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Sara Orúe

Como a mí casi nunca me duele

A mí casi  nunca me duele la cabeza

—Cómo te va a doler algo que está hueco.
—Perdona bonita, pero cuando te duele la cabeza no te duele el cerebro.
—Sobre todo a ti, que no tienes.
—¿Será posible la niñata impertinente?
—Mucho mejor impertinente que descerebrada. Al menos la impertinencia implica actividad cerebral.
—Pero qué mosca te he picado, guapa, estás muy insultona hoy.
—Insultona es una palabra que no existe.
—Y amistad una cuyo significado tú desconoces.
—¿Qué ha sido de tu sentido del humor?
—Está donde tienes tú la gracia, en el cu…
—Chicas, por todos los dioses, ¿qué os pasa?
Julieta, que se levantó hoy incisiva y mordaz, y me tiene frita.
—A ver, a ver, haya paz. ¿Qué decías sobri, que te duele la cabeza?

Pues sí, eso iba a decir, pero ahora se me han quitado las ganas de contarlo.

—Bah mujer, cuéntalo aunque sea sólo un poquito.
—Que lo cuente, que lo cuente…

Pues el caso es que el otro día se me puso un dolor cabeza que casi no me dejaba abrir los ojos. Comenzó en las sienes, así como dos clavos y, conforme pasaban las horas me dolía la nuca, el cogote y hasta la cara me dolía.

—Eso es de ser tan guapa, jejeje.
—No empieces Juli.
—Vale, vale. Uf, qué carácter.


Yo creo que la causa del dolor fue que me fui a Madrid en AVE.

—Pues yo no lo creo. No sé de nadie al que el AVE le de dolor de cabeza. Excepción hecha de la ministra Álvarez. Además tu estabas acostumbrada a ir en avión… estás inmunizada.

No, lo que quería decir es que cogí el AVE de las 06:30.


—No me digas más. El madrugón le sentó a tus neuronas fatal.
—Y a mis ojeras ni te lo imaginas, pero no, no iba por allí, al menos no sólo…

Había viajeros, aunque no estaba lleno, y yo me dispuse a dormir un poco. Qué ilusa. A las 06:35 comenzó a oírse la música que se le escapaba a alguien de los auriculares  de su Ipod

—¿Cómo sabes que era un Ipod?
—No lo sé, me lo imagino.

Y no lo sé porque, aunque me cansé de estirar al cuello a ver quién era el que perdía música no pude identificarlo. Actualmente 4 de cada 3 personas llevan auriculares en las orejas.

Cuando ya había comenzado a resignarme ante la idea de dormitar con zumbido ambiental se oyó un móvil:

—Hey tío, ¿cómo estás?
—……..
—¿De veras? Que gracia, yo también voy en el AVE, pero Barcelona–Madrid.
—……..
—Buena idea, hablamos hasta que se crucen los trenes

No por favor, me dije, no aguantarán. Pero me equivoqué. Hablaron toooooodo el viaje y hablaron de todo:

• De sus inversiones en bolsa, el colega había perdido una pastuqui por confiao y relajao, dijo.
• De sus novias, la de mi compañero de viaje estaba enfadada porque mi compañero de viaje le había cogido la moto y se la habían robado.
• De las vacaciones, él pensaba irse a Tailandia con su novia si esta se desenfadaba antes del 1 de julio. Lo que no dijo fue con quien se iría si no se desenfadaba la parienta.
• De sus jefes. De aquí no puedo repetir nada. Las damas no utilizamos ese vocabulario.
• Se contaron chistes breves, pero estornudé dos veces y me los perdí.
• De OT, parece que la última nominada estaba muy buena.
• De la crisis, qué mal iba todo de pronto, qué caras las copas, qué poca gente en los bares y Fernando Alonso sin hacer podio.
• De la selección española, de Villa Maravilla, ya saben.
• De la sanción a Jiménez Losantos, de la libertad de expresión, de la mala educación, de los obispos…
• De perros, bueno, más exactamente de la caca de perro que había pisado el charlatán en la puerta de la estación.


• Del estreno de El increíble Hulk. Aquí yo ya estaba también verde, con las venas hinchadas y un ataque de ira considerable.

Y llegados a este punto, me levanté, le pedí que bajase la voz o saliese a hablar a la cafetería, me dijo que él hablaba donde le daba la gana y le solté cuatro o cinco frescas que le dejaron ¡por fin! con la boca cerrada.

El resto del vagón me aplaudió y yo, pese a que comenzaba a fraguarse el magnífico dolor de cabeza que me acompaña desde entonces, me he quedé dormida.

Así que señor que tiene ganas, y amigos, para hablar por el móvil a las 06:30 de la mañana  a un volumen más que considerable, espero que a usted le duela la garganta por hablar tanto como a mí la cabeza por oír. Y le aviso, me he quedado con su cara, la próxima vez le quitaré el teléfono antes de subir… y le cobraré el gelocatil.




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