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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Hablemos de terror una vez más…

Pues parece que últimamente me estoy acostumbrando a las sesiones dobles, que no continuas. La culpa la tiene esa epidemia mercantilista que está acabando con todos los cines de la Gran Vía madrileña y que me obliga a emigrar a lejanas multisalas situadas en los confines de la urbe. Y ya que me doy el viaje, aprovecho.

Esta semana me hice un doblete de cine fantástico con sus ribetes, o jirones, de terror del bueno. El único problema que tuve fue decidir el orden en que vería las películas seleccionadas, así que lo puse en manos del azar, y por una vez, no me dejé llevar por mi intuición.


El azar decidió, pues, que entrara a ver en primer lugar el último producto de M. Night Shyamalan titulado El incidente, en la que el autor de El sexto sentido, El protegido, Señales, El bosque, y La joven del agua —mi preferida—, no logra estar a la altura de su obra anterior, la que le señaló como un director diferente, empecinado en sugerir más que en mostrar, revelando los efectos que el terror, la paranoia o cualquier otro sentimiento de este tipo pueden, individual o colectivamente, ocasionar en quien los sufre, sumiendo a la vez al espectador en una catarsis liberadora.

Nada de eso hay en El incidente, la más violenta de toda su producción, en la que Shyamalan intenta ser lo más explícito posible en su narración, imagino que con el fin de captar más audiencias, pero que deja su película, que tiene un comienzo espectacular y un final contundente, ambos marca de la casa, en poco más que eso. El resto es mero relleno estupendamente filmado por un cineasta superdotado, con una banda sonora apabullante y uno de los mayores errores de casting de la historia del cine: sus protagonistas Mark Whalberg y Zooey Deschanel no dan pie con bola, especialmente esta última, que parece estar actuando en una serie Z de ínfimo presupuesto.

A pesar de todo lo dicho anteriormente, la película logró meterme en su clima apocalíptico de serie B venida a más y como tal, la disfruté. Sólo otra cosa, el día que Shyamalan decida filmar guiones ajenos estoy convencido que nos dará una obra maestra, si no al tiempo.


Tiempo de un cafecito, descafeinado de sobre, por favor; otros siete eurazos y al cine de nuevo. Esta vez la adaptación de un cuento corto del prolífico y mainstreiano Stephen King, el rey del terror, realizada por un especialista en su obra, el excelente artesano Frank Darabont que ya había llevado al cine dos de sus libros de tema carcelario, la estupenda Cadena perpetua, que cada vez que la veo me gusta más, y La milla verde, que me aburrió bastante y no he vuelto a revisar.

Para la ocasión, Darabont ha elegido adaptar La niebla, una historia de terror con ecos del mejor Lovecraft, unas gotitas del maestro Carpenter —que también realizó otra Niebla que nada tiene que ver con la que nos ocupa—, y un poco de salsa gore a lo Romero.

La película empieza yendo al grano sin dilaciones: tormentón de los grandes y tras él, una niebla espesa que lo cubre todo. Los clientes de un supermercado se quedan aislados sin atreverse a salir al exterior y en espera que las condiciones atmosféricas mejoren. Ya tenemos el famoso huit clos sartriano preparado. En este universo cerrado, Darabont recurre a personajes arquetípicos para mostrarnos el derrumbe moral del individuo cuando se enfrenta a un peligro desconocido, convirtiendo a éste en un enemigo más amenazador que esos bichejos de la quinta dimensión que de vez en cuando enseñan sus patitas entre la niebla y se cargan a alguno de los encerrados. Así nos muestra el desquiciamiento a que por distintos motivos llegan los protagonistas, impulsados bien por el fanatismo religioso —estupenda Marcia Gay Harden—, o cualquier otro medio que los lleva a linchar y hasta a asesinar a sus propios compañeros.

No hay tregua para el espectador al que Darabont maneja a su gusto, sumiéndole en su mundo de pesadilla de serie B en el que hay que olvidarse de toda racionalidad y seguir el juego que te propone el director hasta un final revanchista de los que no se olvidan, menos ambiguo que el original y mucho más contundente.

Volví a casa rogando que a mi convoy del metro no se le ocurriera pararse entre dos estaciones. Cosas del subconsciente.




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