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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Carta de Irina

Querida Alicia... o Adriana... 

Escribo para darte las gracias por acordarte de Katia. Por acordarte de mí, por acordarte de todas las que somos, fuimos alguna vez, mujeres tratadas.

Mi nombre, como el de Katia, no es mi nombre propio auténtico, porque el auténtico, o quizás simplemente el previo a este de ahora, se lo quedaron para siempre los traficantes de mujeres.

Así que, igual que tú, hoy tengo varios nombres... o mejor dicho, no tengo ninguno.

Tuya,

Irina.

 


Lo que sigue, es el último fragmento de una carta larga, enviada por mail... que  escribe Irina. En la primera parte de la carta, Irina habla de su niñez, de su infancia, de su adolescencia, de su vida diaria... sesgada por el eslogan de un folleto publicitario.

 

-Nunca te he querido, Irina mía... - me dijo él, cuando llegamos a la extraña casa, que a los pocos minutos se convertiría en mi zulo, y al poco, en el lugar donde mi cuerpo igual que el de Katia sería tratado, "tratado adecuadamente"  unos minutos más tarde, y luego; EL INFIERNO.

Un duro Infierno al que me llevó el amor. Pero era mi amor. Un amor unilateral, en el cual yo me contemplaba cegada, encelada, extasiada, ilusionada, confiada... Y es que, él era, parecía... a su vez tan confiado, tan creíble, tan seguro de sus promesas y de sus hiperbólicos sentimientos hacia mí. Suena a tópico lo que digo, y así de triste es mi historia. Un tópico absurdo, abrumador, vergonzoso... Algo que siempre se repite con ligeros matices diferenciados. Pero cuando se está enamorada, enamorado... te vives a ti mismo como a alguien especial a quién le ocurren cosas especiales. 

Un mundo de riqueza, de prosperidad, de belleza en las cálidas tierras mediterráneas me había prometido él, y yo había escuchado sus promesas y me las había tomado al pie de la letra. Y dejé todo detrás de mí, para emprender una historia juntos. La mejor historia de amor habida y por haber. Sí. Así nos enseñan a pensar. Así decidimos pensar persiguiendo una huella que han dejado otros. Yo me deslizaba detrás de sus pasos, como si fuese una pequeñísima mota, dejándose resbalar por su rastro pegajoso de baba de caracol...

Un pasito y otro y otro y otro más.... Y aquí aterrizamos, después de un viaje en avión largo, largo y tenso para él, plácido para mí, mirando por la ventanilla las formas que adoptaban las nubes blancas. Algodón espeso e inmenso, a tan sólo unos centímetros detrás de la ventana.

Tan sólo 24 horas después, dejé de ver el cielo durante mucho, muchísimo tiempo.

Es extraño, porque perdí, perdimos en aquella casa, zulo, caverna, podredumbre, INFIERNO... la noción del tiempo. La medida de tiempo era lo equivalente a la duración del uso que hacía de mí cada usurpador, cada embiste de bestialidad marcaba una medida de duración única. EL INFIERNO. Vértigo. Mi cabeza estallando, cada célula de mi cuerpo dolorida y el corazón envenenado ya para siempre. Y es que, él estaba allí... y sin embargo ya no estaba. Y es que él me empujaba a los pies de los "clientes"... Y es que, era él quien se encargaba de darme uno, dos o varios puntapiés para despejarme del letargo que se apoderaba de mi sistema nervioso y de mis músculos cuando el asco y el no entender lo que me estaba sucediendo se apoderaban de mí. Y es que él... mi hombre, mi amante, mi novio, mi futuro esposo, el amor de mi vida..... Él, ni siquiera me dirigía una palabra. Yo ya no existía para él. Invisible. Irina la invisible. Una mota. No, ni siquiera una mota. Un amasijo de restos de cuerpo acaso servible para mil violaciones más y después... La muerte. Huir hubiese sido la luz, huir, encontrarme con Katia... Esa pequeña esencia que quedó de la Katia que tu recuerdas. Me atreví a escribirte, porque de niña escuchaba una y otra vez un maravilloso disco que me habían regalado con la historia de Alicia en el País de las Maravillas.... y así me sentía a veces en EL INFIERNO. Como una Alicia menguante, creciente, expuesta a lo imprevisible, expuesta a lo desconocido... 

Lo peor, lo peor, lo peor de EL INFIERNO nunca llegaba, porque siempre estaba por venir. Siempre sucedían cosas, imágenes, palabras, maltratos nuevos, insospechados, impensables... hasta que de golpe ocurrían. Y lo más inverosímil era que le sucedieran a uno.

Una chica normal como yo, una chica curiosa, una chica enamoradiza, una buena chica, una buena estudiante, una buena amiga y una enamorada ejemplar, que lo dejó todo por amor... Otro tópico. Otra realidad. No como en la mayoría de las películas. No. 

Nada extraordinario.

Una chica corriente; yo. Una chica enamorada; yo. Sí un tópico. No suena a un hermoso cuento. No le ha sucedido a alguien extraordinario, sino a mí. 

Ni siquiera fui una heroína.  No intenté huir. No mordí. No peleé. No me rebelé más de lo que me salía por puro impulso orgánico. No pude ayudar a las demás. Las veía descomponerse por instantes. Como yo. Las veía caer al suelo como marionetas rotas. Las miraba, mientras mis propias rodillas se doblaban mecánicas y ajenas a mi sentir.... No pude hacer ningún acto heroico. Ni siquiera tuve la oportunidad de compartir los trozos de hielo derramados por el suelo, de las copas de alcohol, para desinflamar los moratones de una niña rubia que gemía en la esquina de la habitación. En la esquina de EL INFIERNO. 

No hice nada. Acaso buscar alguna respuesta en la mirada de él. Pero no había mirada. Sólo vacío y la más abismal de las indiferencias. Yo no existía. Irina. Irina la invisible.

-Nunca te he querido, Irina mía... - aquella frase, dicha con una voz que para mí era nueva en él, fue lo último que me dijo. Lo único autentico que recibí de él en toda una vida. El resto; EL INFIERNO. 

No hice nada. Estoy viva, porque me rescataron. Me siento culpable, sin embargo en vez de feliz. Y en parte un poco más muerta que viva. Más cerca de Katia, que de nadie más. Por ello escribo, para sumarme a los que la recordamos y a los que la seguiremos recordando a ella y a todas las que a fuerza de la barbarie de estos tiempos, no tenemos nombre propio.

 


Al poco rato oyó un ruidito de pisadas a lo lejos, y se secó rápidamente los ojos para ver quién llegaba. Era el Conejo Blanco que volvía, espléndidamente vestido, con un par de guantes blancos de cabritilla en una mano y un gran abanico en la otra. Se acercaba trotando a toda prisa, mientras rezongaba para sí:

                                                                                                                                            L.C.

 P.D.(Pequeños Deberes)

- Adivina las palabras del Conejo Blanco

 

 


Sin título. Eva D.




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