido, el padre ha desaparecido y la música y las películas hacen su aparición de un modo más cálido y menos ceremonioso.
 
El cine, la radio, la música y la melancolía son ejes temáticos de su obra desde sus tres primeros cortos, pero esta vez aparecen con mayor dinamismo narrativo e inventiva visual. Hay un protagonista que sobresale sobre todos los demás, el propio Davies-niño descubriendo su homosexualidad en un entorno católico y asfixiante, el cine como ventana al mundo, la escuela y los castigos, las relaciones familiares con sus momentos de dolor y amor, alegría y desencanto. Las canciones y los recuerdos. El mundo de los otros y un universo propio.

The long day closes logró triunfar junto a Leolo en el festival de cine de Valladolid del año 1992. Pero, ¿de qué nos habla Davies? De la dificultad de encontrar una identidad cuando se ha crecido en un entorno desestructurado, ávido de referentes culturales que, no obstante, resultan engañosos, tanto para hombres como, sobre todo, para las mujeres. Ese niño eterno es también una mirada incisiva sobre un mundillo que, aún bellamente fotografiado y acompañado de canciones tradicionales o letras románticas, puede volverse asfixiante y miserable. En La Biblia de neón busca un referente literario (J. K. Toole), pero el resultado no satisface del todo, a pesar de que su mano, pictórica y lírica, está también  presente.


Con La casa de la alegría Davies escoge una novela de Edith Wharton para realizar una gran película de época, injustamente olvidada, muy por encima de Ivory, Attenborough o Minghella. Davies se mete en la piel de Lily, un personaje femenino que, en su transición de la felicidad a la tragedia, es también el retrato de un entorno hipócrita, materialista y hecho de ensueños engañosos.


Con el filme que se estrena ahora entre nosotros, Of the time and the city, parece ser que este director de expresión apagada pero mirada encendida ajusta cuentas con la Iglesia y la Monarquía de su país, dos pilares básicos del Reino Unido de ayer y de  hoy. Esperemos que la crítica no solape los aspectos más iconoclastas de su trabajo. Las heridas de Davies, de pronto, se vuelven las nuestras y sus recuerdos doloridos nos dicen mucho sobre la incertidumbre de nuestro presente y futuro.

***

Lo que ha dicho Davies sobre esta película:
«Of time and the city [es un filme] sobre el Liverpool en el que viví, hasta que me fui en 1973 (...), en contraste con el Liverpool moderno (…) una meditación sobre el tiempo que ha pasado y el envejecer.» Ha sido calificada por algunos críticos como la mejor película británica de los últimos años.




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