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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Eclipses


«Casi todo me atrae. Sin embargo se alberga en mí algún buscador infatigable. ¿Por qué no hay un descubrimiento de la vida? Algo para ponerle las manos encima y exclamar: "¿Es esto?"»

Virginia Wolf

 

Volver no siempre resulta fácil.

Sobre todo volver a uno mismo, volver a contarse a uno mismo quién se es, dónde se está pisando, cómo es uno, qué le gusta y qué le resulta poco grato.

Lo peligroso o lo inquietante es cuando vuelves y resulta sin embargo que no has vuelto, que estás perdido, lejos del hogar... Cuando el hogar es todo menos "estar en casa".

¿Puede acaso un eclipse de luna parcial, como el que pudimos mirar durante largo rato este verano que recién acaba de pasar, trastocarnos de tal manera que nos deje un agujero negro en el corazón y nos oculte el camino de regreso al hogar?

Extrañeza. Vértigo. Caída.

Sophie depositó un montón de expectativas y esperanzas en lo que duró su largo mirar fijamente a la luna eclipsada.

Pidió deseos. Sí de un modo infantil, rabiosamente absurdo e infantil, suplicó por su curación y por un mordisco de felicidad. Para ella y también para una personita indescifrable llamada "hija". Rezó para que la enfermedad que acaban de calificar de genética entre otras muchas y muchas definiciones, analíticas, síntomas y predicciones, no llegara a envenenar el muy probable futuro de "hija".

Y es que Sophie, tuvo, al poco del eclipse, un curso acelerado de aislamiento social y moral, en el cual la enfermedad que la incapacitaba de maneras tangibles y poco gratas pese a su gran capacidad de imitar a alguien "normal", más que normal, aun más... alguien apañado, desenvuelto e incluso afortunado, fuerte y suertudo... pese a esta capacidad nata de Sophie, este verano que acaba de pasar fue el infierno. Una situación económica desastrosa y repentina, provocó el corte del teléfono, después el de la luz y después el del agua... Así que una mañana de julio, Sophie despertó sin poder llevarse un vaso de agua a los labios o refrescarse el rostro, y como no podía salir a la calle por la enfermedad y como tampoco podía llamar a nadie ni escribir ningún e-mail a nadie... simplemente respiró y esperó.

Menos mal que "hija" estaba fuera, lo suficientemente lejos como para no vivir los desperfectos, roturas y grietas de la vida junto a una mamá enferma que pese a ser una magnífica fingidora de la normalidad, la dicha, la perfección y la salud, entre julio y agosto se estrelló contra sus propios límites.

No era la soledad lo que más la entristeció, ni la escasa o a veces nula ayuda social para algunos enfermos.

Lo que la entristeció, sobre todo, fue el miedo que provocó en los demás la posibilidad de tener que ayudar un poco... De algún modo... Aunque fuese para dar un consuelo. Pero la falta de dinero es un estigma casi mayor incluso que la enfermedad para algunos amigos, familia, conocidos, compañeros de viaje.

Menos mal que Sophie no era de las que se dejaban impresionar con facilidad.

Decidió que era un buen momento, de hecho el momento ideal, para ver quién es quién y cómo es quién, de las personas con las que compartía trozos de vida.

Ella ya sabía desde hace tiempo, lo supo a los pocos años de enfermar, que más le valía rendir al máximo, no caer ni una vez, hacer las cosas hasta el límite mismo de sus fuerzas, trabajar duro dentro de lo que podía... y también si no podía, entonces se inventaba caminos y las puertas que no estaban las dibujaba con rotulador si hacía falta...

Supo que o hacía esto o estaba condenada a una invisibilidad, a una insonorización, a un hastío en la mirada de los demás y en la de los "seres queridos".

Extrañeza.

Todas esas personas que no tienen el beneplácito que da la norma, la bendición de la buena vida. Todas esas personas que caminan en sillas de ruedas, que escuchan el lenguaje de los gestos, que miran con sus dedos y se adentran guiados por el sonido, los que se pierden por una memoria sesgada, los que siguen en un cuerpo casi ajeno, los que permanecen en un lecho... Todos los que padecen las enfermedades estigmatizantes, todos los que viven enfermedades no diagnosticadas, también aquellos que se consideraron durante siglos enfermos y después resultaron simplemente propios, particulares, diferentes, "no normales".

Todos los que deben vivir en un día a día preparado para lo normal con dolores y enfermedades con nombres ajenos al conocimiento de muchos.

Nombres, decenas de los cuales Sophie conocía, conocía de sobra... Todos ellos, todos los portadores de esos nombres, a veces corrían el peligro de la invisibilidad o de la indiferencia.

Y allí estaba la tristeza de Sophie, aquella mañana que le cortaron el agua, después de cortar la luz el día anterior... que nadie se habría dado cuenta de que ella podría desaparecer, ese día de julio con cuarenta grados en la calle y sin agua en la casa. En la calle a la que ella no podía salir.

Y por ello, aquella noche del verano, reunió todos sus credos ancestrales durante lo que duró el eclipse parcial, para pedir que a su hija le llegara luz de luna y la mantuviera alejada de la indiferencia.

A la que se accede con facilidad.

 

Alicia: ¿Por qué hablas de Sophie?, ¿Por qué la recuerdas?

Ha muerto, déjala estar.

Adriana: Por ello la recuerdo...

 

enfermedad.

(Del lat. infirmĭtas, -ātis).

1. f. Alteración más o menos grave de la salud.

2. f. Pasión dañosa o alteración en lo moral o espiritual.

3. f. Anormalidad dañosa en el funcionamiento de una institución, colectividad, etc.

~ avanzada.

1. f. La que ha alcanzado un cierto grado de irreversibilidad.

 

salud.

(Del lat. salus, -ūtis).

1. f. Estado en que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones.

2. f. Condiciones físicas en que se encuentra un organismo en un momento determinado.

3. f. Libertad o bien público o particular de cada uno.

4. f. Estado de gracia espiritual.

5. f. salvación (‖ consecución de la gloria eterna).

6. f. germ. Inmunidad de quien se acoge a lo sagrado.

7. f. pl. p. us. Actos y expresiones corteses.

 

"--¡Estoy aquí! --gritó Alicia.

Y olvidando, en la emoción del momento, lo mucho que había crecido en los últimos minutos, se puso en pie con tal precipitación que golpeó con el borde de su falda el estrado de los jurados, y todos los miembros del jurado cayeron de cabeza encima de la gente que había debajo, y quedaron allí pataleando y agitándose, y esto le recordó a Alicia intensamente la pecera de peces de colores que ella había volcado sin querer la semana pasada.

--¡Oh, les ruego me perdonen! --exclamó Alicia en tono consternado.

Y empezó a levantarlos a toda prisa, pues no podía apartar de su mente el accidente de la pecera, y tenía la vaga sensación de que era preciso recogerlas cuanto antes y devolverlos al estrado, o de lo contrario morirían."  Lewis Carroll.

 

Pequeños Deberes:

Mantente alejado de la indiferencia!

Mira. Huele. Toca. Oye. Saborea. Imagina... 


A.AliciaNlarealidad@gmail.com

Fotos- VueloI.Eva D.  VueloII.Eva D.




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