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Su nombre era Patria

por Raúl Vallarino


Entré en contacto con la historia de África de las Heras por distintos caminos, sobre todo a través de alguien que la había conocido en Uruguay. Era él un profesor, hombre de letras, amigo del esposo de África (escribo África aunque debería decir María Luisa, pues ése era el nombre que había adoptado para instalarse en América), el gran escritor uruguayo Felisberto Hernández, del que se enamoró en París siguiendo órdenes de Moscú: debía captar y casarse con algún ciudadano de América del Sur para instalarse allá. Lo paradójico es que Hernández era anticomunista, y nunca se enteró de que se había casado con una importante agente del espionaje soviético

El caso es que a raíz de aquella primera pista, empecé a investigar. Supe que había salido una nota sobre ella el año 1995 en la revista Cambio 16; luego, otra en 1998 y en El País, informaciones periodísticas sobre «la estrella española del KGB». Y logré ponerme en contacto con personas que la habían conocido y que nunca imaginaron que esa amiga entrañable, afable, buena persona, esa mujer que se apiadaba de un niño que mendigaba en una calle y amaba a los animales, que jamás hablaba de política, hubiera sido una temible espía.

Incluso me contaron que cuando esos amigos uruguayos que la frecuentaba le preguntaban: «María Luisa, ¿por qué no hablas nunca de política?», ella respondía: «Porque no me interesa». ¡Era una fachada perfecta! «Es más —añadía—, si ustedes me preguntan el nombre de su presidente, no lo conozco.» Y todos se reían, «María Luisa, tienes que involucrarte un poco más». Nadie podía sospechar nada.

Y eso que Uruguay es un país muy pequeño…

Claro, que después de la Segunda Guerra Mundial había quedado en muy buena posición, se le llamaba «la Suiza de América» por su estabilidad económica, por sus libertades y por la democracia que, bien es cierto, años después se vería avasallada por la dictadura militar. Pero, en aquel entonces era el lugar ideal porque, además, a diferencia de otros países mantenía relaciones con la URSS, el Partido Comunista era legal (aunque ella no podía acercarse a los camaradas), siempre fue legal: en el Uruguay se podía trabajar con tranquilidad. Yo creo que si hubiera conocido a otro ciudadano de otro país no habría podido desempeñar su misión con tanta eficacia como en Uruguay.

Por otro lado, conviene no olvidar que el espionaje de Estados Unidos se instaló en Uruguay pocos meses después de la creación, en 1947, de su agencia de inteligencia. Ya ven, nosotros pensábamos que la Guerra Fría se libra lejos, muy lejos, no podíamos ni imaginar que la teníamos dentro de ese pequeño país nuestro, ubicado entre dos colosos de América como son Brasil y Argentina.

Si tuviera que quedarme con un episodio y uno sólo…

Conocí a una persona, de la cual estoy escribiendo un libro, el comisario Alejandro Otero. La suya es otra de las grandes historias del siglo XX, Otero es el hombre que enfrentó a los tupamaros en el Uruguay, el hombre que enfrentó al aparato armado del Partido Comunista, y también el hombre que se enfrentó además al KGB y a la CIA porque, siendo el jefe de la inteligencia uruguaya, quería mucho a su país y no aceptaba la presencia de servicios de inteligencia foráneos, por más que el gobierno le exigiera que trabajara con la CIA.

Otero investigó la extraña muerte de Arbelio Fernández. Les cuento: en 1961, fue el Che Guevara a Uruguay y pronunció una conferencia en la Universidad. A la salida hubo un atentado que se saldó con la muerte de un hombre, un desconocido. Todo el mundo dijo que había sido un atentado contra el Che y que habían asesinado por error a un profesor. Pero la investigación de Otero demuestra que los tiros que mataron a Ramírez nunca pudieron ir dirigidos contra Guevara.

Eso se juntó con mi investigación. Entrevisté a la esposa de Arbelio, y me contó que había sido íntima amiga de María Luisa de las Heras, quien además era la madrina de su hijo. Y me dio a entender que Arbelio Ramírez no quiso ser captado por María Luisa… Ahora es el lector quien debe sacar las conclusiones.

Pero también es verdad que De las Heras consiguió, por ejemplo, un documento que estaba en posesión de la CIA, sobre supuestos agentes del KGB, y que al hacerlo salvó de la cárcel a muchísimas personas, quizá más de 500…


Termino ya. Yo me enamoré de África de las Heras por todo lo que hizo. Lo cual no significa que apoye lo que hizo, sino que me pareció que la suya era una historia que había que contar. Y aquí la tienen…

*** 

Moscú, año 1988. A Gregory Gurivich le encomiendan la misión menos atractiva que puede desear un joven teniente del KGB ávido de emociones: cuidar a la anciana camarada moribunda África de las Heras.

Las horas junto a ella le harán interesarse por la historia de la enigmática mujer, y contacta con Anastasievich, archivero de los servicios secretos rusos. La amistad entre ambos los lleva a descubrir la verdadera historia de una de las figuras más importantes y decisivas del siglo xx: Patria, la espía española del KGB cómplice de Stalin en el asesinato de Trotski.

Mi nombre es Patria
Raúl Vallarino
Suma




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