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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Ocho mujeres ¿y un crimen?


Pour ne pas vivre seul
On vit avec un chien
On vie avec des roses
Ou avec une croix

Pour ne pas vivre seul
On s'fait du cinéma
on aime un souvenir
Une ombre, n'importe quoi

Pour ne pas vivre seul
On vit pour le printemps et quand le printemps meurt
pour le prochain printemps

Pour ne pas vivre seul
Je t'aime et je t'attends pour avoir l'illusion
De ne pas vivre seul, de ne pas vivre seul

Pour ne pas vivre seul des filles aiment des filles
Et l'on voit des garçons épouser des garçons

Pour ne pas vivre seul
D'autres font des enfants des enfants qui sont seuls
Comme tous les enfants

Pour ne pas vivre seul
On fait des cathédrales où tous ceux qui sont seuls
S'accrochent à une étoile
Pour ne pas vivre seul
Je t'aime et je t'attends pour avoir l'illusion
De ne pas vivre seul.

(Canción cantada por Firmine Richard en Ocho mujeres)

Ocho flores que se abren. De diferentes colores y épocas del año distintas. Pero es invierno, el invierno en un espacio cercado, cerrado a la vez confortable y carcelario. Un regreso, una partida, una reunificación, una irrupción inesperada. Ocho mujeres y un crimen. Un puñal, un falo, un muerto sin asesina. Se trata de un musical camp y kitsch en el que François Ozon realiza uno de sus filmes más reivindicativos, complejos y llenos de claves tras la apariencia de ser el más frívolo, superficial y desenfadado de sus trabajos. A los que apreciaron la irreverencia kitsch de la sensual Une robe d´été o el humor negro de Regarde la mer, Víctor o Gotas de agua sobre piedras calientes, no les sorprende este film, ni los desconcierta, ni impide su goce y su identificación fantasiosa.


No obstante, Ozon apabulla con una deliberada afectación y cursilería que puede perturbar al espectador alejado de tales parámetros estéticos, pero que va revelando su lado más perverso hasta convertirse en un mundo semionírico. Un universo enrarecido y plagado de signos sobre la sexualidad cambiante y ambigua de sus personajes, un cambio que afecta a diferentes generaciones de mujeres —con orígenes distintos pero con un nexo familiar/patriarcal común— enclaustradas por la nieve y el misterio en un caserón burgués. Es en este escenario, a la vez cerrado y envolvente, donde se mezclan los colores de Douglas Sirk, una desinhibición erótica de ecos almodovarianos y, sobre todo, la sombra de una Agatha Christie a la que le han echado un veneno afrodisíaco en el té y salta a bailar y a romper esquemas de la sociedad francesa de ayer y hoy a través de la imponente personalidad artística de un director que no renuncia a seguir siendo un enfant terrible y un contestatario dentro de su cinematografía.


La criada negra canta Pour ne pas vivre seule cuando es acusada de invertida por ese extraño núcleo familiar que, no obstante, empieza ya a atomizarse. Amas y esclavas, adolescentes y ancianas nada inocentes que salen y entran de armarios simbólicos y reales. Todos los personajes de la cinta acaban revelando que su sexualidad puede verse turbada por una nueva mirada hacia las otras mujeres, mayores o jóvenes, sobre todo cuando estas expresan su modo íntimo de ser y se exponen tal y como se imaginan, quieren ser y hasta ahora  no se les ha permitido ser.


El amor heterosexual y la familia patriarcal, que pesa como una losa sobre el pasado de esas ocho féminas imprevisibles, parecen derrumbarse irremediablemente y ese trágico crimen simbólico es también la liberación de un tabú ancestral: la muerte del patriarcado, un patriarcado —reflejado en la resistencia de la sociedad francesa al cambio— que no puede sobrevivir a ese mundo en que las chicas aman a otras chicas y los chicos se casan con los chicos y algunos hacen cine a pesar de que otros se empeñen en seguir construyendo catedrales y adorando cruces contra las niñas raritas y les filles liberées.




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