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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Detener el tiempo

ALICIA EN LA REALIDAD

Real (Del lat. res, rei) adj. : Que tiene existencia verdadera y efectiva.

Alicia: - "¿Soy real?"
Adriana: - ¿Lo eres? 
Alicia: - "...¡Qué cosas tan extrañas pasan hoy! Y ayer todo pasaba como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la noche. Veamos: ¿era yo la misma al levantarme esta mañana? Me parece que puedo recordar que me sentía un poco distinta. Pero, si no soy la misma, la siguiente pregunta es..."
Adriana: - ¿Quién eres? 
Alicia: - "... ¿Quién demonios soy?..." 
Adriana: - Y yo... ¿quién soy? 
Alicia: - "... Ah, este es el gran enigma."


                             Conseguido al fin el silencio,
                                               con la imaginación las lleva,
                                               siguiendo a esa niña soñada,
                                               por un mundo nuevo, de hermosas maravillas
                                               en el que hasta los pájaros y las bestias hablan
                                               con voz humana, y ellas casi se creen estar allí.
                                                                                              Lewis Carroll

 

DETENER EL TIEMPO

"Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer?"

 El tiempo me detiene esta noche... Detiene mi rápido avanzar por el sueño y frenándome en seco, me obliga a abrir los ojos. Dócil y obediente, permanezco así detenida, en un limbo de falso no-tiempo. No estoy más, viajando a través del sueño, pero tampoco estoy despierta, no  lúcida del todo aún...

 Y eso me gusta. Me gusta ese estar y a la par no estar. Pensar o soñar... Confundirme durante una décima, centésima, milésima de segundo. Caer vertiginosamente hacía algún lugar, pero desconocido e incierto antes de levantar los párpados, desconocido y por tanto del todo posible, del todo libre, abierto, cargado únicamente de impulsos apenas esbozados, apenas iniciados, apenas presentidos.
Una premonición.
No una certeza...
Una intuición. Una corazonada.
Eso es. ¡Una corazonada!
Nada más, nada menos.... 

 Sé que caeré enseguida. Pero es desde ese instante suspendido que me succiona hacia un lado y hacia otro, arriba y abajo, recuerdos e intenciones, sensaciones y memoria... desde ese túnel "succionador", es desde donde uno puede imaginarse y desear que todo lo que ha de venir instantes después, será o podría ser digno de ser vivido. Podría ser casi, casi maravilloso.
¡Corazonadas!
Una premonición. No un hecho aún. Presentimiento.

