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Maitines II

Jorge Dioni López

3.2 El poncho de Clint Eastwood

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—Zorra.

Mar Mendiburu, presidenta de la Comunidad de Madrid, se balancea por el pasillo del Hospital del Suroeste susurrando cada cinco pasos.
 
—Zorra.

A ambos lados del pasillo, varias figuras con bata blanca coronadas por el logo del Servicio Madrileño de Salud intentan llamar la atención de la presidenta para que ésta se acerque a saludarlos. Pero la presidenta no ve nada. Tan sólo aumenta la velocidad del tapeteado del tacón pero no la cadencia de los insultos ni el nivel sonoro de los mismos.

—Zorra.

Detrás de ella, su jefe de Campaña, el de Comunicación, el de Medios y el de Gabinete intentan llamar su atención para que se detenga y se acerque a saluda a alguna de las figuras con bata blanca coronadas por el logo del Servicio Madrileño de Salud. La presidenta sólo tiene ojos para una figura femenina de melena larga, vaqueros embutidos y camisa blanca holgadita situada entre el lóbulo parietal y el frontal, justo donde quedan las conexiones neuronales asociadas al rencor.  

—Zorra.

Ni siquiera llama su atención el consejero de Sanidad, José Alfredo de Fabra, que le va indicando datos sobre hospitales abiertos por la Comunidad de Madrid en la última legislatura, los ratio de camas, médicos y enfermeros y la nueva división de áreas sanitarias que sirve para refutar los datos ofrecidos por la prensa socialdemócrata. Pero Mendiburu no es capaz de asumir nada más que el insulto, que se balancea en la boca chocando contra un chicle de clorofila antes de salir con poderes balsámicos.

—Zorra.

Se detiene frente a un hombre con bata blanca, barba blanca y faz blanca como si acabara de salir de un saco de harina o de un tiro de cocaína. Uno de los hombres situados detrás de la presidenta, el jefe de Campaña, el de Comunicación, el de Medios o, quizá, el de Gabinete se acerca a ella y le indica que se trata de Felipe de la Cuadra, un traumatólogo que ha logrado avances espectaculares en la rehabilitación de roturas de cadera en la tercera edad.

—Doctor De la Cuadra, enhorabuena por sus progresos. Necesitamos gente como usted.
—Gracias, presidenta.

Mendiburu vuelve a la parte central del pasillo, al taconeo espídico y al insulto susurrante.

—Zorra.

En uno de los distribuidores, la presidenta señala uno de los ascensores y le indica a Fabra que se suba con ella. Inmediatamente después de que el aparato se ponga en marcha, la presidenta pulsa la tecla de parada y pega el chicle junto a la campana amarilla de la alarma.

—¿Cómo me ha podido hacer esto a mí? Zorra. Secretaria general de Losada, la número dos del gran felón.
—Le ha salido rana, presidenta.
—Me ha engañado hasta el último día. Si es que la llame la semana pasada y le pregunté. ¿Te ha llamado?, ¿qué vas a hacer? Me ha llamado pero creo que tengo que quedarme en Castilla-La Mancha porque puedo ganar las próximas elecciones y no estaría bien después del enfrentamiento que has tenido con él.

El consejero se ríe ante la imitación de la voz de Angustias de Sandoval, su ex compañera en el gabinete autonómico y futura secretaria general del PPM.

—Y, encima, dirán que es mi cuota o que Losada ha llegado a un pacto conmigo porque es que la tía me lo debe todo a mí. Yo la recuperé cuando perdimos las elecciones, la puse de consejera para que tuviera el niño y luché para mandarla a Toledo.
—En tiempo de guerra, cualquier agujero es trinchera y se ha sentido fuerte allí. Le fue bien en las Autonómicas y en las Generales se cargó a Bono.
—Me han dejado sola.
—Esto no ha hecho más que empezar.
—Esto se ha acabado. No tengo tiempo para resurrecciones ni reencarnaciones. Mi oportunidad era ahora.
—Pero Losada se la puede dar en las próximas elecciones y tu nombre volverá a salir. 
—Ha sido un fallo confiar mi futuro al fracaso de los demás. Ése ha sido mi error y no quiero volverlo a repetir, aunque signifique cerrarme las puertas.

