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Sara Orúe

Poder podríamos, ¿o no?


Como el calor nos ha llegado de golpe, el otro día me pilló desprevenida y sedienta de veras, tuve que parar en uno de esos minimarkets que abundan ahora todas las ciudades a comprar agua.
Había botellas de agua fría, en una nevera de esas de cristal y natural, en una estantería. De ambas, frías y naturales, había con sabor a limón, a naranja, a melocotón, a melón a piña a té verde, rojo, negro… pero ni una botella de agua con sabor a agua.

—Perdone,  agua con sabor a agua, ¿no tienen?
—¿Cómo con sabor a agua? Si el agua no sabe a nada…
—Pues eso, agua incolora, inodora e insípida, como la de toda la vida.
—No, de esa no tengo. Es que no se vende, ¿sabe?, no les gusta

Mientras me decía esto señalaba con la mano hacia la acera de enfrente. Me fijé que había un instituto y supuse que se refería a los adolescentes, ¡qué cosas!

Esto de las cosas que saben a otras cosas no termino yo de entenderlo. Agua que sabe a frutas, patatas fritas que saben a jamón con orégano, helados que saben a fabada, paté que sabe atún, queso que sabe a paté… No lo tengo nada claro. Es una de esas cosas raras de la vida que no entiendo.


Pero no es esto de lo que yo quería hablar, esto ha sido una, digamos… una libertad que me he permitido porque me pareció curioso lo del agua.

Yo quería hablar de la Eurocopa. Porque lo que le pasa a la gente con la Eurocopa es raro de pelotas.

Que no digo yo que no sea importante, emocionante, ilusionante, impactante incluso asombroso, eso de que España haya pasado a semifinales. Pero de ahí a la tabarra que nos están dando con la dichosa competición… Joer, y soy fina, es que me tienen más que hartita, hartitísima…

Porque, entre nosotros, hay dos cosas más impactantes que el hecho mismo de que España hay pasado de cuartos (quizá cuando ustedes lean esto ya estén en la final), dos cosas, decía, que me llaman más la atención:


Una es que Luis Aragonés, el seleccionador, no se quite el chándal ni la camiseta estilo imperio.

—¿Cómo sabes que lleva camisetas de tirantes?
—No lo sé, pero me lo imagino. Tiene toda la pinta.

La verdad es que el Sr. Aragonés tiene pinta de cochinote. Sí, sí, de llevar un pañuelo de nariz ennegrecido y cochambroso en el bolsillo del chándal.

—Cómo te pasas.
—Oye, que yo no lo sé, que sólo me lo imagino.

Seguro que lleva zapatos con calcetines grises  con el chándal.

—Que no, que lleva deportivas.
—Maripis de cordones, seguro.

Es que no entiendo, ni acepto, que nadie le diga a ese hombre…

—Se dice señor.
—Si hubiera querido decir señor hubiera dicho señor.

… que se quite el chándal, por todos los dioses, de una maldita vez. Que se duche, que se peine, que se lave los dientes, que se perfume… Y QUE SE PONGA UN TRAJE, JOER, que se lo ponga. Si hasta los futbolistas llevan traje cuando no juegan. Que le pongan uniforme. Que le acompañen a El Corte Inglés. Que se haga amigo de Emidio Tucci. Que lo lleven a La Isla de los Famosos


—¿Con traje de chaqueta?
—O con chándal, da igual. Es para ver si adelgaza un poquito.
—Eres mala.
—Y él feo.
—Sí, pero ha conseguido que España gane a Italia y pase a la semifinal.

¡Ahora lo entiendo! En realidad es una táctica. Los italianos, todos, horrorizados por el look dominguero cervecero de Aragonés, se desconcentran y pierden.

No, en serio, tanto PODEMOS, PODEMOS, la pregunta es ¿no podemos cambiar el look de Luis Aragonés?

—¿Has dicho que había dos cosas que te llamaban la atención?

Es verdad. La segunda es lo épico-horteras que nos ponemos cuando juega la selección. Bueno, eso y lo horteras que son los anuncios de la Cuatro, esos en los que los jugadores se convierten en seres de acero mitad pajarraco mitad gladiador y pelean con gigantescos seres infernales. “Podremos, sí, podremos”... Ellos podrán, pero te lo juro por Raúl, a mí me pueden.

Sobre el anuncio del muñeco vudú no haré comentarios. Ningún comentario.




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