 Rápida, tormentosa, acelerada.. ocurre la caída, y mis ojos se clavan en el techo. Es mi techo sin embargo y eso siempre suele dar algo de confianza. Una extraña, conocida y agridulce confianza. Tal vez, ligeramente amarga por la decepción que esta vez la acompaña, debida al limbo hecho añicos. El limbo que ya no está.
Y entonces me entran ganas de llorar, porque resulta que las estelas residuales del sueño, de los sueños de anoche, se han desvanecido del todo y en su lugar la memoria ocupa a sus anchas todos los huecos de mi cerebro y se lo encuentra desprevenido, con la guardia baja y sin las estructuras de la defensa puestas a desfilar. Vaya.... Apenas un gesto y ya estoy llorando. Es incluso un poco ridículo. Abrir los ojos después de pasar unas horas soñando y echarse a llorar. Eso sí, sin estruendos. En silencio. Como me han enseñado. Como he querido aprender. Sólo lágrimas por ahora. Nada de gimoteos. Lágrimas, mirando el techo.
Mi techo. Mío.
Mis dedos. Mis manos. Mis pies... Los muevo para asegurarme de ello y sigo con la mirada fijada en el techo. La mirada acuosa porque estoy recordando.
 Recordar es estructurar instantes de tiempo. De un tiempo que ya pasó, aunque fuese tan sólo ayer. Recordar. Traer a la memoria. Hacer presente a alguien o a algo. Hacerlo presente aquí, ahora. Traerlo de regreso. Invocarlo. Retenerlo. Detenerlo.
¡Detenerlo!
Detenerte...
-¡Detente!
-¿Quién?, ¿yo?
-Sí, tú...
Aunque ayer no pude oír tu voz, me la imagino así, como acaba de sonar en mi cabeza... Un poco grave, un poco vibrante, un poco sorprendida... pero sólo un poco. Un poco decepcionada o tal vez cansada, algo rendida. Extasiada. ¿extasiada?
Éxtasis. Esa es la palabra que te describe, allí sentada encima de la caja de zapatos desechada por alguien con una suerte mejor que la tuya. Una suerte diferente.
Diferente estaba tu cuerpo, tu postura, tu mano agarrando, agarrándose al borde de esa caja... como si la caja de zapatos fuese algo de un volumen grande, considerable... como si estar sentada en ese cartón, en ese lateral de una caja de zapatos de cartón... fuese lo más grácil del mundo. Sencillo. El peso de tu cuerpo sostenido por fuerzas misteriosas y mientras, tu cabeza algo ladeada se gira hacia mí y como si no tuvieses ojos me miras con el rostro entero... y me haces estremecer. Pienso que es un efecto de las luces nocturnas y amarillas de la Gran Vía. Me doy cuenta, calibro, que así es... son las luces que te emborronan la mirada al principio, pero pese a todo, así sin ojos definidos, tú me miras. Nos ves pasar a todos los que en estas horas extraviadas caminamos por la ciudad. Y te das cuenta de todo. Yo pienso, imagino, elucubro, deduzco... que te das cuenta de mis miserias y las intento disimular, pero es un intento fallido. En vano. 
Ahora que tus ojos han emergido entre lo amarillo de la Gran Vía, me escurres entera... y te mojo con mis ansias de animal nocturno, de extraño híbrido, de pájaro sin alas, de niña descarrilada... y me veo en ti. En ti me deduzco. Y me asusto.
 Llevas un pañuelo aéreo alrededor del cuello. El cuello insinuado entre esa tela que parece increíblemente suave... Me toco mi propio cuello. Pienso en tu pañuelo anudado, tensado, transformado en una textura recia, rígida que se aprieta cada vez más y más contra la piel, los músculos y las arterias de; mi cuello. Como si me obligara a abrir fuertemente la boca y confesarlo todo. Soltarlo todo con una especie de aullido, grito involuntario, jadeo descontrolado. Allí en la acera. Rodeada de cuerpos. Supuestamente protegida por la multitud noctámbula.
Aparto mis dedos de la piel estremecida y ligeramente erizada de mi cuello. Y tú, desde tu butaca de cartón, levantas sutilmente la barbilla y ahora sí, veo tus ojos, tus cejas... la expresión entera de tu mirada. Me hago una idea un tanto vaga de lo que ves al mirarme, y me cuento que sientes hacia mí algo similar a la compasión. Pero ahora, recién despierta, con el techo precipitándose sobre mí, de tanto sostener todo su peso mis pupilas dilatadas y cada vez más húmedas de llanto, no creo que así fuera. No creo que tuvieras la vanidad descarada y auto suficiente, como para compadecerte de mí, mientras temblabas de frío y de hambre, refugiada bajo el techo de un escaparate de la Gran Vía. Sentada encima de una desechada ya caja de zapatos. Tú misma desechada. Tendrías... ¿cuántos años?. Sesenta, cincuenta... Quién sabe. Tal vez todavía fueras una pequeña niña de cinco años perdida en el tiempo. Quién sabe... qué más da... Lo que importa es que, y de eso estoy segura, tenías, tienes, o por lo menos anoche tenías, el don de radiografiar los recovecos desahuciados de la mente, del alma y del deseo.
Corazonadas.
Intuición.
Premonición.
¡Fervor!
 Únicamente mi miedo a ser descubierta, espiada, reconocida... me hizo tomármelo todo como un gran signo exclamativo avisando de la urgencia de una parada inmediata. Detenerme. Frenarme en seco. Y en unos segundos escasos replanteármelo todo. Únicamente mi miedo, acompañado por unas sensaciones físicas extrañas y desmesuradas, sometidas a una descompensación repentina e inesperada, me hicieron verte a ti como a una amenaza. Ver tu don como si de una advertencia moral se tratase. Y quise huir. Lo intenté. Incluso hice un ademán de seguir bajando la Gran Vía como si fueses invisible, como si tu realidad con sus atajos y puertas entreabiertas no se me hubiese mostrado. Di un paso altivo y decidido hacia adelante e iba a dar otro y otro más y así hasta llegar a algún lugar... o así siempre y para siempre alejándome de tu proximidad. Cuando escuché el movimiento tenue de tu cuerpo, de tus muslos descruzándose lentamente para buscar con los pies enfundados en unos zapatos de tacón sin tacones, el apoyo del suelo para ponerte de pie. 
Hiciste un gesto dirigido a mí, alzando la mano en el aire. 
- Para, para, para... ¡Detente!- me decías con todo tu cuerpo sin que tu voz saliera. Tu boca estaba ligeramente abierta, pero no me hablabas. Tan sólo me mirabas. Y tus ojos me lo decían todo.
Y yo me detuve, avergonzada por ser una prófuga, una disidente de la doctrina que al parecer comulgabas e intentabas de alguna manera tuya y particular mostrarme, iniciarme a mí también en esas conversaciones eternas sin mediar palabras.
Tomé aire, como una valiente que soy y me disponía a sonreírte sin misterios, de un modo rotundo y claro, sin ladear las comisuras de los labios enigmáticamente... nada de eso. Me disponía a regalarte una sonrisa cómplice de dientes despejados, mostrados sin nada que esconder, como para darte más confianza aun. Una sonrisa dianética y sencilla. Me disponía, me disponía, aún me dispongo... pero tú te tambaleaste un poco, como si te fueras a echar a volar... pero hacia abajo, hacia el suelo, no hacia la noche. A tiempo, te diste cuenta y conseguiste mantenerte posada sobre tus dos pies, sobre tus dos zapatos de tacón sin tacones ya, sobre tus dos zapatos rojos. Y empezaste a toser. Muy fuerte, sin freno, sin poder coger aire... Te quitaste con un gesto mecánico y en apariencia indiferente, el pañuelo que rodeaba tu ahora enervado y torturado cuello, y así, a la vez que permitías la entrada de algo más de oxígeno a tus pulmones, ofrecías a tu boca, acercándole el pañuelo, la posibilidad de que la sangre que se deslizaba insistente entre los labios quedara algo disimulada. Pero la sangre no quedaba disimulada en absoluto, rebeldemente empapó en un abrir y cerrar de ojos el pañuelo y siguió hacia abajo, hacia abajo, hacia el suelo y más allá.
Y sentí una punzada. Una especie de premonición. No una objetividad. No un hecho consumado. Una intuición basada en suposiciones. Tu mano se tiñó de rojo. 
Una corazonada. Eso es, ¡corazonadas!
Pero me miras por última vez. Porque yo echaré a andar calle abajo para no verte sufrir. Porque altivamente de nuevo, presupongo que sufres, que te duele. A mí me duele...
Pero mientras me miras y te miro, por última vez, un hombre se acerca a ti, teñido de la luz amarilla de la Gran Vía... se te aproxima mucho, cobijado por el escaparate y te dice algo al oído, se mete la mano en el bolsillo y saca unos billetes. Unos billetes de dinero, mientras tu pañuelo se ha convertido en un amasijo rojo-sangre y tu mirada me sigue clavando en el mismo sitio, por última vez. Y como tienes, o anoche tenías, ese don de radiografiar la mente, el alma, el deseo, los deseos..... un golpe de impresiones instantáneas de mi propia vida, me hace tambalear y esta vez empiezo a caminar calle abajo. Con el rabillo del ojo, difusamente... veo que el hombre se inclina hacia tu cuello, mientras mis recuerdos tiran de mi hacia atrás, hacia otra noche, hacia aquel día, hacia aquel sonido, hacia una mirada ya olvidada, hacia atrás, hacia atrás....
 
