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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Juegos de niños (y II)


[«] Juegos de niños (I)

No hay duda de que el trabajo fílmico que con más detalle ha penetrado en el tema de la comunidad ante la sexualidad infantil y ante el pedófilo y de la familia como núcleo originalmente enfermo es el implacable documental Capturing the Friedmans.

Creo, no obstante, que Little children ofrece también una visión apasionante —desde el ángulo de una ficción narrativa  aparentemente convencional— del asunto de la sexualidad niño-adulto en la sociedad estadounidense. Ambos trabajos, aunque bien distintos en sus intenciones, formatos y resultados, comparten una imagen común recurrente: un montón de casas pequeñas, milimétricamente ordenadas, dotadas de un diminuto jardín, el lugar donde residen esas familias ejemplares que de pronto descubren que la «oveja negra» habita en su vecindario. Capturing the Friedmans se acerca con entrevistas e imágenes reales rodadas con brío y en diferentes formatos al hogar donde vive esa «oveja negra», en este caso un maduro profesor judío y su familia, para mostrarnos el efecto que la «caza de brujas», la captura del pedófilo —convicto y confeso— tiene sobre el individuo y los que lo rodean.

El documental de Jarecki contiene no sólo bellas y escalofriantes imágenes de la vida de esa familia de clase media —en diferentes etapas de la vida de sus miembros, recuerdos entrañables y dolorosos— sino también los distintos testimonios de quienes se sitúan a un lado u otro de la barrera,  así como una minuciosa reconstrucción del proceso judicial desatado y la fractura que el escándalo provoca en la próspera comunidad en la que habitan. No sólo vemos el efecto contagioso de la acusación —Jesse, el hijo de Arnold Friedman, se ve automáticamente implicado en el mismo crimen que su padre— sino también cómo tal acusación destapa rincones insospechados y trapos sin lavar en nuestra sociedad occidental y modernizada. El documental sobre Friedman nos impresiona por la forma en que muestra, con un tono requisitorio y agresivo, el deterioro físico y espiritual de la familia durante el caso, y por estar basado en un hecho real que llevó a la muerte a un hombre y a la cárcel a su hijo sin pruebas concluyentes. A pesar de su epílogo tranquilizador, Capturing the Friedmans es un gran documental porque plantea muchas preguntas y da pocas respuestas.

En el caso del filme de Field, nos cautivan no sólo la elegancia de su propuesta sino  también algunos motivos visuales y dramáticos impactantes como la imagen del exhibicionista ex convicto —prematuramente envejecido— acercándose a una piscina llena de niños y cómo va siendo poco a poco reconocido por los adultos de su entorno, esos adultos que esconden secretos aún más oscuros que esa «enfermedad psicosexual» con la que han estigmatizado al «pervertido». Descubrimos de una manera progresiva la atracción que sienten esas parejas «normales» por los partenaires de sus vecinos, sus frustraciones y sus anormalidades privadas  plasmadas en pequeños e interesantes detalles de la acción o en las palabras. Cómo el mundo de los adultos y el de los niños, el de los hombres y las mujeres han sido separados por las fuerzas sociales, pero la sexualidad o la soledad los reúne a través de derroteros de lo más inesperados.

«Porque, tomemos justamente aquellos lugares donde, según Lyotard, el niño reafirma y asume su independencia respecto a la familia: guarderías, billares, escuela, cine ¿puede sostenerse con todas sus consecuencias que el niño, al entrar en ellos, se encuentra ipso facto desfamiliarizado? Los lugares públicos continúan estándole semiprohibidos, o bien reservados en exclusiva para él, siempre con autorización paterna.» [Scheber René y Hocquenghem Guy. Álbum sistemático de la infancia. Editorial Anagrama, 1979.]


