Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Una noche en blanco… satén

Pues personalmente hablando no dio para mucho la madrileña Noche en Blanco, la verdad. Descartado el evento principal en el Matadero, para el que no encontré entradas tres días antes, me quedé sin ver el homenaje a Almodóvar y sin escuchar las músicas de mi idolatrado Iglesias y resto del espectáculo, incluida la presencia de Galladorfis I. Así que lo que hice fue programar mi ruta cultural nocturna con antelación y sumo interés con el fin de ver el mayor número de eventos posibles, porque ir a todos era tarea imposible.


Me puse en marcha temprano y me fui a hacer cola a la Puerta de Alcalá a empezar por el final, ya que lo que allí me proponían era «evacuar Madrid» y lo lógico hubiera sido dejarlo para lo último, pero como a veces la lógica y yo andamos un poco a la gresca, pues estuve esperando cola hasta que llegó mi momento de focos al pasar bajo el arco central de  la carolingia puerta. Después me obsequiaron con un tarjetón donde me decían que había sido la 92 persona en evacuar la capital. ¿Cuántos nos auto-evacuaríamos esa noche? Ni idea. ¿Sentí algo especial al hacerlo? No; sólo el calor de los treinta mil watios, la verdad. Y un ligero sofoco porque me pareció que acababa de realizar una chorrada del tamaño de la puerta.

Pero no era caso de rendirme a las primeras de cambio, así que continué mi peregrinar urbano en busca de la segunda performance o instalación en la vecina plaza de Cibeles, rodeado ya de una riada de gente que a pie, bicicleta y patines había tomado la calle con el sano propósito de pasárselo lo mejor posible. ¿Lo conseguirían?

Llegué justo a tiempo a la plaza y me mezclé con el silencio expectante de la multitud que parecía esperar algún milagro de la diosa cuyo pilar habían  convertido en bañera por obra y gracia de unos simpáticos patitos amarillos que flotaban en sus tranquilas aguas. Súbitamente, se dejó oír el chasquido sensual de un beso chirriante, y luego otro, y otro más, mientras en la fachada de Disney-Garzón se proyectaban unos carnosos labios femeninos rojo pasión. Al decimoquinto ardiente y sonoro ósculo me di cuenta de lo poco que me interesaba el montaje de Teresa Sapey y casi a contracorriente —la marea humana era ya categoría cuatro— subí por Gran Vía, para ver el montaje de Sabina Lang y Daniel Bauman en la fachada del edificio de la Telefónica, una estructura neumática de cilindros de raso dorado con cierto aspecto orgánico bastante desasosegante que, como dijeron unos chavales que aprovechaban a hacer su botellón a los pies del edificio, molaba. Me invitaron a un cubatita que me sentó de miedo, gracias chicos.


Con un frío que pelaba, y agradeciendo el mogollón del personal que daba calor humano a la otoñal noche, descendí por Gran Vía hacia la plaza de España donde Chema Madoz había colgado su gigantesca Luna gong de la fachada de un  fantasmal edificio España envuelto en andamiaje y lonas de seguridad. Cuando vi esa luna ficticia en la lejanía y a través de los árboles de los jardines de la plaza casi tuve un momento de mágica irrealidad, pero éste sólo duró unos segundos.


En la Plaza de Oriente una cola de infarto esperaba al relente entrar en las cocinas del palacio real. ¿Para tomar ideas de decoración? ¡Dios!, hace falta ganas de hacer cola para ver semejante cosa, me dije, mientras me subía la cremallera de la cazadora y me acercaba a echar un vistazo a un iglú de plástico transparente rojo rubí en el que, si hacías cola y lograbas entrar, te rociaban con perfume de una conocida marca de cosmética. Pasé de ello porque no me apetecía en absoluto ir toda la noche oliendo a titi de Serrano y dirigí mis ya decepcionados pasos hacia la explanada del Rey para ver  la obra del artista italiano Gian Carlo Neri titulada Máximo silencio que subió unos grados mi interés. Esas diez mil bombillas encendidas convertían la explanada en un ¡prado eléctrico! Mais oui! No podía por menos que caerme bien.

De allí, y tras un pateo considerable con parada en San Ginés para tomarme a codazos un chocolatito que atemperó mi cuerpo, a la plaza de las Cortes a escuchar si era posible, que no lo fue debido al gentío que la colapsaba y la mala acústica, a la Orquesta Nacional de Jazz.

Directamente cabreado pero dispuesto a apurar mis posibilidades culturales nocturnas me bajé al Paseo del Prado. Colas kilométricas en los museos y hasta en el Jardín Botánico. En la fachada del Caixa Forum, proyecciones grafiteras, como si no tuviera yo bastante con la calle Fuencarral y aledaños.

Realmente agotado de mi tour cultural y con la luna llena por testigo volví hacia Cibeles donde me crucé con una multitud decepcionada porque el volatinero que iba a cruzar la calle Alcalá desde el edificio de Bellas Artes al del Instituto Cervantes no había podido realizar su peligrosa y aérea caminata debido a las fuertes rachas de viento que soplaban. Llevaban esperando hora y media, los pobres. Con los niños desparramados en sus sillas, dormidos algunos, berreando los otros, muchas familias se batían en retirada; la temperatura rondaba los trece grados.

De vuelta a casa me refugié en Chicote, el del agasajo postinero y  la crema de la intelectualidad, y me pedí un margarita para relajarme antes de ir a dormir. Mis pies no daban para más. Mi decepción tampoco. «Tal vez has elegido mal las cosas que ver», me consolé a mí mismo: ciento setenta y dos actuaciones no pueden ser todas tan malas. ¿O sí? 

Después de darle tres sorbos de mi cóctel, empecé a ver el lado bueno del asunto, claro. Aquello de que la ciudad sin coches y con todos los centros culturales abiertos es una hermosa utopía que se puede realizar. Pero, me pregunté a continuación: ¿Sólo de noche? ¿Sólo una vez al año? Y apuré mi copa hasta el final para no hacerme mala sangre.




Archivo histórico