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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Conocí a Carmen en una cocina.

Carmen es, Carmen Laforet

 

  “… No hagas caso. Ya sabes que las personas trastornadas atacan siempre a los que quieren más… Cualquier manual de psicología te diría lo mismo.

 Blanca recordó la enfermedad de Paulina, su contacto con aquella Paulina enferma, sudorosa, que gritaba que no quería morir en el delirio de su fiebre. Le había parecido una mujer cargada de angustia.

 -Aún no he vivido. Necesito saber por qué han pasado tantas cosas… Necesito saber… No me puedo morir así, sin comprender…” 

 de La mujer nueva de Carmen Laforet.  


Creo que fue de noche… Un poco antes de la medianoche. Al entrar en la casa, la cocina quedaba justo a la derecha. La casa no era muy grande y la cocina era pequeña. A mí me traía recuerdos sin que para ello hubiese algún hilo conductor lógico. Pero a veces las cosas nos ocurren sin más. Suceden y no ha lugar para cavilar en exceso sobre el porqué de una u otra sensación, de un pensamiento u otro, de una reacción u otra…

 

 Detrás de la puerta de la cocina estaba ella. Sentada con la espalda erguida y la barbilla ligeramente levantada. Fumando…

 

 Estaba sentada en una silla poco sólida, muy pegada al borde de la mesa de la cocina que no recuerdo si era de plástico o de madera. También la mesa era pequeña… y la silla, y el espacio entre un objeto y otro… Y la propia mujer  parecía o era pequeña, menuda… Y sin embargo sólo con una mirada repentina que me echó a través del humo de su cigarrillo, me trasladó a algún lugar y a algún tiempo diferente, lejano a aquella cocina y a las distancias tan poco saludables entre los objetos y las personas.

 

 Me pareció bella y enigmática, como si alguien hubiese colocado a una estrella de cine de los años cuarenta, en un decorado que contrastara del todo con los gestos, ritmos, miradas, palabras y estados de la actriz.

 

 Pero no era una actriz de aquellos años. Era real, aún viva, hecha de carne, de materia… Era la escritora que había tejido parte de los sueños de mi madre, era una creadora de realidades que azotaban los pudores de muchos, era la lanzadora de dardos calientes que reclamaba la posibilidad de ser simplemente siendo, pudiendo transitar muchas identidades dentro de un mismo yo. Era mujer nueva y antigua, mujer futura y presente. Una mujer de alma libre, atrapada entre las cuerdas rígidas de las circunstancias. Podría haber huido, dirán, pensarán, insinuarán algunos… No. Cuando alguien es valiente no huye. Cuando alguien es valiente; sostiene, afronta, vive… y es. A su modo. A su manera.

 

 Olía a café. La cocina olía a café, y el chico que nos presentó (su nieto), me hizo tomar asiento junto a ella. En aquella época ella estaba enferma, pero, qué puede la enfermedad contra la voluntad del libre transitar del alma… Qué puede la enfermedad contra el reconocimiento mutuo entre dos voluntades que se agitan, contra la fatalidad de lo que está por suceder. Acaso puede la enfermedad devastarlo absolutamente todo, cuando hay partes, pequeños jardines, impulsos y filias que son inmunes a la devastación provocada por una alteración, por una atrocidad.

 

 Lo devastado está. Pero también está lo otro. Lo inmune. Lo intocable.

 

 Y ello, lo que no había sido vulnerado, es lo que encontré en la cocina, cuando conocí a Carmen Laforet.

 

 Me habló un poco. Yo le hablé un poco. Los tres intercambiamos frases breves que se nos hicieron muy intensas y significativas. Parecían señales. Palomas mensajeras que desplegaban sus alas y nos alzaban hacia los horizontes que percibíamos cada uno de los tres, como el único horizonte posible.

 

 Gracias Carmen, por ese trocito de jardín inmaculado que compartiste conmigo, con nosotros, en aquella cocina. Gracias por el horizonte tan amplio y a la vez tan calmo, tan desprovisto de pretensión. Gracias por permanecer en lo pequeño, en lo no impostado, en lo que está sin forcejeos. Gracias por tanta fuerza de palabra y de pensamiento. Gracias por todas las posibilidades…

 

 Y también, decírtelo bajito, pero con la firmeza, aunque sea tímida, que da la verdad, decirte que me encanta seguir hablándote de vez en cuando, y me encanta pese a todo y a todos, que tu sangre esté mezclada con la mía… y que a veces las miradas de mi hijo, sean la tuya.

 

 De algún modo, te quiero.

 

  A.D. 


Pequeños deberes

 Dedícale una noche de insomnio a la elaboración de un listado, con todas las cosas especiales que te han sucedido alguna vez en la cocina. En cualquier cocina.

 

 

    “Poco es lo que hay que decir, aparte de estos hechos, acerca de la vida del Reverendo Dodgson. Vivió 66 años tan tranquilamente como puede hacerlo cualquier otro hombre, y el trabajo y ocupación de su vida, así como su diversión favorita, fueron las Matemáticas. Padeció, de insomnios durante toda su existencia, y pasaba noches enteras despierto, con los arduos problemas matemáticos dando vueltas en su cabeza, y tratando de descifrarlos.” 

Sobre Lewis Carroll

 

 

 

Fotos - Fotográmas de La Esquina. 2008. L.R.

                                                                                                       

 

  

 

 

 

 

 

 

  




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