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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Téchiné en retrospectiva


Ante la displicencia con que gran parte de  la crítica y el público han acogido una obra como Otros tiempos e incluso la desigual recepción de un trabajo de la talla de Les témoins, el filme más reciente de André Téchiné, convendría echar la vista atrás para revisar la singular evolución de este personal y mal comprendido creador, en mi opinión uno de los más interesantes directores franceses vivos y con varias obras maestras en su haber.

La recuperación de su prestigio y el aumento de su notoriedad con obras maestras mundialmente reconocidas como Les voleurs no ha sido suficiente para mantenerlo entre los directores más frecuentados por el público (me atrevería a decir que ni siquiera por una parte del  público cinéfilo que ha adorado a Rohmer o a Truffaut).

El desconocimiento de gran parte del público español, por razones de distribución y exhibición, de algunas de sus primeras obras hace difícil la valoración del  conjunto de su trayectoria, en la que los rasgos de autoría y la evolución creativa ofrecen un aspecto apasionante. El cine de Téchiné no empezó con el estreno comercial y la relativa repercusión entre nosotros de la durísima En la boca, no, ni con el éxito de público de la bellísima Los juncos salvajes —en la que algunos equivocadamente vieron ecos rohmerianos— ni con la celebración crítica y cinéfila de esas grandes obras de cámara que constituyen la serena  y honda Mi estación preferida —su película más intimista, y la más cercana a su admirado Bergman— y la crispada Los ladrones, todas ellas intensas reflexiones sobre la familia entendida en un sentido poco convencional. Algunos de sus anteriores trabajos, hoy de difícil visionado, no sólo contienen el germen de sus filmes  posteriores, sino que son ya la muestra de un autor con marcada personalidad y de un retratista serio e implacable de las flaquezas humanas que siempre trata con respeto al espectador y a sus criaturas.


Sus personajes contradictorios, aislados, atribulados, intensamente humanos, desesperados en la búsqueda de sí mismos y de un afecto que ellos no siempre pueden darse, se encuentran ya en obras de la envergadura de Les innocents o Rendez-vous, dos retratos complejos y sombríos de la juventud francesa de la época, en los que están ya plenamente desarrolladas las personalidades a la vez tiernas y atormentadas de los protagonistas de sus filmes más celebres.

En Rendez-vous, el personaje errabundo de Nina (Juliette Binoche) anticipa, en un registro femenino y bastante diferente, al errático Pierre en busca de lugar, trabajo, sexo —pero, sobre todo, comprensión y afecto— de En la boca, no. Como en aquel, Binoche se vincula al mundo del teatro y sus aledaños, donde se sitúa buena parte de la cinta. Camerinos, bambalinas, agencias de contratación, hoteles.... La diferencia estriba en que en tanto que Pierre no logra realizar su sueño ni tan siquiera memorizar su papel, ella consigue, incluso en los momentos más sombríos de su vida, salir al escenario. Y al igual que en J’embrasse pas, aparece una figura paternal (encarnada por un inquietante Jean-Louis Trintignant) que pretendía salvar a Quentin y se ocupa finalmente de la desesperada Nina en tanto que ella, atormentada por el fantasma de su joven amante perdido, es incapaz de comunicarse satisfactoriamente con ninguno de los dos hombres que ahora ocupan su vida. Este filme, inexplicablemente inédito entre nosotros a pesar del éxito obtenido y de la fama alcanzada por su —entonces aún poco conocida— protagonista femenina, retiene algo del formato triangular del clásico de Truffaut Jules et Jim. Un formato que Téchiné ya había empleado de otro modo en el enrarecido trío de Hôtel des Amériques, aunque este director, mucho más denso, polariza más los caracteres de los dos personajes masculinos, el aparentemente sencillo y fiel Paulot y el desequilibrado y emocional Quentin, personaje que es en sí mismo altamente teatral.

La relación triangular que se establece entre ella y los dos chicos, de caracteres contrapuestos, anticipa mucho de lo que, en un tono, aparentemente, mucho más amable, reencontraremos en Los juncos salvajes. Y una vez más Téchiné, aunque reservado en sus declaraciones públicas, vuelve a volcar algo de la biografía de su difícil adolescencia en los diferentes personajes. Y nuevamente el drama íntimo aparece punteado por una bella y melancólica partitura de su colaborador habitual, el músico Philippe Sarde.


En Fugitivos, su penúltimo y uno de sus más incomprendidos trabajos, lleva las relaciones triangulares al seno de un singular núcleo familiar devastado por la huida, la guerra y el desarraigo. Situado en las postrimerías de la segunda guerra mundial, el filme nos muestra, tras unas imágenes de corte documental, una larga fila de gente huyendo de los bombardeos alemanes. De esta diaspórica multitud Téchiné destaca a una joven madre (encarnada por Emmanuelle Béart) y a sus dos hijos, un chico adolescente y una niña pequeña. A ellos se une Yvan (Gaspard Uliell), un misterioso joven, de aspecto resuelto y algo salvaje que, al mismo tiempo que los ayuda, despierta sentimientos de desconcierto afectivo y sexual tanto en la madre como en los hijos. El filme es una de sus obras más duras y autárquicas.

Situada —lo que no es demasiado habitual en el último cine de Téchiné— en un pasado bastante remoto y en un territorio geográfico impreciso, su temática es, no obstante, plenamente contemporánea y, a pesar del carácter cerrado de los personajes, acaba desprendiendo, a su manera, el mismo mensaje humanista que  algunas otras de sus películas. En este filme Téchiné parece estar, al principio, cerca de los retratos de un paisaje devastado por la guerra que dibuja  su compatriota Tavernier en filmes como La vida y nada más o Capitán Conan. Él, sin embargo, se decanta por otro universo intimista, en el que  la infancia, la adolescencia y la madurez se reúnen en un racimo de personajes que, formando una particular familia, a la vez se contraponen y se complementan. De nuevo, pues, la naturaleza y la civilización, el pasado y el presente, los sentimientos adormecidos y las pasiones que despiertan.




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