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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Verano y humos diversos (1)

Quedarse en el agosto madrileño da para mucho, la verdad. Sin nostalgias de playa ni de pueblos de origen, uno se queda aquí tan ricamente sufriendo el asfalto recalentado de las calles de día, y disfrutando de las frondas refrescantes del Retiro en la anochecida. Entre medias, el tiempo se dilata como el spandex y la mente se abre a otras insospechadas realidades que el resto del año es incapaz de detectar por acumulación de tareas.

Esta especie de burbuja espacio-temporal en la que  se convierte la ciudad canicular parece otorgarte a uno patente de corso para frecuentar otros lugares, leer otras cosas, practicar la cocina de la con-fusión, ver pelis infumables que te divierten, escarbar en los diarios en busca de alguna noticia  que no  hable de la crisis o de los juegos olímpicos; y disfrutar, en suma, del paletismo a ultranza en el que los sucesivos mandatos del PP han sumido a un Madrid con un centro urbano envuelto en un perenne y medieval olor a meados, que debe ser lo que ellos entienden como recuperación de las esencias ciudadanas.


Y como quise empaparme de esas esencias, qué mejor lugar que las fiestas de la Paloma, pensé. Y bien empapado, a fe mía, quedé y, debo reconocerlo, hasta  disfruté de lo lindo, en el recorrido que me hice  por sus callejuelas en busca de balcones decorados para el evento, donde la simbiosis entre lo religioso y lo hortera alcanzó cotas de inimaginable perfección para disfrute de mi exacerbado y recuperado gusto por lo popular y lo castizo.

Todo ello aderezado con el aroma a fritanga proveniente de los chiringuitos, la polución sonora causada por las tómbolas y sus rifas, unido a la de los chotis y habaneras que la megafonía lanzaba en cada esquina.

Algarabía, bullicio y sana alegría, y el pueblo llano vestido de manolas y chisperos, de Mari Pepas de mi vida y Julianes de mi alma, de don Hilariones, de Castas y Susanitas y resto de la colección de tipismos neotardofranquistas que tanto gustan a doña Esperanza y don Alberto, cuya nueva sede en la Cibeles se me parece cada día más al castillo de Blancanieves en Disneyland.


Pues como no tuve, al parecer, bastante dosis de horterismo o me convertí en adicto y necesitaba un chute, al día siguiente me hice un cine y me fui a ver a mi admirada (y ahora más) doña Meryl Streep en esa utopía canora que es el musical Mamma Mia!.

Primera sorpresa: constatar que un refrito de canciones de Abba, con guión prestado de una comedia de los sesenta con la Lollo, y ambientado en una isla del Egeo, se ha convertido en mi peli favorita de la temporada (es verano: recordadlo, por favor). Apoteosis de lo hortera, es como un enorme castillo de fuegos artificiales que entretiene y divierte durante su ejecución y al terminar te deja un buen rollito que no veas. La culpa la tienen unos interpretes (la Streep, Brosnan, Firth y hasta el último de la lista) que traslucen lo bien que se lo han pasado haciéndola, y una directora que siempre creyó en el producto final.

Segunda sorpresa: constatar asimismo que me sabía todas las canciones de Abba, de la primera a la última desde aquel mítico y eurovisivo Waterloo. ¿Es suficiente con esto para que te den el carné de hortera oficial? Pues que me lo manden.

Y para celebrar la visita relámpago de un amigo de paso por  la ciudad, le llevo a cenar a uno de esos restaurantes de moda que florecen como setas por mi barrio. Un lugar súper-cool, y lleno de exquisiteces en su carta —eso nos habían dicho— donde como veréis practican la cocina de la con-fussion con un arte inimitable. Tuvimos suerte y después de sólo media hora de cola nos sentamos en una de sus mesas-adosadas —tienes al vecino tan cerca que le oyes hasta masticar—, lo que te obliga a escuchar conversaciones del tipo:

—Mañana, salgo para Moscú el finde. He encontrado un chollo en internet.
—Jo tía, qué súper. Yo me iré a Ibiza con Lalin, ese niño tan mono del Ceu.

Cuando te fijas en las que han hablado te das cuenta que ninguna de ellas ha ido más allá de Torrelodones.

Bueno, pues después de un buen rato para hacernos entender por el camarero oriental a la hora de pedir nuestros platos, nos empiezan a servir. De primero, una sofisticada ensalada para compartir. Nada que objetar, aunque prefiera la campera de toda la vida. Llegan los segundos y el camarero pregunta:

—El pato con fual, ¿pala quienlll?


Señalo a mi amigo, le sirven su plato, y a mí la ternera de nombre impronunciable que elegí.

Empiezo a comer y pienso que vaya pinta rara que tiene mi ternera, y qué sabor tan peculiar: pero regada con una de esas salsas orientales que saben todas igual y enmascarada entre capas de hojaldre, pues me callo y me la como educadamente procurando mantener una conversación a media voz  sobre temas intrascendentes.

Llega el postre: habíamos pedido un tiramisú líquido y unas torrijas. El tiramisú que traen es el clásico. La liquidez no se le ve por ningún lado.

—Oiga he pedido tiramisú liquido, dice mi amigo.
—Sí, señol. Esto sel tilamisú, responde el oriental.
—Claro que es tiramisú pero no líquido, se mosquea mi amigo.

Las que van a irse de finde a Moscú e Ibiza nos miran con cara de preguntarse de dónde habremos salido.

—No sabel, señol, acepta finalmente el camarero.

Viene el jefe de sala, y por fin se llevan el tiramisú sólido. Y al poco, en un bol, traen una especie de papilla liquida espolvoreada con media producción anual de canela de Malasia.

—Su tilamisu, señol.
—Eso es tilamisú a la tulmix, digo echándome a reír sin poderlo evitar.

A la salida, nos sentamos en una terraza y al poco mi estómago empieza a recordarme que he comido algo con gusto retardado a foie que me suele sentar fatal. Entonces me doy cuenta de lo que ha pasado: nos cambiaron los platos. Cuando se lo comento muerto de la risa a mi amigo, me dice que el suyo tampoco le había parecido pato, pero que bueno, con tanta salsa y disfraz pues que no le había extrañado demasiado.

—Somos unos paletos redomados, le digo. Porque me niego a considerarme  un  snob, que es aún peor.
—Bueno, hemos sido unas victimas más o menos fashion de la cocina de la con-fusion que tanto abunda hoy en día. La próxima vez nos vamos al Extremadura y nos dejamos de experimentos, responde mi amigo.

Son cosas del verano.




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