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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Savage Grace

Savage Grace es el segundo largometraje del realizador Tom Kalin, que se dio a conocer gracias a Swoon —su versión pérfida y abiertamente homoerótica del caso de Richard Loeb y Nathan Leopold, un episodio criminal  que inspiró varios filmes, entre ellos La soga de Hitchcock e Impulso criminal de Richard Fleisher—.

Si su primer largo, a pesar de sus hallazgos, estaba lastrado por un esteticismo agobiante y una ambientación «retro» algo afectada, Savage Grace, sin abandonar una propuesta estética radical y rompedora, logra un retrato humano, individual y coral de gran fuerza. Formado en las filas iracundas del cine gay reivindicativo y de la lucha contra el SIDA como Gran Fury, Kalin sorprende por la incorrección política de sus propuestas, que no buscan adeptos sino más bien detractores.


En esta ocasión Kalin lleva a cabo un estudio implacable  de la corrupción de los sentimientos en  sus personajes y en los claroscuros de un mundo de high class también corrupto a la vez que autodestructivo. Se sirve a este fin de tonos pastel y colores alternativamente apagados e incandescentes, de la ambientación en diferentes épocas y lugares, entre ellos las costas españolas de Cadaqués, y de un reparto anglo-español que incluye rostros conocidos de nuestro cine reciente —como Belén Rueda o Unax Ugalde—. Savage Grace es un filme desconcertante, difícil  de digerir, temáticamente provocador y al mismo  tiempo fascinante en su enigmática  construcción espacio-temporal

Kalin parece misteriosamente atraído por sus personajes pese a  que todos y cada uno de ellos  muestren a lo largo del filme sus más íntimas bajezas, tanto en su relación consigo mismos como con los que los rodean, chocando continuamente, intentando y no pudiendo comprenderse. El realizador nos coloca  ante la historia de un  Edipo moderno, filmada para que el público quede desconcertado y finalmente abatido por la construcción abismal del relato y el imparable descenso a los infiernos de los dos grandes protagonistas del filme: Bárbara (Julianne Moore) y Tony (Eddie Redmayne) en una de las relaciones de amor-odio materno filial  más crudas y devastadoras del cine reciente.


El filme comienza, de manera inquietante, con la voz off de Tony a la que sigue la aparición de Bárbara mientras lo acuna y se pregunta en voz alta: ¿En qué clase de mundo va a crecer? Un mundo que iremos conociendo a través de un recorrido en el tiempo, que es en cierto modo «la infancia de un jefe» sartriana y también la historia de un ángel caído en un mundo  de monstruos y de un monstruo  instalado en un mundo falsamente apacible, materialista y envuelto en papel couché, restaurantes de lujo, caras mansiones, hoteles, piscinas  y terrazas que dan a las playas españolas

Bárbara, casada con el magnate Brooks Baekeland (Stephen Dillane), el heredero del imperio de la baquelita, proyecta su insatisfacción vital, personal, sexual y matrimonial en su hijo Tony, al que conocemos a través de tres etapas de su vida: su nacimiento, su primera adolescencia y su difícil juventud, durante la cual se aproxima cada vez más a su madre, de un modo tenso, fragmentario, incestuoso y crispado, huyendo de esos seres que quieren salvarlo pero no pueden comprenderlo.

Tony entabla entretanto una insatisfactoria relación sexual y emocional con Blanca (Elena Anaya) y sobre todo con Black (Unax Ugalde), dos jóvenes  a los que encuentra en esos lugares turísticos, y con los que se propone alejarse del mundo paternal y maternal que lo mantiene secuestrado y del que trata de evadirse  inútilmente a través de la fantasía y una relación a la vez carnal y distante con los chicos de su edad  e incluso con el amante de su madre. La ambigüedad sexual y  pesa como una losa sobre todo el filme, pero no como algo que se debe mostrar o valorar sino como una corriente que atraviesa las vidas de  hombres y mujeres de  forma a la vez soterrada e incontrolable.

Kalin visualiza de un modo a la vez hermoso e inquietante los momentos de transición del protagonista a diferentes etapas vitales y estados de ánimo, del mismo modo que emplea los espejos, los motivos de la naturaleza viva o muerta  o los objetos del lujo para mostrar la crispación emocional de su madre, una mujer que «no está a la altura» de ese mundo elegante, corrupto y en decadencia  del que ha pasado a formar parte. El realizador se apoya en una elegante fotografía de Juan Miguel Azpiroz para poner en imágenes la vida interior y exterior de estos seres abocados al fracaso íntimo, a pesar de vivir en un mundo de lujo, aparentemente estático. Esta insatisfacción es observada con ironía o crudeza: vemos que Bárbara es un ser infeliz en un mundo varonil, anticuado, basado en las apariencias y que su matrimonio es un fraude. Crispación  que se materializa visualmente en la secuencia en que es sodomizada por su marido en el dormitorio, un hombre célebre, presumido, distante y poco sincero. Bárbara no es un personaje simpático pero sí complejo y multidimensional, a diferencia de los varones y mujeres de alta alcurnia con los que convive de un modo cada más tenso y doloroso, algunos de los cuales (como el que encarna Belén Rueda) quedan algo desdibujados. Kalin no busca que empatizemos con Bárbara y sus motivos pero si que la comprendamos en su relación con el mundo hipócrita y decadente en el que vive inmersa. Así se apoya en una intensa caracterización de Moore que da un giro de perfidia y rebeldía a los personajes que encarnó con éxito en otras películas de importancia como Lejos del cielo o Las horas, enfatizando los aspectos más sombríos de su personaje, alejándolo de un público acostumbrado a verlo en papeles de heroína o mujer en busca del equilibrio (a la manera del melodrama clásico).

Basada en un famoso hecho real que sacudió a la sociedad estadounidense del momento y en una novela de éxito, Savage Grace es un filme sobre la autodestrucción, pero también el retrato a la vez lánguido e implacable de la insatisfacción íntima de unos seres  que se mueven en un mundo sacudido por la corrupción, los intereses económicos, la sexualidad exacerbada y las exigencias y corsés de la moral de su tiempo. ¿Estamos ante una apuesta morbosa? Parece una etiqueta demasiado fácil para un filme más complejo de lo que aparenta a simple vista, en el que, de un modo plásticamente arrebatador y narrativamente original, se nos ofrecen unas pinceladas desconcertantes  sobre el origen  profundo de  la corrupción, como  los colores pastel de esos cuadros que, en soledad, pinta Bárbara buscando dar un sentido a su vida o como ese diario íntimo que el enajenado  Tony escribe del revés para que nadie pueda leerlo. Recibida con hostilidad por el público en general por determinados detalles de la trama —como la secuencia del incesto— o el ritmo lánguido y algo descompensado del relato la personalísima apuesta de Kalin, pasará, con el tiempo, a ser un filme de culto




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