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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Verano y humos diversos (2)


No podéis ni imaginar el disgusto que me he llevado cuando he leído en la prensa de hoy que, finalmente, el proyecto de la construcción de un gran casino al estilo Las Vegas que iba a construirse en Ciudad Real ha sido pospuesto sine die por la todopoderosa compañía americana promotora del proyecto. La crisis llega hasta las tragaperras, me he dicho. Luego la situación es grave, he recapacitado. 

Y yo, que ya había hecho reserva para los Aves de fin de semana a partir del 2010 con el fin de entretener mi ocio pensionista en ese fastuoso enclave sito de las llanuras de la Mancha, me veré obligado a seguir frecuentando el Casino de Madrid ubicado  en un lugar con tan poco pedigrí como Torrelodones, donde en vez de escuchar a la pechugona country de Dolly Parton, pongo por caso, te topas en el escenario con el cursi triunfito Manu Tenorio, que no es lo mismo  digan lo que digan; y ahora que acabo de obtener mi carné de hortera oficial, esto es algo, que si me pillan, seguro me quitan puntos, y eso sí que no, con el veranito que he pasado para conseguirlo.


Y mientras tanto doña Esperanza, nuestra más insigne neocona, «get her gun», se larga a Minnesota, que es algo así como Soria a la americana, a apoyar la candidatura del republicano McCain, y de paso a que la hagan  socia honoraria  de la Liga del Rifle para ver, si de una vez por todas, nos mete en vereda a los madrileños en plan Juanita Calamidad con unos cuantos cartuchazos bien dados. El primero, por cierto, lo acaba de disparar: de guarderías gratis, ni hablar, aquí suelta la pasta todo dios y si no, que a los niños los cuiden los abuelos, que para eso están y les pagamos unas buenísimas pensiones. Afortunadamente no tengo nietos, que lo de terminar de baby-sitter a mi edad como que no…

Debo reconoceros que esta dicotomía hortero-cultural que sufro a lo Claudette Colbert en Seria de día, coqueta de noche a veces me resulta bastante frustrante, porque, a diferencia del doctor Jekyll —mi lado culto—, yo sí sé qué hace mi otra personalidad, Hyde —mi lado hortera—, y cuando se encuentran en el descansillo de la casa no os podéis imaginar la que se monta.


Y una de esas se montó la noche que mi lado Jekyll se fue al Matadero a ver Las Troyanas, de Eurípides, en el magnífico y sobrecogedor montaje que ha realizado Mario Gas, sobre la versión impecable y restallante de fuerza de Ramón Irigoyen. Tragedia griega en estado puro, estas mujeres, víctimas de la guerra de sus padres, esposos o hijos representan a todas las mujeres en cualquiera de los conflictos bélicos habidos desde los comienzos de nuestra civilización. Por una vez, la actualización de la tragedia, y su estética militar sirven con absoluta precisión al texto original, sin desvirtuarlo un ápice. Si estáis en Madrid o venís de visita, este espectáculo es de los de no perderse aunque te revuelva el estómago.

Evidentemente, mi lado Hyde no fue de la misma opinión, él hubiera quedarse viendo en la tele la final de alguna disciplina de los Juegos Olímpicos así que hubo discusión para rato.


No tanta, pero la hubo, con la lectura de la segunda novela de la autora francesa Muriel Barbery, La elegancia del erizo, debido a que una de las protagonistas, el erizo del título, es una portera de nombre Renée, viuda, bajita, regordeta, nada agraciada y que algunas mañanas se levanta con aliento de mamut, de la que Hyde esperaba insospechadas revelaciones tipo mayordomo de famosa se confiesa a ¡Hola!. Obviamente mucho de eso hay en la novela en la forma de ver y entender a los dueños de los pisos del inmueble en que trabaja, pero nuestra portera no es lo que parece.

También hay una niña de doce años, Paloma, hija de uno de los adinerados inquilinos de la casa, que se resiste a llegar a la vacuidad e ineptitud  de la edad adulta y ha tomado la decisión de suicidarse el día que cumpla los trece años.

Ambas son incapaces de resistir la hipocresía social que las rodea y han encontrado en la literatura su vía de escape.

Y está también  un japonés, un nuevo inquilino que  las rescatará de su aislamiento y trabará con ellas una amistad en la que compartirán  opiniones y confidencias sobre la vida, el arte, la belleza, la literatura, el cine, en un particular ajuste de cuentas de la sociedad que de una u otra forma los ha marginado por distintas razones.

No sólo la inteligencia es transversal a todas las clases sociales, también la estupidez puede serlo, nos viene a decir la autora en una novela que se lee con gusto, aunque a veces se vea lastrada por evitables pasajes filosóficos que nada aportan al desarrollo de los personajes.

Mi lado Hyde, que es más listo de lo que gustaría aceptar, me ha dicho que la crítica social que hay en la novela y que incluye tanto a la derecha como a la izquierda progre, no es más que otra forma de clasismo intelectual y que lo único que he hecho es identificarme con ella y verme como superior. Y me lo decía mientras veía su capítulo diario de Amar en tiempos revueltos.

Me pregunto si no llevará algo de razón.




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