Si Mysterious skin (aquí llamada extrañamente Oscura inocencia) se abre con la imagen de un niño con la boca abierta ante una colorista  lluvia de caramelos —esos dulces seductores que le va a ofrecer el corpulento entrenador de rugby en su casa— acompañada de una banda sonora inquietante mientras se suceden los títulos de crédito, Juegos secretos comienza con una sinfonía de planos de una serie de elementos decorativos de porcelana y madera que representan «niños antiguos» y «relojes de anticuario» sobre la misma repisa de un hogar acomodado. Antes hemos visto, en una imagen acelerada, ese bloque de casas donde va a transcurrir la acción y enseguida veremos —en una televisión— la noticia de la salida de la cárcel de ese hombre que un día exhibió su cuerpo desnudo ante los niños en la aparentemente plácida piscina donde se divierten esas peculiares familias protagonistas de la trama y que ahora es escenario de murmuraciones y persecución. Un hombre delgado, de aspecto frágil y enfermo, que atemoriza y fascina a un barrio y a una microcomunidad, acabará atemorizándonos por lo que descubrimos en los personajes, sus pasiones y fantasías reprimidas  y en  las  relaciones  que —de forma secreta o visible— entablan  entre ellos. Ambos filmes recurren a la voz en off pero, si Araki se atreve con el monólogo interior de los niños y los adolescentes, Field se limita a incluir la voz de un narrador omnisciente que denota el origen literario de unas imágenes dotadas, no obstante, de una indiscutible fuerza propia.

En muchos de los filmes citados encontramos el territorio deportivo como un lugar plagado de connotaciones homoeróticas, de sublimación de sexualidades reprimidas, de negociación de los niveles de testosterona y de continuación —a través del juego o el ritual socialmente admitido— de una infancia que se prolonga. El aspecto ingenuo y el comportamiento algo infantil del protagonista masculino de Juegos secretos es sin duda una de las cartas a favor de un filme que, tras su apariencia de drama romántico y retrato social irónico, oculta un retrato desolador de lo que somos, queremos y podemos ser. Brad (Patrick Wilson), sentado en un banco, observa con fascinación a esos adolescentes que juegan al monopatín al tiempo que él mismo, casi siempre acompañado de un hijo que le desconcierta, es observado con una mezcla de recelo y lujuria por un grupo de mujeres mayores que se dedican al cotilleo vecinal en los aparentemente idílicos jardines del barrio. A través de Larry, un viejo amigo suyo (y un ominoso ex policía dedicado ahora a acosar al exhibicionista), entrará en contacto con un equipo de rugby donde se verá tratado como un ser débil cuando no afeminado por su falta de pasión en el juego. La falta de garbo de Brad al jugar, el temor al contacto físico, su actitud pasiva en el filme es una prolongación de la falta de ilusión vital con la que se nos presenta en las imágenes iniciales de un filme que se toma tiempo para desarrollar sus tesis y  lo hace con indiscutible habilidad y elegancia formales.


Es en uno de esos jardines aparentemente plácidos, donde las esposas murmuran y se confían secretos y temores, donde Brad conocerá a Sarah Pierce (Kate Winslet, perfecta para el papel), una joven soñadora y algo diferente al resto dispuesta a penetrar no sólo en el corazón de ese Peter Pan de pantalones cortos y aspecto desgarbado —que depende económicamente de su mujer— sino también en ahondar en aspectos de sí misma que las mujeres con las que se codea no se permiten más que imaginar. Fantasía y realidad, seres amedrentados frente a otros aparentemente intrépidos; el espacio homosocial de los juegos de los mayores  como prolongación de la infancia y el impulso de los seres adultos y «responsables», siempre al borde del desquiciamiento. Aburrimiento, infidelidades  y pasiones que se van encendiendo como brasas avivadas en una de esas barbacoas del conservadurismo yanqui expuesto —desde un punto de vista sarcástico— a sus más íntimas incoherencias y sangrantes contradicciones.

El tono de Juegos secretos es más contenido, su ritmo más pausado y su requisitoria menos violenta que la del urgente y denso documental de Jarecki pero nos pone también, desde otro ángulo, frente a la sexualidad como puente y muro entre el mundo de la infancia y el mundo de jóvenes y adultos en una sociedad esquizofrénica, dividida entre el individualismo más atroz y el comunitarismo de falsete. Cuando descubrimos la vida íntima de ese monstruo, recluido en su casa junto a su anciana y enferma madre, se pone de relieve —tal vez con excesivo énfasis— que esa comunidad aparentemente matriarcal pero en el fondo policial, masculinista  y con mentalidad de «adolescente cruel» se ensaña con unos seres desamparados en un intento de  ocultar sus propias flaquezas.




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