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Errata

Evaristo Aguirre

Te ha tocado un pesado

Estamos en manos del destino cuando iniciamos, solos, un viaje largo en avión o en tren –en autobús ya es el horror insuperable–, pues es imposible prever qué clase de vecino de asiento tendremos. Los riesgos fundamentales son tres: que sea demasiado gordo o demasiado nervioso y no pare de moverse; que sus olores corporales sean más fuertes de lo que marcan los cánones; que sea de los que les gusta hablar y no pare de rajar en un trayecto que puede superar las diez horas.

De camino a Tokio, una joven española de pechos generosos –es relevante, lo siento– se siente desagradablemente observada por su compañero de asiento. Es un mirón, confiesa él mismo. La relación no empieza con buen pie, y va a peor cuando el fulano se empeña en contarle su experiencia en Japón, unos años antes. Ella no quiere oírla, pero la insistencia del mirón es eficaz; bueno es demoledora: se trata del relato de una fijación por una colegiala japonesa cuyo dormitorio veía él desde su apartamento. No se debe contar más.


La novela, de un centenar escaso de páginas, se titula Tatami (Lengua de Trapo) y su autor es Alberto Olmos (Segovia, 1975), un todavía joven escritor del que se está hablando mucho en los últimos tiempos. Olmos debutó en 1998, con A bordo del naufragio, al que siguieron Así de loco te puedes volver, Trenes hacia Tokio –sí, estuvo tres años en Japón y eso parece que marca: que se lo digan a Amélie Nothomb– y El talento de los demás.


Aparentemente, Tatami podría no ser gran cosa, pero está bien contada y bien escrita –se maneja con soltura Olmos en los diálogos, por ejemplo– y tiene dos personajes de un interés notable; quizá más ella que él: Él habla y habla, solo de una cosa, es verdad, pero en esa cosa percibimos toda la esencia de su personalidad, de tintes nihilistas y desesperanzados, el típico personaje de novela contemporánea que aspira a ser modernita. Pero esta novela no es eso, pues el contrapunto de la chica, una chica formal podríamos decir, sensata, poco tolerante con las tonterías ajenas, este contrapunto compensa la narración y enriquece el resultado de la historia. Hay una lectura posible: que los dos representen las dos facetas que todos tenemos. 

A diferencia de los aviones, si en esto de internet nos ponemos pesados, es fácil librarse. Pero ustedes no lo van a hacer... ¿verdad?

eaguirre@divertinajes.com




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