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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

De tele y otras realidades


La verdad es que la última semana tuve la santa paciencia de pararme a ver el cacareado último capítulo de Los Serrano.

Recuerdo haber visto el primero hace años y trozos de algunos otros en esos zapines que uno hace en la tele cuando está harto de que te aburran en todas las cadenas incluidas la TDT y los canales de pago y jamás me engancharon las peripecias de esta familia y allegados.

Pues bien, debo reconocer que aún ando bajo los efectos de la estupefacción que me produjo la sutileza de su equipo de guionistas para acabar con los líos de esta pintoresca familia q.e.p.d.: ¡Todo había sido un sueño del protagonista! ¡Toma ya para lo que da el material de que están hechos los sueños!

Señores guionistas, ya sé que las musas son a veces esquivas, y las audiencias mayormente amorfas —sólo hay que ver la lista de programas más vistos—, pero ustedes, que a lo largo de los tropecientos capítulos que tuvo la serie dieron a veces la talla, esta vez, en su examen de selectividad, la cagaron, con perdón,  totalmente y sin paliativos.


Claro que siempre es un gusto  volver a ver a la etérea y cada vez más hitchcockciana Belén Rueda regresar del mundo de los muertos como si de una Kim Novak telecinquera se tratase.

Y ahora salto espacio-temporal para agradecer a un buen amigo, Carlos, el descubrimiento de una serie que me había sido imposible ver a su debido tiempo por los horarios incompatibles a que se emitió y emite,  y que gracias a los dioses de P2P y a unos subtítulos estupendamente hechos por un fan argentino —mi inglés no alcanza ciertas cotas— he podido disfrutar en unas sesiones maratonianas en las que me rendido ante el cianuro con sabor a granadina de una serie para ver y volver a ver cada capítulo las veces que sean necesarias para disfrutar de su corrosivo humor e inteligencia de sus diálogos. Me estoy refiriendo a Weeds (Malas hierbas) producida por Jenji Kohan (Las chicas Gilmore, otra de mis series favoritas) para ShowTime, que tantas alegrías nos ha dado a los sufridos televidentes.


Estamos en una ciudad californiana, Agrestre, donde Nancy Botwin, una mujer en la cuarentena, acaba de enviudar y debe hacerse cargo de la subsistencia de sus dos hijos, Shane y Silas, un niño rarito y un adolescente problemático. Para mantener su tren de vida, y vista su nulidad para otras salidas, decide hacer de camello de sus convecinos, vendiéndoles marihuana. Acaba de nacer un lucrativo negocio y una de las series con peor leche  y menos moralina de la televisión reciente. Radiografía rigurosa de una sociedad obsesionada por las apariencias en pleno proceso degenerativo es, a la vez, un estudio realista sobre la imposibilidad de mezclar una vida “normal” con los negocios sucios. Pero, todo ello servido con un humor que te hace soltar la carcajada en el momento más dramático y reflexionar en él, sólo aparentemente, más divertido y disparatado.

Mary Louise Parker (Tomates verdes fritos) está inmensa en su papel de madre camello —a sus pies señora, todos los Emmys conseguidos se los merecía de sobra, quedo desde ahora como uno de sus más rendidos admiradores—. En la réplica, como su mejor amiga, Elizabeth Perkins, que borda su papel al igual que el resto del reparto en una serie que, como tantas otras, queda relegada  por un público cada vez más idiotizado por producciones como C.S.I. y epígonos, o cosas tan casposas e invisibles como Aída, ni siquiera salvable por disfrutar de ese monstruo sin descubrir que es doña Carmen Machi.




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