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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Verano y humos diversos (3)

Se acabó el verano madrileño con un pedrisco en plan maldición bíblica que a punto estuvo de llevarse por delante las ventanas del techo de mi casa y que dejó a Madrid descuajeringado, colapsado y cabreado y con el flotador de emergencia puesto para no perecer bajo el ímpetu de las aguas desbordadas. La ciudad, eso lo sabemos todos, no está preparada para estos caprichos semi-destructores de la naturaleza y tres días después media  M-30 aún anda  cortada. ¡Ay Gallardofis!, Jehová se venga de tus faraónicas obras hechas deprisa y corriendo. Y en cuanto Horus amanece con la vejiga floja, todo colapsado.

Y la Caverna Mediática encantada de la vida con las mal entendidas declaraciones de Javier Bardem a una redactora del Time Magazine doliéndose de España. Las barbaridades que he leído y tendré que leer —que yo los leo y los escucho, que os conste— aunque sólo sea para seguir dándome cuenta de su violenta, irracional e intolerante ignorancia que no hace más que crecer alentada desde emisoras y púlpitos para solaz de bestias pardas de pro. Si hubiera medallero para premiar la envidia nacional, las hubiéramos ganado todas, ¡vaya paisanaje!


Y en estas, Doña Esperanza volvió corre que te corre de la convención Repúblico-Paliniana para inaugurar un nuevo Hospital, de esos que les faltan el 80% de servicios,  pero que a ella le da igual, el caso es cortar cinta y salir en las fotos para  luego pasarlo a manos privadas en cuanto nos descuidemos; y es que se está volviendo más lista que Angelita Chaning, la matriarca de Falcon Crest, y finalmente conseguirá convertir a la comunidad de Madrid en su finca particular si no lo es ya.

Supongo que, aviesa como es, no habrá desaprovechado el viaje y habrá tomado nota del estupendo marketing que se ha montado la candidata Palin con la venta de muñecas con su efigie, y dentro de nada, en  las tómbolas y escaparates del país en vez de chochonas, tendremos neoconas Aguirre en distintas y cuidadas versiones tipo: neocona liberal, neocona matrix, neocona canóniga, neocona anti-educación para la ciudadanía, y suma y sigue. Me pregunto quién podría ser su Neo-Kent, y admito sugerencias para su selección popular.

Hablando de otras cosas, no sé por qué extrañas causas, últimamente me escoro hacia la grandeur culturelle de nuestros vecinos los franceses, esos chicos tan chauvinistas y que tanto les gusta mirarse el ombliguito en cualquier ocasión; y me hago esta reflexión por la acumulación  de películas y libros provenientes de de latitudes sarkozianas que estoy viendo, leyendo. No es normal, la verdad, pero es lo que pasa por tener una mente abierta y alerta a cualquier noveauté, venga de donde venga. Y de entre lo visto y leído quiero destacaros una película, Hace mucho que te quiero (Il y a longtemps que je t´aime) que podía parecer una película menor perdida entre la avalancha de títulos infumables que cada semana caen por nuestras maltratadas pantallas, pero que no es así. Primer trabajo para el cine del escritor Philippe Claudel, autor de las novelas Almas grises y La nieta del señor Linh, se alza en vuelo vertical sobre todas su competidores semanales ofreciéndonos un  complejo retrato  de dos mujeres, hermanas y separadas desde hace años que vuelven a reencontrarse cuando la mayor de ellas sale de la cárcel después de cometer una larga condena por infanticidio y se instala en la casa  de la menor.


Temas  grandes y a la vez cotidianos como son: la dificultad de las relaciones familiares después de un gran trauma, donde sólo los lazos de sangre son capaces de saltar por encima de cualquier convención social; la reinserción de la población reclusa; la falta de comunicación; los prejuicios, más la forma de relativizar el bien y el mal que encarna el personaje de Juliette para explicarnos cuales fueron los motivos que la llevaron a hacer lo que hizo,  forman un tapiz urdido con esmero de artesano por el director con la ayuda inestimable de una impecable y fantástica Kristin Scott Thomas y una no menos espléndida Elsa Zylberstein, que componen dos actuaciones memorables donde los silencios y las miradas dicen más que las palabras. Sin la menor concesión al tremendismo o al fácil ternurismo, Hace mucho que te quiero es una película que os recomiendo sin rodeos. Me lo vais a agradecer.


Para despedirme, recomendaros también, aunque termina esta semana en Fox, una serie sobre un inmortal que sólo tiene ocho capítulos —¡todo un record!—. Podéis pillarla en la red o esperar a que la pasen las cadenas generalistas. Su título, New Amsterdam, y ha sido sin duda la reina del verano; la  serie más original y creativa de todo lo que visto en los últimos meses y con el valor añadido de su fecha de caducidad, cosa de agradecer en un mundo en el que se amontonan  las  segundas y terceras temporadas de series sin interés alguno. 

Su protagonista es un tal John Amsterdan, uno de los primeros  conquistadores llegados a la isla de Manhattan hace cuatrocientos años y al que una vieja hechicera india le otorga el don de la inmortalidad del que sólo curará cuando encuentre a la mujer que le está destinada desde la eternidad. Para ello tendrán que pasar cuatro centurias. La serie comienza en la actualidad, en la que nuestro hombre es un detective de la policía de Nueva York que debe solucionar sus casos. Casos que en su mayoría están relacionados con su pasado. Bien realizada, bien interpretada, con guiones perfectamente estructurados y medidos  en el devenir del tiempo,  la he disfrutado con mucho placer.




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