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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Sylvia, again

Los poetas y los narradores descubrieron el inconsciente antes que yo.
         Sigmund Freud

 


He vuelto a leer a Sylvia Plath. Mis recientes experiencias con la neurología y la psiquiatría han hecho regresar a mis manos libros como La campana de cristal o Ariel, novela y  poesía respectivamente, que marcaron mi adolescencia. Pero, ahora estoy convencido de que la mejor Sylvia Plath se encuentra en sus fragmentos. En los estremecedores cuentos cortos recogidos en el volumen Johnny Panic y la Biblia de los sueños y en sus melancólicos diarios, apuntes y cartas.

Películas como Sylvia han intentado convertir a la escritora anglosajona en una heroína de  Hollywood. No lo fue. Sylvia es un ser atormentado, una mujer de su tiempo (EEUU, años cincuenta), una estudiante autoexigente, una persona masoquista en su afán de superación…


Se casó con un poeta de renombre, Ted Hugues. Los varones poetas eran considerados verdaderos artistas en la norteamérica patriarcal en la que vivieron. Las poetisas eran despistadas buscadoras de tesoros. El reconocimiento de Plath fue parcial y tardío. Un libro de poemas (sin traducción al castellano), Colosus, una novela firmada con seudónimo (The Bell Jar) y un motón de relatos, cartas, diarios, poemas (Ariel) que vieron la luz después de su suicidio en 1963.

En toda su obra hay un aliento lírico, su prosa es siempre poética. Pero también hay extravagantes situaciones, dolor, rabia y frustración. Se incluye dentro de la literatura confesional donde encontramos a otros malditos como Dylan Thomas, Salinger, Anne Sexton o Adrienne Rich. Pero el camino de Sylvia fue un descenso lento hacia la autodestrucción. La fascinación por las heridas, el aislamiento del mundo y sus gentes, la presión de un matrimonio tal vez no elegido voluntariamente… En cualquier caso Plath ha servido de anti-heroína para muchas chicas y chicos jóvenes, entre los que me incluyo, como una adolescente apasionada por las letras, por la escritura y sus dificultades, a pesar de vivir en entornos no siempre propicios a la creación: universidades, hospitales, hoteles, donde su vida se hacía casi imposible.


Algunos de sus relatos son ataques virulentos al modo de vida yanki (¡America, America!), a sus estudiantes orgullosos, a sus sistemas competitivos, a su carácter masculinista y represivo para millones de mujeres obligadas a hacer el papel de «muñecas».

Las «muñecas» de algunos de sus relatos se han convertido en lúcidas o amargadas mujeres maduras en otros. En sabias o torpes consejeras. Se han embarcado en matrimonios felices e infelices o en experiencias psiquiátricas traumáticas y sin fin. Sylvia fue una de las que se quedó en el camino. Queda mucho suyo por publicar. Hughes ha prohibido la difusión de algunos de sus textos porque pudieran afectar o herir a terceras personas. Y los seguidores de Plath nos sentimos defraudados por éste inexplicable silencio. Esperemos que pronto podamos recomponer sus pedazos.




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