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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Highsmith y el armario criminal


He descubierto recientemente a Patricia Highsmith. Reconozco que durante mucho tiempo me resistí a su obra literaria aunque había algo en ella que me atrajo desde niño. Su figura de dama solitaria que prefiere la compañía de los gatos a la de las personas, obsesionada por el crimen y la mentalidad de los criminales, y su aspecto lésbico (que yo no identificaba entonces aunque seguramente intuía) me acercaron a sus novelas. Sin embargo la fascinación por  Extraños en un tren, película de Hitchcock, no se reprodujo al leer el libro. Lo mismo puedo decir del personaje de Ripley, demasiado esnob, aunque la reciente versión de Minghella lleva sus implicaciones homosexuales a punto de ebullición.

La lectura de El diario de Edith me ha descubierto a una gran analista psicológica, de despiadada inteligencia y solapada pero intensa sensibilidad. El diario de Edith es una novela tenuemente feminista aunque también, como muchas de la Highsmith, una novela sobre la masculinidad, en este caso la de Cliff, el hijo conflictivo, visto por la mentalidad norteamericana de la época en la que se sitúa el libro como un gay en potencia. El tópico ha presentado a la Highsmith como una inteligencia “masculina”. El interesarse por el crimen y el suspense ha sido considerado como propio de hombres. La negrura no era un terreno propio del sexo femenino. Podía serlo al estilo de Agatha Christie con simpáticas ancianitas investigadoras o inspectores típicamente británicos, asesinos de guante blanco, té con pastas y flema inglesa. Pero el crimen en la Highsmith no es un crimen de buen gusto, aunque pueda resultar hermoso en su forma (a la manera de un Hitchcock) sino que esta teñido de la sordidez de las debilidades y  pasiones humanas.

Highsmith fue en cierto modo una pionera de la literatura lésbica estadounidense publicando Carol (The Price of Salt) en plena década de los cincuenta, aunque fuera bajo un seudónimo que pronto quedaría desvelado. Aunque la novela es tímida y sexualmente recatada retrata una serena historia de amor entre dos mujeres en la Norteamerica posterior a la era maccarthy, sin patologización, compasión y con un final feliz. La novela no es una novela alegre y desinhibida, la propia autora reconoce en el prólogo añadido con posterioridad, no podía serlo. En la época que retrata la homofobia era sangrante, y las relaciones entre mujeres no estaban contempladas. Pero el enfoque no es culpabilizador y tufillo a clínica como El pozo de la soledad (otro título pionero) sino que se acerca más a la literatura tímida e iniciática de Gore Vidal en La ciudad y el pilar de la sal (casualmente la novela de Highsmith se títuló inicialmente El precio de la sal) aunque el mundo gay masculino que empieza a perfilarse en el libro de Vidal no tenga correspondencia en Carol donde las relaciones entre mujeres son íntimas y clandestinas.


El diario de Edith es su novela más respetada por la crítica, en parte porque es una de sus pocas obras que se aleja totalmente de la literatura de género. Por otra parte logra un desgarrado retrato femenino y hace una interesante reflexión sobre el autoengaño presente en la creación literaria.

Uno de los temas menos explorados de la figura literaria de Patricia es la de las relaciones que pueden establecerse entre la homosexualidad y la conducta criminal en un mundo en la que ambas forman parte de lo socialmente desaprobado y viniendo de una autora nacida en la homofóbica Texas.


El personaje de Ripley se apropia de una personalidad ajena en un acto de vampirismo que es también un acto de seducción y que pasa por la eliminación del amado. Tal y como aparece en el filme de Minghella las tendencias homicidas de Ripley son vividas como un caso de homofobia interiorizada y homosexualidad reprimida, hasta el punto de que el filme debió haberse llamado El armario de Mr. Ripley. Algo parecido hay en la ambivalente relación entre el psicópata Bruno el playboy Guy de Extraños en un tren. La introducción de Bruno en el mundo burgués y heterosexual de Guy bien puede ser visto como la irrupción de lo perverso en un mundo donde toda desviación de la norma aparece controlada. No es casual que el sexualmente ambiguo director de La soga se interesase por la novela.

Patricia Highsmith como mujer pública sería la versión anglosajona de Gloria Fuertes si sustituimos los cuentos infantiles algo bobalicones y la poesía ambigua  por la novela psicológica e inteligente y el mundo de los criminales. Ambas vivieron su lesbianismo en una sociedad lesbófoba y ambas han sido pioneras en romper la invisibilidad de la pluma femenina. La Highsmith se adentro con cierta (a pesar de sus ambigüedades) soltura en el mundo de la homosexualidad masculina y con más prudencia al mundo del amor entre mujeres, aunque su perspectiva lésbica puede atisbarse a lo largo de toda su producción literaria.
 
¿Qué representa la Highsmith para el lector contemporáneo? Un punto de inflexión en la narrativa negra que por primera vez encuentra una voz femenina que no lima la sordidez de los temas y los personajes sino que nos introduce en sus abismos más insondables. Un punto de inflexión, también, en la literatura lésbica y gay.




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