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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Nosotros hacemos a los hombres


Recuerdo cómo la salida del armario de Günter Grass como miembro de las SS durante los años de su temprana juventud puso de actualidad un filme que está en DVD, que a simple vista parece repetir una fórmula harto utilizada a lo largo de la historia del cine,  con títulos de diferente calado y calidad como Europa, Europa o Sophie Scholl: me refiero a Napola o Las escuelas de élite nazis, un decorado éste harto frecuentado por el cine alemán que ha dado lugar a pequeñas obras maestras de la cinematografía germana como El joven Törless —según el libro homónimo de Musil— de Volker Schlöndorff, quien también adaptó para la gran pantalla El tambor de hojalata de Grass y que se mostró públicamente decepcionado por la revelación del gigante de la literatura.

Estos espacios de disciplinamiento de mentes y cuerpos adolescentes para convertir a los jóvenes en máquinas de matar y no pensar son un territorio propicio no sólo para las historias de rebelión individualista o colectivo ante un sistema irracional y represivo donde los haya sino para historias complejas de amistad, enemistad, rivalidad e incluso amor entre jóvenes arios o no tan arios. Napola, dirigida por Dennis Gansel e interpretada por Max Riemelt, Tom Schilling, Jonas Jägermeyr y Leon Alexander Kersten, no inventa nada e incluso esta bañada por un maniqueísmo —y recurrencia en los estereotipos— aún mayor que otros títulos de argumento similar pero es una película notable y perturbadora, de indiscutible talla fílmica y plena de momentos

La odisea del aguerrido Friedrich, de origen humilde, hábil boxeador, no deja de ser otra historia dickensiana de iniciación adolescente, cuando huye de casa y dando la espalda a la voluntad paterna ingresa voluntariamente en una de esas napolas con vistas a tener un gran éxito personal y profesional. Pronto descubrirá que aquello que se inculca y el modo en el que se le inculca, con continuas exhortaciones a la eliminación de la sentimientos como la empatía y la compasión, distan mucho de ser ejemplares y, aunque cegado por el adoctrinamiento y el voluntarismo juvenil de lograr su propósito de labrarse un futuro mejor, tomará conciencia de la realidad gracias a su contacto con otro muchacho, el sensible Albrecht —hijo de un alto funcionario del régimen y aficionado a la escritura— quien se enfrentará a su padre, con trágicos resultados.


Efectivamente el filme se divide en buenos muy buenos y malos casi de opereta pero Gansel parece interesado en la ambigüedad de la que logra dotar a su personaje principal al que, en principio, el contacto con el militarismo, la fuerza bruta, la impiedad y el más ridículo heroísmo viril no hacen desistir en su firme empeño de seguir formando del temible engranaje, hasta su dramática conclusión.

Napola está rodada con impecable elegancia, con suntuosos y a la vez sobrios movimientos de cámara, en tonos fríos e invernales —con una gran atención a los colores— y la narración, a pesar de la previsible presencia de discursos nazis y largas secuencias de entrenamiento deportivo y militar(ista), se sigue sin cansancio. El espectador empatiza con el joven y desconcertado protagonista, una sensación interpretación del joven actor Max Riemelt, y odia, con el director y la guionista, a los temibles secundarios, particularmente el villano entrenador y el padre de Albrecht, un malo cruel e irredento.

Los suicidios de dos jóvenes personajes de la cinta y la matanza nocturna en el bosque de unos muchachos rusos, casi niños, van a marcar de un modo brutal y decisivo el cambio de perspectiva de los dos protagonistas. La amistad entre Albrecht y Friedrich es a su modo también una historia de amor contenida por un entorno viril y homosocial donde ellos siquiera se plantean la posibilidad de la homosexualidad, pero que el espectador calibra progresivamente, particularmente por la rareza de Albrecht con respecto al resto de sus compañeros, entre los que se encuentra en una situación peculiar a la vez de privilegio y desventaja. El realizador se recrea en muchos momentos en la corporalidad masculina, juvenil, aria y deportiva de los chicos y muchos de los castigos que se les inflingen están basados en la humillación a través de la desnudez de sus cuerpos, sin llegar nunca a las evidentes connotaciones homoeróticas y sadomasoquistas de El joven Törless, tanto en el libro original como en el filme realizado por Schlöndorff. Un cineasta, dicho sea de paso, irregular que realizó varias obras importantes pero que actualmente, sin dejar de carecer de interés, ha experimentado un claro declive.




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