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Sara Orúe

El verano que la princesa se operó la nariz (I)


Mi amiga me dijo que el apartamento estaba en un tranquilo pueblo de playa. Y ni pueblo, ni tranquilo ni de playa.

—¿No había playa?
—Creo que sí, Julieta, creo que había un cacho debajo de las toallas y las hamacas y las colchonetas y las sombrillas.
—¿Se veía el mar desde el apartamento?
—Quita, quita. No se veía ni desde la orilla se va a ver desde el apartamento. Desde el apartamento se veían las terrazas llenas de familias inglesas de los apartamentos de enfrente.
—¿Entonces tu maravilloso destino de vacaciones, el pueblo pesquero del que tanto nos hablaste era un bluf?
—Lo era. Si esa ciudad a la que se accede no por una, sino por varias autovías,ha sido alguna vez un pueblo pesquero, eso queda para añadir a la lista de secretos de la historia del turismo español.
—¿Te divertiste al menos?
—Bueno, Juli, si llamamos divertirse a pegarse toda la mañana alerta para que nadie te quite el sitio en la playa…


—¿Alerta? ¿Qué entiendes por alerta?
—Pues eso, que ni tomar el sol relajada puedes. En cuanto te descuidas alguien viene y quita tu toalla para poner la suya.
—La cosa ha mejorado entonces. La última vez que yo fui a ese pueblo u otro similar me fui a bañar y, al regresar, una chica había extendido su toalla sobre la mía…
—¡Jesús!
—Eso mismo dije yo. Pero, ¿no quedamos en que hay crisis y la gente  no gasta?
Julieta, la playa es gratis.

El caso es que la crisis, esa que yo empecé a notar cuando el Gobierno decía que no existía, me ha impedido ir de vacaciones de las que molan y, en vez de eso, le he alquilado un apartamento en un lugar de la costa de cuyo nombre no quiero acordarme, a la amiga de una tía del dentista de mi prima Marilé. En realidad una ganga, baratillo de veras. Pero, claro, cuando llegué lo entendí todo: en un edificio alto, en el centro del pueblo, delante de una rotonda grandísima con mucho ruido de coches…

—¿Había mucho tráfico?
—Con decirte que, nada más llegar, un autobús de línea que no nos vio nos metió un tarantantán que el coche de Tío Ra se ha tirado los 10 días en el taller.
—Por todos los dioses, ¿Y cómo os arreglasteis?
—El seguro nos alquiló uno.
—Menos mal, así se acabaron los problemas.
—Pues no del todo. A los dos días algún borracho hijo de mala madre…
—Chata, no te pases.
—De mala madre, decía, nos rajó dos ruedas y grabó en el capó del coche “Felices vacaciones”.
—Pues no te pasabas, es más, diría que te has quedado corta. ¿Qué hicisteis?


—Llamamos al taller que nos envió una grúa. En unas horas teníamos las ruedas nuevas. Eso sí, los buenos deseos los paseamos hasta el último día.
—Bueno, después de eso pudisteis descansar.
—Sí. Sólo se nos torció el relax cuando se rompió el calentador y nos inundó la cocina.
—¡Mi madre!
—Menos mal que el seguro del apartamento se hizo cargo y nos lo cambiaron en el mismo día.
—¿Qué más os podía pasar?
—Pues que nos despertaron los geos al derribar a patadas la puerta del apartamento de al lado donde, al parecer, se escondía una banda de ladrones de chales. Vaya susto. Y encima Tío Ra tuvo que testificar porque coincidía con ellos fumando en el jardín de la entrada y la poli lo tenía clichado.
—¡Jesús!
—Eso ya lo has dicho antes.
—Es que me estoy quedando sin expresiones de asombro.
—Ese mismo día por la tarde, al volver del cuartelillo paramos a echar carburante. Cuando ya había llenado el depósito de gasolina me di cuenta de que el coche que llevábamos, ya sabes, el de alquiler que nos habían prestado, en realidad era diesel.
—¡Nena! ¿Y no te dio un ataque?
—Me hubiera dado, pero el del taller se puso tan contento de que necesitásemos sus servicios de nuevo que pensé que no merecía la pena enfadarse más.
—Al menos habréis salido, habréis comido bien, habréis conocido gente.
—Sí, a Seve, el del taller. El día que nos devolvía nuestro coche estaba su novia con él y se empeñó en invitarnos a cenar en agradecimiento. Que con un par de turistas como nosotros hacía el mes, nos dijo. Y que, gracias a nuestras averías, se iba a ir a Canarias en Octubre, cuando se acabé la temporada alta en su pueblo.
—¡Qué amable!
—La verdad que nos llevó a un sitio de tapas que cenamos de muerte. Seve y Vanesa, muy buena gente. Y profesionales, ¿eh?
—Oye, y ¿por qué has llamado a este post “El verano que la princesa se operó la nariz” y no hablas de la princesa?
—Pues por eso he añadido I… porque Continuará…




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