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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Un inasible manipulador del tiempo


Tarde se sábado atorrante de este caluroso fin de junio; sala casi llena: primera sorpresa, ya que esperaba ver la película en la soledad del cinéfilo y parece que  otros  muchos  habían sentido mi misma curiosidad por la cinta de Nacho Vigalondo, de la que había leído opiniones para todos los gustos.

Pensé que algunos espectadores estaban allí por equivocación y su precipitada salida  hacia  la mitad de la proyección me lo corroboró. Acostumbrados a las prótesis masticadoras del cine palomitero impuesto por los grandes estudios americanos, no es de extrañar que en cuanto les exigen pensar un poco, o entrar en un juego que no practican a menudo: pensar, deserten echando la culpa a lo que son incapaces de entender y digerir.

Los Cronocrimenes resulta  una estupenda experiencia en un primer visionado; y estoy convencido de que su facetada multiplicidad ganará con cada visión. Es un prodigioso puzzle que requiere toda la atención del espectador para ir ensamblando unas piezas que acaban ajustándose con milimétrica  exactitud.


Película de ciencia-ficción,  rama paradojas del viaje en el tiempo —un buen antecedente sería Viaje al Futuro I—, también podría ser considerada como un buen ejemplo de meta-ficción —ojito al desmontaje de realidades y paradigmas que se marca Vigalondo— en el camino señalado por Resnais o Lynch y, ¿por qué no?, un thriller futurista en la estela de McCain regado con unas gotitas de pulp tarantinano y sexo, que también vende.

Pues todo eso y aún más resulta ser Los cronocrimenes, una estupenda ensalada de géneros B y Z  sin más afán que hacer pensar distrayendo, y donde  el protagonista, un Karra Elejalde superior, lucha con distintas versiones de sí mismo con el fin de entender que  le está pasando.

Vigalondo, que ya demostró su personalidad única en sus magníficos cortos Domingo o Código 7, y sobre todo en la nominada al Oscar, 7,35 de la mañana, aquí no hace otra cosa que salir de los caminos trillados del cine, que salvo raras excepciones, se hace por estas latitudes, apostando por el ingenio, la inteligencia y el más negro, frío y cortante de los sentidos del humor posibles; arriesgando donde otros contemporizan.


Afortunadamente para él y otros pocos elegidos de su generación, las ofertas les llueven de fuera en el momento que sus películas se exhiben y ganan los principales certámenes del género en el extranjero. Mientras tanto, en su país, tienen que luchar con la nula visión de los distribuidores que mantienen sus obras en el limbo de las estanterías por el miedo a arriesgarse. Este es uno más de los casos flagrantes en el que si nos descuidamos nos llega antes el remake americano que el original.

En fin, que si queréis descolocaros un poco, jugar un divertido y nada fácil juego de paradojas espaciotemporales, ver un estupendo actor y unas chicas guapas, no lo dudéis, Los Cronocrímenes es vuestra película del verano.




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