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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Gran Canaria dual


Realmente, veinte años no son nada: son menos que nada. Y para que los más jóvenes se convenzan de que esto no se dice por decir, ahí va una historia de las tantas que corroboran tal aseveración: 

Cuando empecé primaria, mi primera profesora fue una jovencísima monja a la que caí en gracia, tal vez porque yo era la más pequeña de su clase con diferencia (algunas compañeras me llevaban más de dos años). Tanto aprecio me cogió que, al finalizar el curso, convenció a mis padres de que lo mejor para mí sería quedarme un año más en su clase porque, en cualquier caso, me harían repetir al llegar al bachiller, hasta alcanzar la edad oportuna para pasar de nivel, y eso —a su parecer— me resultaría mucho más traumático. Reconozco que a pesar de los muchos ratos que pasé castigada por distraerme y distraer, nunca consideré aquel un año perdido. 

Cumplida su misión, la dominica en cuestión fue trasladada lejos de mi ciudad y se enamoró de un dominico. Ambos dejaron los hábitos y decidieron formar una familia. Lo supe por la invitación de boda que recibí. Coincidía con mi decimoquinto cumpleaños y se celebraba en tierras canarias; total, que no pude asistir. Desde entonces, no hubo una Navidad que no recibiera su llamada desde Las Palmas de Gran Canaria; y no hubo una conversación en la que yo no le prometiera que algún día la visitaría.

Pues bien, ha ocurrido. La semana pasada fui a la isla y comí en su casa. Nos abrazamos sin aspavientos y conversamos sin silencios ni acelerones, como si volviéramos del recreo o acabara de levantarme un castigo, como si el tiempo, pasado o por pasar, no existiera. Fue lo mejor del viaje.

Maspalomas, qué si no


No visité la zona noroccidental, pero me da que, turísticamente hablando, poco más que Maspalomas tiene la isla de Gran Canaria. Y no es poco. Se puede volar a la isla sólo por contemplar esas dunas que caen al mar allanándose por el este para formar la extensa playa del Inglés y cortándose por el oeste para dejar espacio a la charca que da respiro cada día a más especies animales y a la pedregosa playa de Meloneras.


Mi recomendación: pasar el día tomando el sol y bañándose en Playa del Inglés, contemplar desde el paseo (o cualquier otro punto) las dunas de Maspalomas, cenar en cualquiera de los restaurante de Meloneras. ¿Dormir? Depende del presupuesto. ¿Ajustado? Playa del Inglés (pocos hoteles alcanzan a ver el mar). ¿Sin problemas? Meloneras (aunque hay que tener en cuenta que la mayoría de los complejos hoteleros también están hacia el interior). Playa del Inglés es un pueblo desbordado por el crecimiento turístico; Meloneras, un espacio residencial y de ocio creado según las pautas de los resorts caribeños por y para el turismo.


Dentro de lo que es la fiebre del desarrollo turístico, Maspalomas y aledaños se mantienen aún entre parámetros razonables; Puerto Rico, Taurito, Amadores y compañía son un verdadero despropósito. En esos lugares, los bordes de la isla, de natural escarpado, están siendo alicatados con construcciones reptantes (iluminadas, de noche pasan por paneles solares). Todo incluido: 28 euros, he podido leer por allí. Pero lo barato sale caro porque el plan es el siguiente: bajarse del autobús en una carretera sin arcén, subir en un ascensor acoplado a la roca, entrar en el hotel o apartamento correspondiente para no salir de sus instalaciones o bajar de nuevo a la carretera, cruzarla, avanzar por ella y descender al rincón de arena correspondiente si lo que se quiere es un baño en el mar. ¡Un planazo!


Tal es el horror de estos lugares que, a su lado, la artificialidad de Puerto Mogán es una bendición. Los edificios bajos, con jardín y fachadas de colores, perfilando un puerto deportivo al que abren sus puertas (no en junio) unos cuantos restaurantes, tienen hasta un punto de inocencia. Un buen lugar para cenar y meditar sobre este lío turístico-urbanístico es el bar de la cofradía de pescadores de Puerto Mogán, en el muelle donde se refugia la actividad y atracan los barcos que salen a faenar.


Esa misma sensación de agradable artificialidad dan los retocados pueblos de interior que, como en el caso de Agüimes, tienen por las calles más estatuas que gentes. Un ejemplo del exceso: el monumento a la música de Agüimes emite melodias de manera continua.


Creo que ni una sola de las miles de rotondas que vertebran las caóticas carreteras canarionas está exenta de escultura o monumento. ¿Es realmente necesario tanto adorno metálico? Lo que digo: el objetivo es alicatar la isla.


Pequeñas observaciones


Es muy frecuente que las papas con mojo formen parte de la guarnición de los platos principales. Lo digo porque el primer día comí papas de primero y papas de segundo. 

Los pescados típicos de la isla que pude probar son excelentes: el cherne (en filetes a la plancha), la vieja (frita o a la espalda) y la breca (similar al besugo). 

En casi todas partes hay que pagar por aparcar el coche, de manera que al final, por no estar pendiente de la hora, sale a cuenta meterse en un parking; pero rodando un poco se encuentran zonas de aparcamiento libres de pago. 

El fondo del escenario de la sala de conciertos del Auditorio Alfredo Kraus  deja ver el mar.

La gente, amabilísima.

Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

OTROS DESTINOS

(Entre paréntesis)

Hace unos días recibí un correo sorprendente:

Hola Sara, mi nombre es Ximena, también soy médica y estuve de visita en Jarkov hace ya...unos 20 años, durante unas vacaciones.

Visité un hermoso parque, semi-salvaje, y en medio de aquel parque me topé con un monumento a Caperucita roja. Estoy hablando en serio, me llevé una gran sorpresa al encontrar en aquel lugar tan remoto un monumento dedicado a los personajes de un cuento infantil capitalista.

Por supuesto entre grandes risas todos nos tomamos fotos al lado de Caperucita y el lobo. Hoy, revisando viejos papeles , encontré aquella vieja foto, un tanto desteñida, el lobo casi no se nota... Mi hermano me dijo que lo que podía hacer era buscar ese monumento en Internet, de modo que buscando en Google me topé con el relato de tu viaje a Jarkov.

Sarita, la pregunta es: tomaste una foto a aquel monumento? Y de ser así, serías tan amable de enviarme un copia a mi correo?

Seguramente estarás pensando: "esta tía está loca"...pero ya ves, es un recuerdo que me gustaría tener.

Desde ya muy agradecida, recibe mi saludo cordial.

Ximena

Revisé mis recuerdos y mis diapositivas pero ni idea de Caperucita. Se lo dije a Ximena pero no se dio por vencida:


 

Hola Sarita, aquí va la foto de marras, como verás casi no se ve nada...esa que ves ahí soy yo a los 19, el "galán" es mi marido, en aquella época eramos aún novios.

Un abrazo.

Ximena

 

Así que pensé que tanta insistencia merecía su recompensa y decidí colaborar en la búsqueda preguntándoos a vosotros: ¿alguién tiene una foto del monumento a caperucita y el lobo que hay o había en algún parque de Járkov? Por favor, si tenéis esa foto hacédnosla llegar. Será genial leer el correo de agradecimiento de Ximena.




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