 Lo del hombre, lo del hombre acercándose a ti... que acabo de recordar ahora mismo, recién despierta y llorando silenciosamente mientras el techo, mi techo, se me viene encima... puede que no sea cierto. Puede que sólo me lo esté inventando. Sin querer. Soñolienta. Intentando detenerte, perfilar el contorno de tu esbozo un poco más.
Pero así es el recordar. Siempre sujeto a ser pasto de añadiduras, juegos de memoria selectiva, subjetividades que rellenan vacíos. El objeto en sí mismo, se pierde de foco, se emborrona y nos complacemos deteniendo el tiempo. Mientras, el tiempo que nos traspasa una y otra vez, prosigue y prosigue hacia atrás, hacia adelante, hacia arriba, hacia abajo, hacia más abajo aun. Aún más, más aun, un poco más aún.

A.

P.D. (Pequeños Deberes):
Calcula cuánto tiempo tardas en recordar el sueño de la última vez que soñaste.
¿Cuántos segundos?
Cuántos segundos necesitas para traer de regreso a tu memoria el beso que te dejó sin aliento.
¿Lo consigues? ¿Cuánto has tardado en traerlo aquí, ahora... traerlo a ti? De nuevo. Sin aliento...
Ahora, detén ese momento. ¡Deténlo!

Fotos: E.D. 




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