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Errata

Evaristo Aguirre

De músculos desinflados


Fue cuando leí Submundo, de Don DeLillo, hace ya un tiempo, que se me ocurrió esa medio tontería de las novelas musculadas. Aquel libraco –700 páginas, publicadas por Circe en 2000; la edición original es de 1997– parecía más bien un culturista. DeLillo (Nueva York, 1936), a quién leía entonces por primera vez, se había propuesto –es mucho decir por mi parte, pero creo que es verdad– contar, con el hilo conductor de una pelota de beisbol, la vida de Estados Unidos desde mediados del siglo XX. Como en los manuales de historia del colegio, en Submundo hay política, sociedad, cultura, economía, ejército, ciencia…


Es una novela apabullante, es cierto, pero también brillante y cautivadora. Una vez leí sobre algo llamado Síndrome de la ‘Montaña mágica’, o parecido, que consistía en que cuando te has metido un tocho de mil páginas (centenar arriba, centenar abajo), no hay narices para decir luego que era malo, pues parecería un esfuerzo vano. Creo ­–tampoco es cuestión de ser tajante– que no me pasó con Submundo; estoy casi convencido de que es una de las grandes novelas americanas, al menos de las que yo he leído.


Pero otras cosas en las que me he metido después de Don DeLillo, siempre precedidas de críticas elogiosas, me han dejado tirando a frío. Lo último, Mao II (Seix Barral, con traducción de Gian Castelli, traductor también de Submundo), reeditada ahora en español (la edición original es de 1991).

A su favor, tiene que juega, en fecha muy temprana, con un elemento que deberá ser fundamental en la creación de los próximos tiempos, el terrorismo (junto a la injusticia, la libertad y, por supuesto, la ecología, los grandes temas de los que hay que ocuparse ahora, digo yo). Y DeLillo plantea unas ideas muy interesantes alrededor de esto y maneja bien, aunque de manera algo tangencial, un asunto como el de las sectas.

Pero el protagonista es un novelista de mucho éxito que vive retirado porque no le interesa el mundo. Alguien piensa que puede ser decisivo en la resolución de un secuestro en el Líbano (ese era el principal acto terrorista islámico en aquellos años ochenta y primeros noventa). A mí esto, de repente, me saca de la narración y dejo de creerme cosas que me tragaría en otras circunstancias. Me resulta más verosímil si recurren a superhéroes como Jack Bauer el de 24 o incluso al Capitán América.

Y también están las reflexiones sobre ese sufridor novelista que cualquiera diría que recae sobre él el destino del mundo libre… bueno, en realidad más o menos, porque si te llaman para mediar con terroristas islámicos te debe de dar un subidón de ego de no te menees.

eaguirre@divertinajes.com




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