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La broma de Woody Allen

por Miquel Silvestre*


Admiro a Woody Allen desde hace muchos años. No sólo por sus geniales películas, también por su irreverente y original literatura (Sin plumas, Perfiles o Cómo acabar de una vez con la cultura) e incluso por unos cómics que hace tres décadas sacó la editorial Lumen en tiras con un formato idéntico a las de Mafalda, aunque con un personaje gafotas e hipocondríaco, perfectamente identificable con el autor de Bananas o Sueños de un seductor.

Cuando yo tenía doce años, los que cateábamos éramos carne de exámenes de septiembre. Como siempre me quedaban varias asignaturas pendientes, mis padres me enviaron unos cuantos veranos a duros internados. Como la Sagrada Familia de Sigüenza, una especie de reformatorio para cafres regido por curas de sotana y bofetada fácil. Como a mí lo que me gustaba era leer, acarreaba al exilio un montón de textos. Yo no hacía distingos entre La Odisea o Mortadelo y Filemón. Recuerdo estar leyendo con avidez las tiras cómicas de Woody Allen cuando se me acercó uno de los matones del colegio.

Aquel matasietes, un año o dos mayor que yo, cogió despectivamente mi librito. Lo miró y se quedó paralizado. Entonces me dijo: tú no puedes entender esto que estás leyendo. Me devolvió el tebeo y se largó sin molestarme más. Detrás del cartón piedra de malote, él sí entendía a Woody. Aquella vez fue la primera que me di cuenta del poder de la logia. Entender el humor de Woody es privilegio de una tribu superior que se considera capaz de manejar claves desconocidas por la mayoría.


Sin embargo, hoy, el septuagenario Woody es un cineasta en regresión, comprensiblemente perezoso. ¿Qué tiene ya que demostrar? Lo que le importa no es hacer obras maestras (ya las ha hecho) sino encontrar un productor que cada año ponga dinero sobre la mesa. Francia, tan pedante pero tan magnifica, le ha convertido en un gigante domestico aunque últimamente ruede unas filfas que deberían enrojecer a los verdaderos fieles. España, una Francia de pacotilla en lo cultural y lo político, asiente convencida al dogma de su inmortal genialidad así caigan opúsculos crepusculares o ladrillos opiáceos. 

Él lo sabe. Y se ríe de ello. Por eso es todavía grande. En una de sus últimas cintas,  Hollywood ending, hace de un director de cine que se queda ciego durante el rodaje y lo oculta para no perder el dinero de los productores. El resultado es ininteligible. Un fracaso. Salvo en Francia, donde le dan un premio. La burla a la pedantería gala que le da de comer es lúcida y brutal.


La película que ahora presenta en San Sebastián se ha producido con dinero de los españoles para que la vaselina institucional satisfaga el capricho progre de tener una peli del Woody Allen rodada en casa con fieles actores de la casa. No es que él nos haya elegido porque seamos cojonudos, es que hemos puesto la pasta sobre la mesa en plan indiano asturiano y yo los tengo más grandes y si hace falta me traigo a Sarah Bernadht a Taramundi.

No es que me parezca mal el dispendio, más se gastan en otros bodrios y nadie dice nada. Mejor Woody que el amiguete del amiguete del subdirector general de algo. Al menos con Woody no corremos riesgo de que nos endiñe una morcilla infumable. Le sería imposible por mucho desdén que le ponga. Y aunque me gustaría que los del Presupuesto tuvieran menos exhibicionismo cateto y no se dieran tantos bocados por salir en la foto, daría mi dinero por bien empleado si al final Allen nos encaja en su peli algún guiño que demuestre lo mucho que se ríe de nosotros. Seguro que, apático y senil, le sale mejor su desganada película que a mí esta columna.

Salud maestro. Y a disfrutarlo, que son dos días.

* Miquel Silvestre es autor de Mariposas en el cuarto oscuroDinamo Estrellada, La dama ciega (publicada inicialmente en la gallega, Trymar) y Spanya, S.A., todas ellas en Ediciones Barataria.




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