De uno de los pisos de abajo, suena un repiqueteo de golpes que asciende junto con una voz diluida que dice: presidentaaaaaa.

Mar Mendiburu recupera el chicle de la pared del ascensor y masca con fuerza hasta que éste recupera la elasticidad.

—¿Dónde vamos?
—A la segunda. Es donde están los sindicatos.
—Perfecto.

La puerta se abre dejando ver a un óvalo humano que mira a la presidenta y el consejero como si hubieran descendido de una nave espacial.

—¿Está usted bien?

La presidenta sonríe dejando ver la gama de tonalidades azules del chicle.

—Perfecta. Vamos a por ellos.

El jefe de Campaña, el de Comunicación, el de Medios y el de Gabinete tuercen el gesto y rompen el óvalo situándose independientemente como un cuarteto vocal de la motown.

—No nos conviene.
—Y menos, ahora.
—Sería una imagen contraproducente.
—Que podría ser usada por los enemigos internos.

Y vuelven.

—No hay medios.
—Pero no podemos controlar.
—Que alguno de ellos.
—No lo grabe con su móvil.

Mendiburu aplaude sin esperar que entonen el estribillo.

—Me da igual. Voy a ir por el medio de ellos y quiero que lo grabe el departamento de comunicación de la consejería y, después, que lo cuelgue en internet. Cuando se den cuenta de que Losada es un blando, un mierda y un maricomplejines, vendrán a buscarme. Es lo que me queda.

El cuarteto de asesores revolotea mascullando lamentos que se mezclan con asentimientos condicionados.

—Deberíamos desconectar el sonido.
—Deberíamos llamar a los informativos.  
—Deberíamos poder montarlo.
—Deberíamos introducir algún topo que los desacredite intentando una agresión.

La presidenta les pregunta dónde están y uno de ellos, el jefe de Campaña, el de Comunicación, el de Medios o, quizá, el de Gabinete le indica uno de los pasillos. Mendiburu lo emboca balanceando el tacón al compás del chicle preguntando en cada encrucijada hasta que comienza a oír un bullicio amortiguado que, a medida que cruzan puertas, deja de estarlo. Cuando llegan a la última, la presidenta se detiene y mira al consejero.

—¿Estamos?
—Estamos.
—Pues abre, que nos los comemos.
—Detrás de usted, presidenta.


Mar Mendiburu abre la puerta con la imagen de Clint Eastwood entrando al pueblo desconocido que sólo espera el momento de lincharlo y comienza a avanzar entre las dos hileras de batas blancas gritantes con carteles en la mano. Sanidad pública, sanidad pública, sanidad pública.

La presidenta sonríe y mira a ambos lados achinando los ojos como Eastwood buscando el revolver debajo de su poncho. Sanidad pública, sanidad pública, sanidad pública. La presidenta se acerca a una de las que gritan.

—No a las privatizaciones.
—A ver, ¿qué se ha privatizado?, ¿qué se ha privatizado?, dímelo.
—Los nuevos hospitales; los nuevos no son públicos.
—¿Cómo que no son públicos?
—Son de gestión privada; se han hecho en suelo público pero son de gestión privada .

Mendiburu se acerca hasta que el punto de que podría compartir el chicle con la mujer.

—Por favor, respete mi espacio.
—¿Cuánto os pagan por armar escándalo, eh?

La presidenta se retira y vuelve a andar hasta que escucha a otra mujer: viva Gallardón.

—¿Tú lo votas?

Se acerca con ganas de saltar sobre ella.

—¿Tú lo votas?

El cartel fotocopiado tiembla en las manos de la mujer gallardonita.

—¿Tú lo votas?
—No.
—Pues entonces.

Las hileras van menguando hasta que los pasillos recuperan su encalado. Cuando están a punto de regresar al recibidor, Mendiburu se acerca al oído de Fabra.

—¿Esto lo haría Losada?
—En España, esto sólo lo haces tú y, en el mundo, Sarkozy y tú.

La presidenta sonríe. Con los incisivos, muerde el chicle hasta partirlo en dos, en cuatro y en ocho y piensa algo pero no lo dice.

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